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Königin-Gruberova
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Barcelona, 8 de marzo de 2000. Gran Teatro del Liceu. Vincenzo Bellini / Felice Romani: Beatrice di Tenda. Interpretes: Edita Gruberova; Petia Petrova;  José Sempere; Renato Bruson; Santiago Calderón; Alfredo Heilbron.Orquestra Simfònica i Cor del Gran Teatre del Liceu. Dirección musical: Friedrich Haider. Versión de concierto.

Aforo: 97% de ocupación

Día 8 de marzo, día de la mujer trabajadora, día de estreno de la ópera Beatrice di Tenda en el Liceu; paradojas de la vida, o no, o quizás sea esta la mejor manera de concienciar al personal y demostrar que los tiempos siguen sin cambiar. La mujer, trabajadora o no, siempre está en la parte dura de la historia, y en esta ocasión el marido no tiene ni que mancharse las manos, simplemente le sirve el libelo. Una obra donde la mujer es vilipendiada talmente por un marido que no la ama, y que solo desea a una dama de su corte, un marido que groseramente se vale de una mentira para que sea juzgada y condenada a muerte. Basada en un hecho histórico acaecido alrededor del 1418, Beatrice duquesa de Tenda es acusada por su segundo marido Filippo, duque de Milán, que ha llegado a ser, gracias a las posesiones aportadas por su esposa, señor de toda la Lombardia y el Piamonte y que no soporta tener que compartir aunque solo sea de hecho el poder con su esposa. 

   Esta ópera fue estrenada durante el carnaval de 1833 en Venecia, teniendo una pobre acogida. Pero los problemas de esta obra no son solo el día del estreno, vienen desde el inicio de su confección, ya que Bellini tuvo duros enfrentamientos con el libretista Felice Romani por la lentitud de este en confeccionar el libreto, lo que dio una tensa confección de la obra por parte de ambos y que terminó con una amistad de años que nunca se volvería a restablecer totalmente. Está situada entre las óperas Norma y I Puritani, dos de las más celebradas obras del autor, pero con menos suerte entre el publico tanto en la época del autor como en posteriores. 

   Después del pequeño preámbulo, vamos al grano. Ayer fue una noche de gloria en el Liceu. Bueno no es que  cogiera a nadie por sorpresa, el público barcelonés conoce ya de años a la diva, y cuando en una programación aparece el nombre de Edita Gruberova el aficionado corre a buscar las entradas, sabe que esa será una noche de disfrute asegurado, su belcantismo está hoy por hoy en la cresta mundial, y, a pesar de no estar ya en su mejor momento, los años no perdonan, no va a perderse semejante placer.

   En la obertura ya se pudo apreciar que el planteamiento sería totalmente belcantista, es decir, que la orquesta no se llevaría el protagonismo, ese, sería integro para los cantantes, como así fue, y en especial para Königin-Gruberova, papel que por cierto ha interpretado en numerosas ocasiones. Como reina entró en la escena, su aparición provocó aplausos y bravos en todos los pisos, como reina inició su quehacer, y como reina remató finalmente la tarea. 

   Como dijo Teresa Núñez muy acertadamente en su comentario del día 28 de febrero el Real ya tiene su reina, pero lo siento Teresa esa reina la tendremos que repartir, todos queremos un pedacito de tan rico pastel.

   Me perdonaran si me extiendo un poco en mis entusiastas comentarios, pero me resulta difícil escuchar voces como la de la inteligente Edita y ser comedida, con ella no han podido poderosas discográficas ni directores, en este campo hay paralelismo evidente con la insigne Leyla Genser, siempre adorada por su publico y repudiada o peor todavía, ignorada por las discográficas. 

   Como decía, la Gruberova, abrió la boca en su primera aria con tan delicado pianissimi que en el teatro no se oía ni el parpadeo de las pestañas, no fuera que pasara desapercibida ni una sola nota, siguió con una mezza di voce dolcissima que se fue incrementando tono a tono controladamente hasta llegar al forte, del que nunca abusó, no por carencia, ya que las veces que lo rozó se le observó con amplitud, siempre y cuando no fuese en el extremo más agudo de la tesitura, donde todo hay que decirlo, tuvo algún problema, pero eso es peccata minuta, el resto, todo, fue de libro, siguió a la subida una recogida de voz en sutil piano, intercalando unos adornos cuidados, suficientemente lentos como para no perderse ni uno y suficientemente rápidos como para que no resultaran pesantes. Una verdadera maravilla fueron sus increíbles coloraturas en las que  vimos al menos tantos matices  como en el mismísimo iris. Y claro para ello obvia decir que está en posesión de un potente fiatto que le permite tales finuras.

   A todo esto se preguntarán ustedes, ¿pero es que no cantaba nadie más?, bueno sí que cantaban, pero claro, había demasiada luz.

   Allí estuvo interpretando a 'Filippo' un gran barítono de todos conocido, Renato Bruson, al que hemos tenido ocasión de ver en el Otelo del Real esta temporada y que tan buenas críticas obtuvo. Cantante con experiencia probada que resolvió con elegancia el rol de ruin marido de Beatrice. Pero acometió un papel que no hace favor a su actual tesitura; se requiere un barítono más ligero y sobre todo con amplia agilidad para poder realizar los adornos de las partituras bellinianas y su voz actual no da bien en ese aspecto. En cambio el sentimiento y la robustez de carácter de personaje tan malvado lo expresó a la perfección, especialmente el aria del final del segundo acto en la que destacó por su dramatismo. 

   En cuanto a la mezosoprano búlgara Petia Petrova, cantante ganadora del premio Viñas en esta misma ciudad. Es cantante de voz fina, con ligera falta de armónicos, de color claro, a la que puede sacarle mayor provecho a poco que el papel y el entorno acompañen. Cumplió en su papel de acusadora de Beatrice y amante de Filippo, con corrección, tuvo momentos de dramatismo y desparpajo pero no fueron muchos, puede que fuese algo pesante el tener que compartir firmamento con semejante estrella. 

   José Sempere asumió el papel de 'Orombrello', supuesto amante de 'Beatrice'. Cantó ese divergente papel de cándido acusador y  aspirante a paladín de la vilipendiada alternando  una voz brillante y opaca según momentos y a la que se le podía haber pedido mayor implicación en el papel. Tuvo pasajes en que mostró un bonito timbre y un volumen suficiente pero con parcas dinámicas y apianados. 

   Respecto al resto, Santiago Calderón y  Alfredo Heilbron, como 'Anichino' y 'Rizzardo del Maino', tengo poco que decir, ya que la extensión de los papeles respectivos no daba para mucho, la mayor parte de sus intervenciones eran en compañía del coro o de algún protagonista y solo comentar que como mínimo no desmerecieron.

   Respecto a la dirección ya he comentado que se atuvo, con muy buen criterio, al acompañamiento de los cantantes como tiene que ser en la ópera y, especialmente, en la belcantista, ya de por sí poco elaborada y marco exclusivo para la voz. Friedrich Haider inició con una obertura contenida quizás algo pobre en dinámicas, tenia margen para haber dado más de sí, siguió en la misma tesitura hasta el final de la obra donde dejó que finalmente estallara, como para demostrar que sí podía pero no quería. Llevó muy bien los distintos bloques instrumentales en especial la cuerda que sonó realmente compacta con un sonido redondo y empastado, y en general se puede decir que tuvo una lucida noche.

   También el coro funcionó bien con voces recogidas en todas sus intervenciones y con una buena coordinación con la orquesta, haciendo hincapié en las dinámicas dramáticas de la obra.

   Y para terminar insisto en lo dicho, si de belcanto se trata, ¡por favor, que nos traigan a la GRUBEROVA!
 

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