España - Madrid

Será difícil que algo así se repita de nuevo

Juan Krakenberger
lunes, 19 de marzo de 2007
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Madrid, jueves, 15 de marzo de 2007. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. Rebecca Evans, soprano. James Gilchrist, tenor. Dietrich Henschel, barítono. English Baroque Soloists. Monteverdi Choir. Director: Sir John Eliot Gardiner. Franz Joseph Haydn, Las Estaciones. Concierto Extraordinario de Juventudes Musicales de Madrid. Aforo: 85%
0,0001663 Lo que no comprendo es que para venir a escuchar una de las obras cumbre de Haydn, tocada por los mejores especialistas del mundo, no se haya llenado a tope la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional. Será difícil que algo así se repita de nuevo. En los 35 años que vivo en Madrid no recuerdo que haya habido una ejecución de esta obra, cosa por otro lado bastante plausible considerando las exigencias materiales y técnicas necesarias para su realización.

Después del éxito que Haydn cosechó con La Creación, su amigo y patrono, el Barón Gottfried van Swieten, que ya le había preparado el libreto para aquella obra, le presentó un nuevo texto, una traducción al alemán de poemas del escocés James Thomson, complementados con otros de poetas alemanes. Haydn ya tenía 66 años de edad, cuando emprendió este trabajo, que lo tuvo ocupado durante más de dos años. Si bien Haydn siempre consideró su Creación como su obra cumbre, la amabilidad del concepto de un oratorio mundano, con escenas populares bonachonas, otras idílicas, hacen que Las Estaciones sean una obra maestra del género, y la sabiduría y el arte de Haydn se muestran en su plena madurez. La obra dura casi dos horas y media, subdividida, por supuesto, en cuatro partes, cada una correspondiendo a una estación del año, empezando con la 'Primavera'.

La orquesta English Baroque Soloistas se presentó en una formación 9/8/6/5/3 en cuerdas, doble formación de flautas, oboes, clarinetes y fagot, cuatro trompas, dos trompetas y tres trombones, timbales y fortepiano. La mayoría de sus componentes son jóvenes, y en consecuencia hay más mujeres que hombres. El Coro Monteverdi, una treintena de cantantes con ligera mayoría de sopranos y altos sobre tenores y bajos, se coloca detrás de la orquesta, por voces separadas en ‘Primavera’ y ‘Verano’, y alternando mujeres y hombres para ‘Otoño’ e ‘Invierno’, debido a que la partitura exige dos coros en este último movimiento.

También la colocación de la orquesta es singular: en semicírculo se sientan los primeros violines, luego los violoncellos y detrás ellos los contrabajos, el fortepiano, las violas y los segundos violines. Y detrás de ellos, los vientos, pero con la particularidad que dos trompas se sientan a la izquierda, y las otras dos trompas a la derecha haciendo coro con trompetas y trombones. También esto es consecuencia de las exigencias de la partitura de ‘La Primavera’ que al final incluye una fanfarria muy lucida. Y en ‘El Otoño’, los dos pares de trompas se colocan a la altura del coro, y hacen de corni de caccia, imitando escenas de cacería, con todo el jolgorio que ello trae aparejado.

Tan solamente a través de esta descripción, el atento lector se habrá apercibido de lo divertido que resulta todo esto. Y en efecto, hay una enorme variedad de situaciones, sobre todo a partir de ‘El Otoño’, celebrando la buena cosecha, pero dejando sitio para un dueto de amor, para acabar en un coro de campesinos y cazadores, con todo el barullo de semejante situación. Y enseguida viene el contraste con el gélido invierno, la nieve que cubre todo, y para terminar un fin de fiesta de lo más divertido. Durante toda la obra, hubo varios momentos de auténtica magia. Pasajes de cuerdas solo, tocando piano, el trío de voces -soberbio-, coros festivos.

En cuanto a la interpretación, no puede uno imaginarse una versión mejor. Se advierte que esta obra es parte del repertorio de los dos conjuntos ingleses, y no creo que en este momento haya alguien en el mundo que lo haga mejor. Hay muchísimos cambios de tempi, rubati, pausas, entradas inesperadas, y todo funcionó de manera superlativa. Gardiner se conoce la obra al dedillo, y con ademanes claros y sencillos coordina todo de manera admirable. Los tres cantantes solistas, de auténtico lujo. Ya en su primera intervención, Rebecca Evans demostró saber cantar con suavidad en registros altos, y en ningún momento tuvo que forzar la voz. James Gilchrist, el tenor, tiene una voz muy agradable y dominó sus frecuentes intervenciones con musicalidad y aplomo. Y Dietrich Henschel, el único que cantó todo de memoria (sin duda por dominar el idioma del libreto, al ser alemán) acompañó su canto con una mímica muy a tono con los textos que cantaba.

La orquesta tiene algunos solistas excepcionales, a quienes les tocan intervenciones de gran responsabilidad: las flautas, los oboes, las trompas, y el coro de metales, todos brillantes y oportunos.

Y -"last but not least"- el coro: ¡qué coro! Creo que en este género es insuperable. Con más de cuarenta años de experiencia, el Coro Monteverdi se ha hecho un nombre, tiene más de cien grabaciones a su haber, y es sencillamente perfecto.

Además hay que felicitar a los organizadores, porque el programa de mano trae el texto completo -21 páginas- en alemán con traducción al castellano. Es útil poder seguir la obra leyendo los textos, porque la música responde puntualmente a éstos -música de programa en su sentido más literal- y para ello no se oscureció la sala, permitiendo la lectura: un detalle muy acertado que se agradece.

Hubo aplausos tras cada estación, y al terminar la obra, bravos y entusiasmo por parte del público. Solistas y director tuvieron que saludar repetidas veces.
A pesar de lo extenso -el concierto terminó a las 22.10, una hora más tarde de lo usual- el tiempo se me pasó volando. ¡Un acontecimiento extraordinario, con todo lo que ello implica!
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