España - Valencia

Novena

Rafael Díaz Gómez
jueves, 12 de julio de 2007
Valencia, viernes, 15 de junio de 2007. Palau de la Música. Nicolaj Znaider, violín. Anja Harteros, soprano. Iris Vermillion, mezzosoprano. Endrik Wottrich, tenor. Ralf Lukas, bajo. Cor de la Generalitat Valenciana. Orquesta de Valencia. Yaron Traub, director. Felix Mendelssohn: Concierto para violín y orquesta en mi menor, op. 64. Ludwig van Beethoven: Sinfonía número 9 en re menor, op. 125
0,0001497 Novena. A la Madre de los Desamparados, a la abogada de las causas difíciles, a Santa Cecilia, a saber. Pero, a mí que no me digan, algún tipo de ruego y de feliz intercesión ha debido de existir para que se haya obrado esta especie de milagro, esta bendición que ha convertido a la Orquesta de Valencia en un conjunto que apenas decepciona, que saca un día sí y otro también lo mejor de sí.

Lo ha vuelto ha demostrar en la última sesión de la temporada, una velada en la que asistimos a la que sin duda ha sido la mejor Novena de Beethoven interpretada en la ciudad del Turia en los últimos años, la que más música ha contenido, la más en serio abordada. Traub pareció plantear la versión como un homenaje a su orquesta y a su público, pero sobre todo, libre de celebraciones fastuosas, como un homenaje a la música misma. Y sin pretender hacer de la partitura símbolo de nada, consiguió mucho más que otros.

En comparación con el resto de los movimientos, tan sólo el tercero deslució un tanto: equilibrio ligeramente quebradizo, bloques algo deshilvanados, y pulso y color tendentes a lo desvaído, no obstante la feliz resolución del episodio central en el que cantan la madera y las trompas y acompaña en pizzicato la cuerda. Pero es que el resto fue muy bueno, construido con rigor, con empaque, mullido, bellamente fraseado, preciso en su devenir rítmico, bien balanceada su disposición tímbrica. El coro, empastado a la perfección, se ajustó de forma magistral al conjunto, con un cuidado exquisito por los planos dinámicos y con una decidida y unitaria voluntad de emocionar desde la mesura. Y con respecto a los cantantes sólo lamentar la brevedad de sus intervenciones, porque todos contribuyeron con acierto al sobresaliente resultado.

También aportó su granito Nicolaj Znaider, que, tras el descanso y despreciando actitudes de divo, se situó en la última fila de los primeros violines y tocó con sus ocasionales compañeros la parte que quiso que le correspondiera de la Novena. Bravo por esa naturalidad, por ese desparpajo al servicio del arte. Y bravo también por su interpretación del Concierto de Mendelssohn. Siempre he creído que hay que tener un arrojo singular para enfrentarse a esta partitura. Porque es cierto que hay momentos de especial y tremenda responsabilidad para el músico (la primera intervención del bajo en la Novena, por ejemplo), pero el Concierto para violín de Mendelssohn es de una exquisitez tan comprometida de cabo a rabo y, además, tan nutrida y maravillosamente registrado… ¿No es duro acaso desafiar esa ley que aplicada a esta obra reza que cualquier Heifetz pasado fue mejor?

Znaider exhibió un sonido algo recoleto, no demasiado vibrante, pero muy bonito, equilibrado y lleno. Y su musicalidad, dadivosa (¡qué fraseos más arrebatadores!). Se apreciaron, eso sí, descoordinaciones temporales con la orquesta durante el primer tiempo, pero en general Traub matizó con mimo su parte para redondear una convincente versión. El solista ofreció como propina algo que después de escuchar el Concierto de Mendelsshon todos parecemos necesitar: Bach. En este caso una 'Sarabanda' de la Segunda partita que mantuvo a todo el auditorio prendido del dulce discurso del stradivarius y que mandó al descanso al personal con la sonrisilla encantada del que se siente serenamente feliz.

Por lo tanto, estupendo cierre de la temporada. Yaron Traub apaciguó los aplausos finales para agradecer a su formación el trabajo desarrollado durante el curso y al público el cariño dispensado. Así que, más aplausos (desde luego que sabe conquistar a su público el director israelí). Su petición dirigida a los asistentes para que arrastren nuevos interesados merece que se vea generosamente correspondida. Y a él quizá le quepa en su tercer año de titularidad arriesgar un poco más, explorar otros repertorios, en los que deberían hacer aparición más obras de los compositores valencianos, y, de alguna forma, ser un punto más personal en sus interpretaciones, ser capaz de ir más allá de una literalidad que, aun siendo jugosa, intuimos que puede ser más desinhibida. La confianza que parece que se ha extendido por todos los estamentos de la orquesta de Valencia nos invita a creer que se conseguirá.
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