Concierto inaugural de la temporada de la OSGA. Patrocinio de la Universidad
de La Coruña que, con este acto musical, celebraba la apertura de
un nuevo Curso Académico. Además, homenaje al tenor Alfredo
Kraus, recientemente fallecido. Tal vez todo ello provocó una
masiva asistencia, al extremo de que se agotaron las localidades.
Antes de comenzar el concierto, Enrique
Rojas, gerente de la Orquesta, hizo la pertinente mención -sencilla
y emotiva- al gran tenor español y a su especial relación
con nuestra ciudad. El público coruñés manifestó
su afecto al extinto cantante con una larga y cerrada ovación. Falta
aún el homenaje de "Amigos de la Ópera", la institución
herculina que sin duda mayor relación mantuvo con Alfredo Kraus.
Planteamiento interesantísimo. Nada
menos que "Brahms y Bruckner reunidos". Las comillas pretenden indicar
que esta frase es tan significativa como ajena. Constituye precisamente
el título principal de las notas -excelentes notas, como es en él
habitual- escritas por Ángel F. Mayo. Es cierto: como señala
el mencionado crítico, ninguno de los dos compositores hubiera podido
sospechar en vida que algún día se hallarían en la
inmediata intimidad del programa de un concierto.
También es verdad que el enfrentamiento
entre los dos músicos se debía más bien a razones
que los sobrepasaban a ambos y que se situaban además fuera de su
control. Brahms era consciente de que los antiwagnerianos, al erigirlo
como su portaestandarte, lo estaban utilizando; por otra parte, tal abanderamiento
constituía un grave error ya que él reconocía sinceramente
la calidad de la música de Wagner y no se recataba en decirlo.
En cuanto a Bruckner, muerto el maestro al que había admirado hasta
la veneración y el anonadamiento, se dejó manipular por los
wagnerianos que lo encumbraron a la condición de heraldo o de Sumo
Sacerdote (Brahms, en este sentido, utilizaba la palabra "Papa").
Es preciso reconocer que el compositor
alemán emitió juicios demasiados duros sobre las obras de
Bruckner. Tal vez no le faltase razón cuando advertía la
dificultad que experimentaba el buen organista para manejar la estructura
en sus composiciones sinfónicas; acaso atinaba al señalar
en ellas los excesos instrumentales, la violencia en el empleo de los cobres,
por ejemplo; y, desde luego, debido al trato rudo y a la sinceridad, brutal
que a veces mostraba el músico hamburgués, éste no
podía aprobar el evidente servilismo que traslucía la admiración
de Bruckner hacia Wagner. Recuérdese la sorprendente dedicatoria
de la Tercera Sinfonía: "Sinfonía en Re menor, dedicada
con la más profunda veneración al ilustrísimo señor
Richard
Wagner, el sin par, universalmente famoso y maestro del arte poético
y musical".
Con independencia de la baja adulación
que encierran, estas expresiones muestran el reducido nivel intelectual
de Bruckner, al que podríamos calificar, utilizando un piadoso eufemismo,
como "hombre de escasas lecturas". Y ésta es una de las grandes
divergencias que hallamos entre los dos compositores; porque, por el contrario,
Brahms llegó a adquirir un importante nivel intelectual, fue un
lector empedernido, reunió una biblioteca de cierta dimensión
y las anotaciones que se hallan en los libros muestran claramente que éstos
fueron no sólo coleccionados, sino leídos con aprovechamiento.
Hemos aludido también a la dificultad
que experimentaba el compositor austriaco para manejar las grandes estructuras.
De hecho, para definir sus sinfonías, Brahms utilizó la imagen
-tan cruel como brillante- de la Boa constrictor (Ángel Mayo
dice que esta expresión "tiene su origen en Hanslick"; y,
en efecto, el temible crítico la empleó para fulminar la
Séptima Sinfonía de Bruckner; pero, en cualquier caso, el
compositor hamburgués también hizo uso de ella): es decir
algo que se mueve de un modo serpenteante, que ondula, que va y viene lenta
y pesadamente, y que es capaz de aplastarnos e incluso de estrangularnos.
Pero tal vez donde más se observen las divergencias entre uno y
otro músicos sea en el tratamiento artístico de la naturaleza
que, por su importancia es objeto de un comentario separado a modo de apéndice.
Volviendo al concierto -maravilloso concierto-
que da pie a estos comentarios, hay que decir que el Brahms de la Sinfónica
de Galicia no defrauda nunca. La agrupación ha interpretado repetidas
veces las producciones orquestales del compositor hamburgués y,
acaso por su capacidad de expresión "cantabile", consigue
siempre dar la medida más poética y lírica de estas
obras. En esta oportunidad, y salvando leves imprecisiones propias del
comienzo de temporada, se alcanzó una gran versión de esta
partitura impar -tal vez sorprendente y, en alguna medida, extraña-
debida al genio maduro de un compositor que ya lo ha dicho casi todo. Contribuyó
al éxito el elegante fraseo y la belleza del sonido de dos solistas
excepcionales, Zimmermann y Meneses, cuya categoría artística
no es preciso recordar.
Víctor Pablo es un grandísimo
director y hace un Brahms espléndido; pero, según su propia
confesión, la música de Bruckner, con sus resonancias de
órgano, la ha interiorizado desde la infancia. Por eso no puede
extrañar que sus versiones de las sinfonías del organista
de San Florian tengan siempre un carácter extraordinario. Ya ocurrió
con la Novena Sinfonía, en La Coruña y en Barcelona, durante
el pasado mes de Junio. Quienes han asistido al concierto en la capital
catalana -crítica incluida- se han hecho lenguas de la extraordinaria
versión que Víctor Pablo consiguió al frente
de la OSGA. Y ha vuelto a suceder ahora con esta impresionante interpretación
de la Tercera Sinfonía que, al concluir, desató un verdadero
clamor del público. Pocas veces hemos escuchado a nuestra Orquesta
en una actuación tan poderosa, con semejante plenitud sonora y,
no obstante, con esa expresión poética de carácter
lírico que la caracteriza, y que surge incontenible en muchos pasajes
contrastantes, en esos remansos de la tensión en que Bruckner abandona
por un momento las tremendas resonancias de los grandes tubos del órgano
(en los bronces, en las cuerdas graves).
La Sinfonía va a escucharse también
en Madrid. De la misma manera que advertimos al público barcelonés
para que entonces no se perdiese aquella admirable versión de la
Novena, alertamos ahora a la audiencia madrileña a fin de que acuda
al concierto en la seguridad de que va a escuchar algo realmente importante,
un hecho artístico de calidad incontestable.
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