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Brahms y Bruckner:
¿Armonía de contrarios?
Más artículos de este autorJulio Andrade Malde
La Coruña. Palacio de la Ópera, 22 de Octubre de 1999. Brahms, Doble concierto para violín y violonchelo, en la menor, opus 102; Bruckner, Tercera Sinfonía, en Re menor. Frank Peter Zimmermann (violín), Antonio Meneses (violonchelo), Orquesta Sinfónica de Galicia. Director, Víctor Pablo. 

Asistencia de público: 100% (Aforo: 1800 localidades) 

       Concierto inaugural de la temporada de la OSGA. Patrocinio de la Universidad de La Coruña que, con este acto musical, celebraba la apertura de un nuevo Curso Académico. Además, homenaje al tenor Alfredo Kraus, recientemente fallecido. Tal vez todo ello provocó una masiva asistencia, al extremo de que se agotaron las localidades. 

     Antes de comenzar el concierto, Enrique Rojas, gerente de la Orquesta, hizo la pertinente mención -sencilla y emotiva- al gran tenor español y a su especial relación con nuestra ciudad. El público coruñés manifestó su afecto al extinto cantante con una larga y cerrada ovación. Falta aún el homenaje de "Amigos de la Ópera", la institución herculina que sin duda mayor relación mantuvo con Alfredo Kraus. 

     Planteamiento interesantísimo. Nada menos que "Brahms y Bruckner reunidos". Las comillas pretenden indicar que esta frase es tan significativa como ajena. Constituye precisamente el título principal de las notas -excelentes notas, como es en él habitual- escritas por Ángel F. Mayo. Es cierto: como señala el mencionado crítico, ninguno de los dos compositores hubiera podido sospechar en vida que algún día se hallarían en la inmediata intimidad del programa de un concierto. 

     También es verdad que el enfrentamiento entre los dos músicos se debía más bien a razones que los sobrepasaban a ambos y que se situaban además fuera de su control. Brahms era consciente de que los antiwagnerianos, al erigirlo como su portaestandarte, lo estaban utilizando; por otra parte, tal abanderamiento constituía un grave error ya que él reconocía sinceramente la calidad de la música de Wagner y no se recataba en decirlo. En cuanto a Bruckner, muerto el maestro al que había admirado hasta la veneración y el anonadamiento, se dejó manipular por los wagnerianos que lo encumbraron a la condición de heraldo o de Sumo Sacerdote (Brahms, en este sentido, utilizaba la palabra "Papa"). 

       Es preciso reconocer que el compositor alemán emitió juicios demasiados duros sobre las obras de Bruckner. Tal vez no le faltase razón cuando advertía la dificultad que experimentaba el buen organista para manejar la estructura en sus composiciones sinfónicas; acaso atinaba al señalar en ellas los excesos instrumentales, la violencia en el empleo de los cobres, por ejemplo; y, desde luego, debido al trato rudo y a la sinceridad, brutal que a veces mostraba el músico hamburgués, éste no podía aprobar el evidente servilismo que traslucía la admiración de Bruckner hacia Wagner. Recuérdese la sorprendente dedicatoria de la Tercera Sinfonía: "Sinfonía en Re menor, dedicada con la más profunda veneración al ilustrísimo señor Richard Wagner, el sin par, universalmente famoso y maestro del arte poético y musical"

      Con independencia de la baja adulación que encierran, estas expresiones muestran el reducido nivel intelectual de Bruckner, al que podríamos calificar, utilizando un piadoso eufemismo, como "hombre de escasas lecturas". Y ésta es una de las grandes divergencias que hallamos entre los dos compositores; porque, por el contrario, Brahms llegó a adquirir un importante nivel intelectual, fue un lector empedernido, reunió una biblioteca de cierta dimensión y las anotaciones que se hallan en los libros muestran claramente que éstos fueron no sólo coleccionados, sino leídos con aprovechamiento.

     Hemos aludido también a la dificultad que experimentaba el compositor austriaco para manejar las grandes estructuras. De hecho, para definir sus sinfonías, Brahms utilizó la imagen -tan cruel como brillante- de la Boa constrictor (Ángel Mayo dice que esta expresión "tiene su origen en Hanslick"; y, en efecto, el temible crítico la empleó para fulminar la Séptima Sinfonía de Bruckner; pero, en cualquier caso, el compositor hamburgués también hizo uso de ella): es decir algo que se mueve de un modo serpenteante, que ondula, que va y viene lenta y pesadamente, y que es capaz de aplastarnos e incluso de estrangularnos. Pero tal vez donde más se observen las divergencias entre uno y otro músicos sea en el tratamiento artístico de la naturaleza que, por su importancia es objeto de un comentario separado a modo de apéndice.

     Volviendo al concierto -maravilloso concierto- que da pie a estos comentarios, hay que decir que el Brahms de la Sinfónica de Galicia no defrauda nunca. La agrupación ha interpretado repetidas veces las producciones orquestales del compositor hamburgués y, acaso por su capacidad de expresión "cantabile", consigue siempre dar la medida más poética y lírica de estas obras. En esta oportunidad, y salvando leves imprecisiones propias del comienzo de temporada, se alcanzó una gran versión de esta partitura impar -tal vez sorprendente y, en alguna medida, extraña- debida al genio maduro de un compositor que ya lo ha dicho casi todo. Contribuyó al éxito el elegante fraseo y la belleza del sonido de dos solistas excepcionales, Zimmermann y Meneses, cuya categoría artística no es preciso recordar.

     Víctor Pablo es un grandísimo director y hace un Brahms espléndido; pero, según su propia confesión, la música de Bruckner, con sus resonancias de órgano, la ha interiorizado desde la infancia. Por eso no puede extrañar que sus versiones de las sinfonías del organista de San Florian tengan siempre un carácter extraordinario. Ya ocurrió con la Novena Sinfonía, en La Coruña y en Barcelona, durante el pasado mes de Junio. Quienes han asistido al concierto en la capital catalana -crítica incluida- se han hecho lenguas de la extraordinaria versión que Víctor Pablo consiguió al frente de la OSGA. Y ha vuelto a suceder ahora con esta impresionante interpretación de la Tercera Sinfonía que, al concluir, desató un verdadero clamor del público. Pocas veces hemos escuchado a nuestra Orquesta en una actuación tan poderosa, con semejante plenitud sonora y, no obstante, con esa expresión poética de carácter lírico que la caracteriza, y que surge incontenible en muchos pasajes contrastantes, en esos remansos de la tensión en que Bruckner abandona por un momento las tremendas resonancias de los grandes tubos del órgano (en los bronces, en las cuerdas graves).

     La Sinfonía va a escucharse también en Madrid. De la misma manera que advertimos al público barcelonés para que entonces no se perdiese aquella admirable versión de la Novena, alertamos ahora a la audiencia madrileña a fin de que acuda al concierto en la seguridad de que va a escuchar algo realmente importante, un hecho artístico de calidad incontestable. 
 

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