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El maestro Quiroga
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     Es probable que muchos de ustedes al leer este nombre no se den cuenta de a quien nos referimos. El maestro Quiroga ..., debe ser uno de esos autores de zarzuela que nunca me acuerdo del nombre, ¿qué escribió?. Probablemente si añadimos que casi siempre trabajaba en colaboración con Quintero y León, muchos de ustedes caigan. ¡Claro!, Quintero, León y Quiroga, los de ..... y aquí cada uno que añada la canción que quiera: Tatuaje, A la lima y al limón, María de la O, Y sin embargo te quiero, La zarzamora, La niña de la estación, Ay, Mari Cruz, Francisco Alegre, Ojos verdes, Doña Sol y tantas otras. Supongo que muchos ya estarán diciendo: ¡eh, eh, ... que no todas son de Quintero, León y Quiroga!. Efectivamente, no todas son de Antonio Quintero, ni todas son de Rafael de León, pero todas, toditas y muchas más, son de Quiroga.

     Manuel López-Quiroga Miquel, que ese era su nombre completo, nació en Sevilla el 30 de Enero de 1899. Tres hermanos le precedieron: José, Antonio e Isabel, y otras dos hermanas nacerían más tarde: Eugenia y Purificación. Su padre, José, era grabador y tenía un taller propio, así que hacia este oficio enfocó a sus hijos varones. Manuel empezó a trabajar en el taller hacia los siete años y parece ser que a los once años ya era considerado un magnífico grabador. Al mismo tiempo estudió en las Escuelas Graduadas que estaban situadas en la calle Abados. Sus comienzos musicales en cambio fueron autodidactas porque aunque el taller iba bien, tampoco sobraba el dinero para pagar profesores de música. Según cuenta la tradición, a los ocho años estaba tocando sevillanas y pasodobles en el piano de la Sociedad Artística Benavente cuando un organista, Rafael González Gálvez, le oyó tocar y se ofreció a enseñarle música. Él será su primer profesor, y bastante bueno seguramente, porque en un par de años empieza a tocar el órgano en la iglesia de los Jesuitas de Sevilla, la de la calle del Jesús del Gran Poder. El sueldo no es gran cosa y el padre sigue empeñado en que Manuel se dedique al grabado, negocio mucho más rentable que la música, especialmente con lo que le pagaban los jesuitas. Estudió el grado elemental de Magisterio y asistió a las clases prácticas de Dibujo y Pintura del Museo de Sevilla. Con eso contentaba a su padre. Pero simultáneamente y para contentarse a si mismo, estudió en el Conservatorio Municipal de Sevilla: tanto piano, instrumento que ya dominaba bastante bien, como armonía y composición, primero con Luis Mariani y más tarde con uno de los profesores más prestigiosos de Sevilla, Eduardo de Torres, que era en ese momento el maestro de capilla de la catedral de Sevilla.

     Carlos Murciano dice que Quiroga fue condiscípulo de Manuel Font de Anta en las clases de Eduardo de Torres, algo poco probable porque para cuando Quiroga empezó a estudiar con él, Manolito Font (1895-1936) ya era un destacado director de orquesta y pianista que había hecho varias giras por Hispanoamérica y estrenado con enorme éxito sus primeras canciones. El papel de Font de Anta respecto a Quiroga fue más bien otro, el de modelo a seguir, el de amigo no muchos años mayor que ha conseguido dedicarse a la música y vivir muy bien de ella, no como músico litúrgico, no como compositor de grandes obras sinfónicas u óperas, sino gracias a sus canciones. Y este es el camino que tomará inmediatamente Manolo Quiroga, el del teatro y los locales de cuplé que conocen justo en estos años su mayor florecimiento. Y aunque siguió tocando el órgano en los jesuitas empezó también al tocar el piano en los intermedios de teatros y cines sevillanos. Al mismo tiempo compuso sus primeras obras, canciones y zarzuelas en un acto, lo más fácil de estrenar para un novato.

     Pero todo esto quedó cortado por el servicio militar en Vitoria y sobre todo por la amenaza que significaba en esos años la guerra de Marruecos. En el último momento y gracias a unas fiebres, seguramente bienvenidas, se libró del traslado a Marruecos y del desastre de Annual donde luchó su regimiento. A su vuelta a Sevilla trabaja en los teatros Portela y San Fernando donde le pagan cuatro pesetas diarias por tocar en los intermedios. Mientras en el teatro del Duque estrena Sevilla, que grande eres y La niña de los perros, ambas con libreto de Antonio García Rufino, y El Cortijo de las Matas y El presagio rojo, con libreto de Fernando Márquez. Su carrera de músico va por buen camino, su padre no puede quejarse. Sin embargo le faltaba lo más importante, el salto a Madrid sin el cual era casi imposible la fama y librarse definitivamente del taller de grabado. Y lo consiguió gracias a sus canciones: La velá de San Juan y sobre todo el Fox-trot gitano que estrena y populariza Dora la Cordobesita.

    En 1929 se traslada a Madrid, donde también toca en teatros y cabarets mientras compone y estrena sus zarzuelas y sus canciones, sin grandes fracasos pero también sin grandes éxitos. Aun sigue necesitando de su carrera de grabador para vivir: entre 1929 y 1932 en la empresa "Arnillas y Matallana" como maestro de fábrica, luego troquelando imágenes de vírgenes y santos. Pero poco a poco sus canciones se van imponiendo y en 1934, aproximadamente, deja el grabado. Ya no es un artesano, ya es un músico. Sin embargo la Guerra Civil corta rápidamente sus proyectos. A primera vista se diría que no han sido unos grandes años; y sin embargo es en esta década cuando Quiroga pone las bases de toda su carrera posterior. La guerra retrasa algunas cosas, dificulta otras, nada más.

     Cuando Quiroga llegó a Madrid en 1929 las posibilidades formales y estéticas para un compositor de sus características eran básicamente tres: el cuplé, la zarzuela y la canción regional folclórica. Los tres géneros planteaban grandes problemas. El cuplé era un género bastante agotado, su mejor momento ya había pasado, los temas se repetían constantemente, la calidad literaria de los textos -había honrosas excepciones- era escasa, las grandes intérpretes se habían retirado/muerto o se dedicaban a otras cosas y no habían surgido quienes las igualaran. La zarzuela ya llevaba en crisis mucho tiempo, en estos años la revista de visualidad, donde se supeditaba argumento y música al lucimiento de las actrices y al espectáculo, era su mayor amenaza. La canción regional no pasaba de ser una repetición de esterotipos similar a la que se veía en el cuplé. Ante este panorama Quiroga optó por crear su propio género, lo que luego se conoció como la tonadilla o la copla. Pero no las tonadillas del XVIII modernizadas, eso ya estaba hecho, ni tampoco las coplas andaluzas que cantaban tantas cupletistas y que eran poco más que un flamenco estropeado. Y este género que creó Quiroga, por supuesto que no en exclusiva, es lo que pervivirá del cuplé y de la canción regional tras los años de la guerra civil, es lo que mejor aceptará el nuevo régimen político. El segundo acontecimiento importante de esta década es la amistad con Rafael de León. En 1931 entran en contacto un poco casualmente, ambos son sevillanos, tienen amigos comunes y también intereses comunes, y desde su primera canción demuestran ser un tándem invencible e irrompible. León, con sus textos, le dio a Quiroga sus grandes éxitos, la posibilidad de independizarse de la fábrica y convertirse en un verdadero músico, Quiroga convenció al padre de León de que le permitiera dedicarse a la literatura, y ninguno de los dos olvidó que lo habían conseguido juntos. Aunque casi siempre se les añada otro letrista -Xandro Valerio, José Antonio Ochaíta, Salvador Valverde y sobre todo Antonio Quintero- es la unión León y Quiroga lo que en los años siguientes anunciaba un éxito casi garantizado.

     Tras la Guerra Civil se inician los años de grandes éxitos, Quintero, León y Quiroga, sin apenas competencia, se convierten en la canción española por excelencia: ellos marcan el estilo, ellos modelan el gusto del público. Alvaro Retana en su Historia de la canción española lo cuenta mejor que yo: Aproximadamente en 1940, con energía encomiable, acometiose la destrucción de los últimos elementos disolventes que tanto daño produjeron a las variedades. [...] Persiguiose, por tanto, toda manifestación plebeya en el tablado y las intérpretes de cuplés desvergonzados, a veces ingeniosos, reintegráronse a sus respectivas cocinas, saludando al estropajo y el asperón como antiguos conocidos. Las variedades encanalladas estuvieron a punto de arrastrar en su derrumbe a las pocas figuras que no incurrieron en el envilecimiento de su arte.

     Pero la canción española no merecía sucumbir y se salvó merced a la aparición del folklore, implantado por los poetas Antonio Quintero y Rafael de León, aliados con el compositor Manuel Quiroga, de tan fina sensibilidad como sus colaboradores igualmente andaluces. [...] Y pasó ... que el público halló muy de su agrado los primeros espectáculos llamados folklóricos, consistentes en una sucesión de estampas de sainete rebosando gracia y euforia combinadas con bellísimas canciones ejecutadas por la estrella en oportuna colocación. Juntos encontraron la mágica fórmula de entretener al auditorio con dignidad. [...] Antonio hilvanó escenas chispeantes y luminosas, Rafael dio suelta a su musa ululante y Manolo puso en órbita unas melodías plenas de inspiración y garbo.

     Y así, de esta manera, la canción española prosiguió su reinado originando una ola flamenquíbilis que durante más de cuatro lustros ha señoreado escenarios, con la aprobación de críticos y público.

     En los años sesenta su nombre dejó poco a poco de sonar. Sus canciones se seguían interpretando pero cada vez menos. Su momento había pasado. A partir de los años setenta Quiroga prácticamente desapareció. La música que se hacía en España era muy distinta, Quintero, León y Quiroga habían quedado como prototipo de la música de los cuarenta y cincuenta, y aun peor, como los músicos del franquismo más duro. Pero aun más que esta descalificación fue la muerte de sus colaboradores y amigos lo que le hizo abandonar casi totalmente la composición. Sin embargo en 1986 revivió. En enero de este año fue nombrado Hijo Adoptivo de Madrid y la Sociedad General de Autores de España y el Ministerio de Cultura organizaron un importante homenaje en su honor. La Orquesta Nacional de España dió en el Teatro Real de Madrid un concierto con veintidós temas suyos arreglados y orquestados por once músicos: Carmelo Bernaola, Tomás Marco, Fernando García Morcillo, José Nieto y Luis Cobos entre otros. Al homenaje se unieron los intérpretes de sus canciones, especialmente doña Concha Piquer. Luego salió a la venta un disco doble recogiendo las obras del homenaje de la ONE. Además coincidiendo con el homenaje, Carlos Murciano publicó unas notas biográficas y un sencillo catálogo de su obra donde aparecen recogidos los títulos de más de tres mil obras de su autoría, canciones en su mayoría; no era un libro, pero casi. Durante unos días los periódicos volvieron a ocuparse de Quiroga, se le hicieron entrevistas. Y es en ellas donde se muestra un músico muy consciente de sí mismo al tiempo que muy humilde. Quiroga siempre atribuyó su éxito sobre todo a sus colaboradores, a sus letristas -Quintero y León hacían la letra y yo, inspirándome en su contenido, componía la música que me parecía más apropiada. Letra y música deben ir hermanadas en una canción; de otra forma, nunca se conseguirá algo coherente y que tenga sentido- y a sus intérpretes -Cada artista tiene su estilo propio; yo me he limitado a escribir al modo como un sastre confecciona los trajes, a medida, es decir, potenciando los recursos de cada unos de ellos. Creo que ese ha sido el éxito de ellos y el mío.

     Murió en Madrid, ciudad de la que prácticamente no se había movido desde su llegada en 1929, el 13 de diciembre de 1988. El certificado de defunción decía que por un edema pulmonar, su familia y sus amigos que de viejo y cansado. Se enterró el día 15 en el cementerio de la Almudena de Madrid. Su muerte pasó bastante desapercibida en los medios de comunicación y muy poca gente asistió a su entierro, porque ese mismo día, el 15 de diciembre, estaba convocada una huelga general que casi paralizó el país. Sólo tímidamente aparecieron algunas notas de prensa en los periódicos de Madrid, pero dando mucha más importancia al fallecimiento de Mª Teresa León ocurrido unas horas después. Sólo algunos amigos y coetáneos hacen una valoración cariñosa aunque no muy precisa de su obra. Los tiempos de Quiroga ya habían pasado y además en España un músico siempre vale menos que un escritor.

     La recuperación de la obra de Manuel López Quiroga, sobre todo de sus canciones, aun no ha empezado. Lo mismo sucede con casi todos los autores de canciones de la primera mitad de este siglo. Unos se olvidaron por rojos tras la Guerra Civil, otros por azules con la democracia. Unos fueron demasiado avanzados para la moral de su época, otros son demasiado anticuados para la actual. Unos estaban demasiado abiertos a Europa, otros demasiado centrados en la España de pandereta. Y sin embargo ellos sólo pretendían hacer música, gustar a su público, o como decía Drummond de Andrade: ser dun tempo e dun lugar/ eis o segredo dunha poesía máis humán e verdadeira. O, si se prefiere olvidar su vida y su época, y centrarse sólo en la obra, que es lo que hace A. F.-C. [¿Antonio Fernández Cid?] en un artículo publicado en ABC con motivo de la muerte de Quiroga: Manuel Quiroga es el mejor ejemplo de algo que siempre he sostenido con fe absoluta: no hay géneros buenos o malos; hay, en todos, músicas logradas y otras que no lo son. Una sinfonía puede ser detestable y un pasodoble ofrecerse como música maestra. Lo eran las canciones de Quiroga. Y no hay más que decir.
 

Maruxa Baliñas
Bibliografía:

Carlos Murciano. Quiroga. Madrid 1986

Alvaro Retana. Historia del Arte Frívolo. Madrid 1964

Idem. Historia de la canción española. Madrid 1967.

"El País" 15 y 16-XII-1988

"ABC" 15 y 16-XII-1988.
 

Copyright © 1998 by  Maruxa Baliñas