Aquellos discos negros, durísimos y
tan frágiles. Aquellos viejos sonidos, como desasidos de cualquier
referencia de materialidad, como venidos de otra parte del tiempo y del
espacio. Aquellos cuplés y aquellas canciones de la vieja memoria...
Todos, los más viejos y los más jóvenes, hemos oído
hablar del cuplé. Incluso hemos escuchado alguno. Y, puestos ya
en plan de la más alta erudición, los hay que hasta sabrían
cantar (letra y música) algún que otro cuplé.
La verdad es que hoy en día el cuplé
ya no sirve para nada, o para casi nada. Apenas es algo más que
una vaga y remota referencia de lo pasado, de lo antiguo, de cuando aquellos
tiempos del cuplé. Sin embargo, queda de él su marca, su
huella que, aunque desfigurada por el tiempo e imprecisa, todavía
alcanza a nuestras generaciones vivas, hasta las más recientes.
De esa reluctancia a pasar definitivamente
al desván de la historia da testimonio el hecho de que en la actualidad,
no sólo se siga dispensando alguna atención al cuplé,
sino de que sea objeto de lo que parece una atención renovada, ya
que no un renacer del género.
Dos libros relativamente recientes en tan solo
un año nos ilustran al respecto. El primero [ver
nota] constituye el más serio estudio de conjunto del fenómeno
cupletero, con abundantísima información y, sobre todo, con
un enfoque que procura trascender de lo anecdótico y tiende a insertar
el cuplé en el cosmos de relaciones culturales y sociales en que
se desenvuelve, considerándolo como algo superior a "la suma
aritmética de una letra y de una música: la alianza de las
dos proporciona un tercer producto autónomo que se encuentra, además,
condicionado por una serie de factores de índole social, económica,
ideológica, histórica, etc.” El otro libro [ver
nota] , espléndidamente editado, es una summa prolija de noticias
veraces y de cotilleos tan sabrosísimos como inverificables en su
mayor parte.
Bien, pero ¿qué es cuplé?
Plumas mejor cortadas que la mía y de más autoridad han tropezado
una y otra vez con el mismo escollo a la hora de aprehender su naturaleza
múltiple y dispar, su camaleónico devenir y su zigzagueante
trayectoria.
Entre los novísimos, Salaín
acaso por exceso (“lo que mejor la define sea esta sistemática
presencia de dualidades opuestas pero igualmente operatorias, dentro de
una misma temporalidad, en todos los terrenos (social, económico,
político, cultural, verbal, musical), y con una clara dominación
de lo implícito sobre lo explícito. La canción es
una imbricación de dualidades difíciles de abarcar en su
riqueza y complejidad”) y Villarín quizás por
defecto (“el cuplé fue un embeleco francés que haría
su presentación en Madrid, hace poco más de un siglo, envuelto
en celofán para designar con esta fonación gabacha
ciertas canciones ligeras, generalmente airadas”) nos dejan sin una definición
precisa y nítida. Pero ¿es realmente posible una tal definición?
Vázquez Montalbán en un estudio
relativamente moderno [ver nota] no
se extiende mucho más en sus precisiones, limitándose a afirmar
que “las más de las veces son canciones pegadizas al servicio
del sentimentalismo; pero sus fronteras son muy inconcretas”.
Exactamente diez años antes había
visto la luz otra publicación de imprescindible referencia en cuanto
concierne al cuplé [ver nota]
y las cupletistas, en la que su autor (a quien se debe la letra de “clásicos”
tan emblemáticos como las Tardes del Ritz, El Polichinela,
Ven
y ven o Batallón de modistillas) se las ingenia para,
no sólamente eludir cualquier definición del género,
sino incluso para apenas mencionarlo por su nombre.
Justo otros diez años más atrás
Angel
Zúñiga inicia y finaliza su libro [ver
nota] con sendos capítulos que llevan idéntico nombre:
“¿Qué es el cuplé?”, y termina su obra con
la misma perplejidad: “¿Y si el cuplé no fuera más
que eso?, la instantánea que nos revela el minuto único de
la canción”.
Entre Zúñiga y Retana, otro de
los pesos pesados de la bibliografía cupletera, Díaz de
Quijano, estampa al frente de su libro [ver
nota] un prólogo de Federico Romero que, en un
estupendo rapto, asegura que “...el cuplé primero es la jácara,
entremetida, con los bailes adjuntos, en las representaciones del Siglo
de Oro”, añadiendo que más tarde, en las tonadillas del
siglo XVIII “se incluía buen número de canciones que en
puridad no diferían, por su carácter ni por su forma, del
moderno cuplé”. Lástima que luego no diga ni una palabra
de cuáles sean ese carácter y esa forma del moderno cuplé.
Total, que del tan traído y llevado
cuplé nadie nos da una definición precisa. Ni falta que hace,
al parecer, por más que unos y otros hayan sentido la necesidad
de intentarla. Y es que la materia liviana y dúctil del cuplé
se resiste al corsé de la taxonomía. No será ocioso
recordar una vez más el grácil poema de Manuel Machado:
El couplet... pues yo no sé
-ni nadie tal vez sabrá-
lo que es el couplet. ¿Será
alguna cosa el couplet?
¿Diremos que es una espina
con su flor? ¿O es una flor
con su espina?... ¿Un ¡ay! de amor
de Arlequín y Colombina?
¿Que es una avispa, decimos,
que pica y muere? ¿Un encanto
agridulce? ¿Convenimos
en que es risa... o en que es llanto?
¿O llanto y risa?... ¿Ligera
llovizna con sol en una
mañana de primavera?
¿Fuente que charla a la luna?
Apachesco, sicalíptico,
ingenuo, dulce, picante,
(monostrófico o políptico)
declamatorio o danzante.
¿Diremos que es la ligera
creación semivirginal
de una musa tobillera?
¿La poesía callejera
de la luz artificial?,
o bien... Vaya, que no sé
-ni nadie tal vez sabrá-
lo que es el couplet. ¿Será
alguna cosa el couplet?
Muy citados y, al parecer, muy poco entendidos,
estos versos de aquél Machado mórbido de alma de nardo nos
ponen, sí, sobre la pista de lo que el cuplé no es: un género
cerrado y perfilado, de límites netos y precisas características.
Por el contrario, en el cuplé se amalgama un poco de todo, todo
tiene su acomodo y de todo participa.
No se crea que esto es una finta para eludir
el bulto; ya en anterior ocasión me las he tenido que ver con el
asunto [ver nota] y, resultado
de ello, es la siguiente tentativa, si no de definición, sí
cuando menos de compendiado repaso explicativo:
Más que una denominación específica,
la significación del cuplé en nuestra cultura se produce
como nombre genérico de las canciones que se popularizan en España
desde los últimos años del siglo XIX hasta las vísperas
de la guerra civil de 1936. Su origen inmediato se encuentra en las canciones
que forman parte de los espectáculos músico-teatrales franceses
de la época del Segundo Imperio y la III República. Couplets
eran los dísticos que, agrupados, formaban una canción, pero
lo que en principio era sólo el nombre de la parte, se aplicó
entre nosotros al todo, manteniendo su nombre francés de couplet
hasta su definitiva españolización como cuplé, a mediados
de los años veinte.
Su penetración en los gustos del público
hispano se produce en paralelo con la evolución de la zarzuela y,
sobre todo, del género chico y sus derivados.
Desde que en 1866, inspirándose en los
espectáculos parisinos de Folies - Bergêres, Arderíus
pone en la escena madrileña sus célebres representaciones
bufas, se multiplican las zarzuelas, operetas, sainetes y demás
géneros escénico-musicales que dan cabida entre sus números
a una o varias canciones de carácter desenfadado y música
fácil y pegadiza. Ya la primera obra de nuestro género bufo,
El
joven Telémaco, de Blasco y Rogel, da cabida a bailes
de cancán y a una canción en la que aparecen vocablos estrafalarios
que harán fortuna en el género:
“Suripanta, la suripanta
macatrunqui de somaténà”.
También por esas fechas inmediatamente
anteriores a la Revolución de 1868 aparecen en los escenarios españoles
las primeras revistas, primero siguiendo la añeja tradición
de crónica retrospectiva del año que acaba y, muy poco después,
ya como amalgama de los más diversos componentes, que van de lo
estrictamente musical a lo circense.
Surgen de ahí las variedades,
nombre harto expresivo de su promiscua naturaleza, cuyo origen puede fecharse
en 1893, cuando en el madrileño Teatro Barbieri se presenta un espectáculo
mixto en el que, junto a malabaristas, bailarines, magos y perros amaestrados,
se canta por primera vez La Pulga, una cancioncilla frívola
llamada a convertirse en uno de los paradigmas del género. Las variedades,
que se mantienen con pujanza hasta los años cuarenta de nuestro
siglo, ya en la posguerra, consagran el tipo de canción independiente,
el cuplé por antonomasia, emancipado de la servidumbre escénica
o de su pertenencia a una obra más amplia, como era el caso de las
zarzuelas y obras de género chico. Incluso muchas de las piezas
de ese origen, se independizan y funcionan de manera autónoma, según
se evidencia en ejemplos bien conocidos como el “tango de La Menegilda”
de La Gran Vía (1886), “El automóvil” de El último
chulo (1903) o el celebérrimo “Ay, Ba” de La Corte de Faraón
(1910).
De entre la diversidad de espectáculos
que resultan de la atomización del género chico a principios
del siglo XX, el género ínfimo acentúa las facetas
más espectaculares, tanto en el aspecto verbal (que lleva a la procacidad)
como en el gestual (que conduce a la exhibición corporal). Estos
espectáculos sicalípticos ejercen gran influencia en los
cuplés de la primera época, entre 1895 y 1910, pero queda
finalmente superada por un repertorio que, sin abandonar nunca por completo
un tono frívolo y con frecuencia banal, se amplía en lo literario
hacia asuntos de tipo sentimental y en lo musical hacia una mayor elaboración.
De su origen escénico, no obstante,
quedarán siempre indelebles trazas, como la habitual alternancia
de partes cantadas y recitadas que permiten a los intérpretes teatralizar
sus actuaciones. Sin ese componente que podríamos calificar de pantomímico,
pierden todo su sentido multitud de cuplés, basados en el posible
equívoco de carácter procaz entre texto y gesto. Desde los
tiempos en que Augusta Bergés y Pilar Cohen, a finales
del siglo XIX, encandilaran a los espectadores (el cuplé hay que
ir a verlo, no sólo a oírlo) buscándose la pulga entre
un camisón progresivamente arremangado, hasta el escándalo
protagonizado por Tórtola Valencia bailando sus canciones
“sin bragas” en 1914, el mismo año en que el Su Santidad
el Papa Pío X tenía la ocurrencia de prohibir el tango, no
hay sino una línea recta que tiende aconvertir el cuerpo de la mujer
en parte del espectáculo.
Dejó Alvaro Retana un libro inédito
que actualmente se conserva en la Sociedad General de Autores de España;
trataba sobre “La mujer en el teatro” y en él, entre otras
muchísimas cosas a cuál más interesante, narra el
estreno el 15 de abril de 1934 en el valenciano Salón Novedades
de la zarzuela Las comunistas, con libreto de F. Trigueros
y música de Bernardo G. Bernalt. Entre los números
de la obra figura un danzón cubano titulado Bananera cuya letra
dice así:
“La rumba del platanito
está de moda en La Habana,
pues no hay mulata linda
que pase sin su banana.
Toditas la piden
con gran ilusión,
poniendo los ojos
así como yo.
¡Dame, negro, la banana!,
¡anda, negro, dámela!,
¡dámela, que tengo gana
de bananananear!”
Por si la imaginación de los espectadores
no resultaba suficiente para la cabal y plena comprensión del evento,
la pieza era cantada por una actriz “vestida con un salto de cama, del
cual se desprendía, cantando las excelencias del plátano
de que era portadora; a la terminación del cuplé, la fruta
desaparecía de la vista del público, sin que cayera al suelo,
ni la artista se lo comiese”.
El contrapunto de ese estilo procaz, aunque
sin abandonar del todo cierto tono de inocente picardía, lo puso
la señorita Aurora Purificación Mañanós
Jauffret, nacida en Bilbao a las cinco y media de la mañana
del día 5 de diciembre de 1891, para el siglo La Goya, con cuya
presencia el cuplé se adentra en una línea de tipo sentimental
que, si más digna, en ocasiones podía rayar en lo insufriblemente
cursi.
La época dorada del cuplé alcanza
desde 1910 hasta 1925, convertido ya en el molde por excelencia de la canción
popular urbana y capaz de asimilar e integrar las más dispares modas
e influencias de la época, desde el tango al charlestón e
incluso, ya en su época de declive en la década de los treinta,
de ciertos rasgos flamencoides como los que incorpora a su repertorio Miguel
de Molina o, con algo menor histrionismo, Angelillo.
Como muestra de la pluralidad de estilos e
intenciones que se cobijan bajo la denominación genérica
de cuplé a finales de la década de los años diez y
principio de los veinte, valga la delirante clasificación que propone
Zúñiga: cuplé sentimental, cuplé de apache,
cuplé de oficios, cuplé de gitanas, cuplé de chulas,
cuplé de flamencos, cuplé de aldeanas, cuplé-fado
portugués, cuplé de la guerra europea, cuplé de partidos,
cuplé de última hora, cuplé de intención pública,
cuplé de nombres propios. Sorprendentemente, falta el cuplé
de toreros, ¿dónde clasificar, si no, El Relicario?
A mediados de los años veinte se cierra
una interesante etapa de la cultura de masas en la España moderna,
que dio títulos inolvidables y algunos de cuyos intérpretes
más característicos aún perviven en la memoria de
muchos: Fornarina, Raquel Meller, La Goya, Bella
Dorita, Tina de Jarque, Dora la Cordobesita, Amalia
de Isaura o Tórtola Valencia, por citar sólo unas
pocas de entre los centenares de figuras que en su momento obtuvieron la
máxima celebridad y cuya memoria el tiempo ha ido desvaneciendo.
La década anterior a la guerra civil
presencia la progresiva transformación y diversificación
del cuplé, uno de cuyos más interesantes y originales resultados
será la gestación de un tipo de canción española
de inequívocas resonancias folklóricas en lo musical y de
temas preferentemente dramáticos, escritos con cierta elevación
poética. Alterna entonces el cuplé su nombre con los de tonadilla
o canción, dando lugar a una generación de intérpretes,
compositores y letristas que darán el paso definitivo de la evolución
del género; entre todos ellos, merecen especial recuerdo Conchita
Piquer, Manuel López Quiroga
y Rafael de León, respectivamente.
La canción española por antonomasia,
cuya época de plenitud se produce en los años 30 y 40 de
nuestro siglo, cultivada por músicos de oficio pero con inequívoca
orientación popular, es un género de enorme aceptación,
difusión y permanencia y constituye un fenómeno de gran trascendencia
en la cultura de masas.
Sus remotos ingredientes "la secular ligazón
entre música y drama, no necesariamente escenificado" se perfilan
en la Tonadilla dieciochesca y se decantan durante el Romanticismo en la
producción nacionalista de compositores como Manuel García,
Sebastián
Iradier, José Melchor Gomis, Joaquín Espín
y Guillén, Ramón Carnicer, Mariano Soriano
Fuertes, Marcial del Adalid, José María Iparraguirre
y tantos más cuyas canciones populares revelan a menudo una fina
inspiración que ha posibilitado su supervivencia, como la celebérrima
La
Paloma, de Iradier.
La canción o romanza de salón,
que con frecuencia lograba el frágil equilibrio entre cierta “sustancia”
popular y un pretendido porte operístico, fraguó de manera
equivalente a la mélodie francesa, la arietta italiana, el song
inglés o el lied alemán. Pero también el género
fue evolucionando, en su forma más castiza, en estrecha relación
con la renaciente Zarzuela y, más aún, con el Género
chico de finales de siglo. La derivación de éste último
hacia la Revista primero y las Variedades después y su final atomización,
ya a principios de nuestra centuria, dio lugar entre otras cosas al Cuplé,
género en el que a la original influencia francesa de los couplets
vinieron a sumarse las modas norteamericanas del cake-walk, el charleston,
o el fox-trot, o las de raíz hispana del tango y la rumba.
Como antes vimos, hacia 1920 el cuplé
se había convertido en una especie de cajón de sastre en
el que convergen influencias de todo tipo, pero lo más importante
es que para entonces ya ha definido y emancipado su naturaleza músico-vocal
de toda vinculación escénica y se ha aclimatado definitivamente
a la sociedad hispana y sus gustos, convirtiéndose en el género
musical más popular que, aunque en diferentes registros, da cabida
desde el tono elevado hasta el procaz y alterna en ocasiones la denominación
genérica de cuplé con las de canción o tonadilla.
Un factor decisivo en la definición
de la canción española lo constituye la actitud neo-nacionalista
de los intelectuales en los años veinte y treinta, de acercamiento
e interés por lo tradicional y lo folklórico, de estilización
de lo popular y más específicamente lo andaluz (recuérdese
que de la nómina habitual de poetas de la generación del
27, más de la mitad son andaluces), como se evidencia en los romances
de Lorca, las chuflillas de Alberti o los poemas de Emilio
Prados, actitud que se superpone a un costumbrismo y un casticismo
residuales (el de los Alvarez Quintero, o Gabriel y Galán).
En esa misma línea de interés se inscriben las relaciones
de Falla con el mundo del flamenco o con los bailes de La Argentinita,
o también, en la órbita de lo plástico, la figura
de Julio Romero de Torres y toda su imaginería popularista.
Ese es el telón de fondo sobre el que
se configura, en la década de los años treinta, lo que ya
se puede considerar propia y específicamente como canción
española, y es ése el momento en que se consagran sus primeros
mitos, muchos de ellos procedentes del mundo del cuplé: Miguel
de Molina, Imperio Argentina, Angelillo, Estrellita
Castro... En la década de los 30 la canción alcanza su
madurez como género moderno en perfecta sintonía con la vertiente
sentimental de una cultura urbana de masas, constituyendo desde su especificidad
músico-vocal el eje vertebrador de los espectáculos audiovisuales
y, finalmente, logrando una extraordinaria difusión gracias a la
evolución técnica: la radiodifusión, las grabaciones
fonográficas y el cine sonoro.
De forma un tanto simplista se ha identificado
a la canción española con la cultura franquista. Cualquier
cosa que sea lo que esto último signifique no se puede ignorar que
muchos de los éxitos más perdurables, de los compositores
más fecundos y de los intérpretes más característicos
del género ya existían antes de la victoria del 39. Artistas
como los antes citados, canciones como Mi jaca, Ojos verdes,
En
tierra extraña, músicos como Mostazo, Quiroga
o Montorio, eran por igual conocidos y apreciados entre vencedores
y vencidos ya desde antes de la contienda.
Ciertamente, durante los años cuarenta
la canción española llega a su apogeo y genera sus productos
más logrados. Ello se debe, principalmente, a la confluencia de
una generación de poetas y músicos que aciertan admirablemente
en la síntesis de modernidad y tradición que caracteriza
a las mejores obras de esa época. Singular calidad y belleza tuvieron
muchas de las canciones de Rafael de León, Antonio Quintero
y Manuel López Quiroga, pero
también merecen el recuerdo letristas como Salvador Valverde,
Ramón
Perelló, José Antonio Ochaíta o Xandro
Valerio, y compositores como Juan Solano, José Padilla,
Carmelo
Larrea o Juan Tellería, entre muchos otros. Con todo,
sin duda son los intérpretes los que, por su proximidad directa
al público, gozaron de la mayor popularidad; nombres como
Conchita
Piquer, Juanita Reina, Marifé de Triana,
Antoñita
Moreno, Juanito Valderrama,
Pepe Blanco o Antonio
Molina han dejado indeleble huella en la educación sentimental
de varias generaciones de españoles.
Es, por otra parte, indudable que tanto la
producción creativa como las condiciones de su difusión a
través de los intérpretes se vieron mediatizados por el sórdido
ambiente social y cultural de la posguerra. Pero, más que vehículo
subconsciente de las consignas ideológicas de aquél régimen,
un estudio más atento de los hechos nos lleva a una conclusión
bien distinta y, en cierta medida, un tanto paradójica: antes que
víctima de una hipotética manipulación franquista,
la canción española se sirvió de los nuevos valores
-o contravalores- en boga por su propia dinámica de definición
y consolidación como género y por sus propias expectativas
de explotación comercial. Entre las consecuencias más negativas
están el fomento del efectismo, del desplante, la majeza, el machismo
o la exaltación nacionalista, mientras que, por otra parte, nos
ofrece el negativo de una realidad dominada por la frustración y
el sometimiento, actuando también como necesaria válvula
de escape que, desde lo más recóndito de la intimidad, permitía
identificarse a voces con la posibilidad de evasiones y transgresiones
negadas en la vida real.
En cualquier caso, se trata de un proceso consecuente
con la dinámica evolutiva de un género que entronca con una
sólida y fecunda tradición, más allá de una
circunstancial y discutible manipulación ideológica que,
en buena medida, resultó ser causa de su posterior decaimiento.
La normalización capitalista que lentamente se emprende en España
desde la década de los años 50, el constante influjo de los
ritmos y melodías de la cultura dominante angloamericana y sus correspondientes
intereses de explotación han sido, sin duda, factores decisivos
en la transformación de los gustos colectivos y causa del declive
de un tipo de canción cuya atractiva y sólida construcción
musical, enraizada en elementos integrados en la memoria colectiva, se
complementa con unos textos que frecuentemente constituyen auténticos
microdramas de gran densidad expresiva y a veces de alto vuelo poético.
A partir de los años cincuenta las tendencias
que apuntan hacia un mayor cosmopolitismo cultural dan pie a la sustitución
de la canción española por otros productos de procedencia
foránea, franco-italiana primero y anglo-americana después,
lo que conduce a un paulatino desgaste y degradación de los modelos,
hasta llegar a su más chabacana caricatura.
Para una adecuada valoración de la canción
española conviene tener también en cuenta la actitud de los
compositores, artistas e intelectuales españoles de las décadas
recientes, que durante mucho tiempo han tendido a considerar la canción
española como vehículo alienante de la ideología del
franquismo, torpemente hecha a su imagen y semejanza, apenas consuelo evasivo
para un pueblo física y espiritualmente sometido [ver
nota]. Esto y su contrario, la devoción acrítica y sentimentaloide,
son la causa principal de que hasta el presente no se haya abordado con
seriedad y rigor el estudio del género. Dejando aparte algunos apuntes
sentimentales, pinceladas impresionistas sobre la incidencia sociológica
del repertorio o superficiales referencias a los valores literarios, es
prácticamente nulo el conocimiento y análisis de la canción
de masas como fenómeno conjunto, así como de sus aspectos
más relevantes por separado, tanto literarios como musicales y sobre
todo de éstos últimos..
Sólo tras una cuidadosa labor taxonómica
y una imprescindible tarea previa de definición y periodización
del cuplé y de la canción española se podrá
abordar el conocimiento objetivo y la valoración correcta de un
patrimonio cultural cuya trascendencia y significación queda, hasta
el presente, apenas entrevista y aún inédita.
Contra lo que sólo muy superficialmente
pudiera parecer, no contribuyen a mejorar la situación las recientes
distorsiones que, tras su interesada resurrección bajo la bandera
mentecata de la “copla”, experimenta el género en la actualidad,
nueva y atrozmente caricaturizado, fetiche huero objeto de culto por los
conversos, emporio del marujeo y de los peores tópicos de aquella
España rancia que, en un espejismo fugaz, creímos ya pasada.
Eso por el momento; pero no hay que distraer la atención
ni perder el ánimo: ya sabemos que cualquier situación, por
desesperada que seaà es susceptible de empeorar.
|