México

Agreden a Rossini en México

Luis Gutiérrez Ruvalcaba
jueves, 19 de julio de 2007
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Ciudad de México, jueves, 5 de julio de 2007. Palacio de Bellas Artes. G. Rossini: Il barbiere di Siviglia Commedia en dos actos (1816). Libreto de Cesare Sterbini. Willy Landin, Dirección escénica, escenografía e iluminación. Luciana Gutman, vestuario. George Petean (Figaro), Nancy Fabiola Herrera (Rosina), Brian Stucki (Almaviva), Arturo Rodríguez (Bartolo), Rosendo Flores (Don Basilio), Gabriela Thierry (Berta), Roberto Aznar (Fiorello y oficial). Orquesta y Coro del Teatro de Bellas Artes. Director: Marco Balderi. Aforo: 2000 localidades. Ocupación: 95%
0,0002142 Quiero empezar estas impresiones diciendo que Il barbiere di Siviglia es una de mis óperas favoritas, pues normalmente salgo de una función de la misma de buen humor y lleno de energía para el tiempo que pasará hasta ver otra de mis óperas favoritas.

La obertura dirigida por Marco Balderi fue la primera señal de que mi humor no sería el usual al finalizar la función. Mi impresión es que el ‘Andante maestoso’ inicial fue interpretado como un grave que anunciaba más una tragedia como Aureliano in Palmira o Elisabetta regina d’Inghilterra, óperas en las que Rossini había usado esta obertura, que la comedia que es Il barbiere di Siviglia. El director concertador se acordó que se trataba de la comedia y aceleró el tempo para terminar a toda velocidad, logrando que la orquesta fuese capaz de formar un gran muégano al reunir las notas en cúmulos de ruido poco parecidos a lo que Rossini compuso. La contribución del señor Balderi no terminó aquí sino que se encargó de tapar en no pocas ocasiones a los cantantes, incluso a aquellos con buenas voces. Lo que fue un pecado mortal fue el inicio del terceto 'Ah! qual colpo inaspetatto' que ‘Rosina’ inició correctamente al terminar su recitativo, pero al que no correspondió la entrada de la orquesta. ¿Estaba dormido don Marco? Después de tratar de arreglar la situación con otra entrada en falso de la orquesta, hubo necesidad de reiniciar el número. ¡Sí que fue un colpo inaspetatto!

La calidad de los cantantes fue bastante dispareja, desde la excelente de Rosendo Flores como ‘Don Basilio’, quien brilló en 'La calunnia' pese a haber tenido que luchar con el volumen de la orquesta, hasta la ínfima del señor Brian Stucki como ‘Almaviva’, cuya vocecita no solo fue inaudible en todos los números de conjunto, sino que fue incapaz de emitir notas arriba del sol que no sonaran estranguladas. Entre estos extremos tuvimos a una excelente Nancy Fabiola Herrera como una muy buena ‘Rosina’, a un buen George Petean que hubiera sido mejor si hubiera cantado con estilo rossiniano su 'Largo al factotum' y a un Arturo Rodríguez que cantó un menos que regular ‘Bartolo’ con una voz más bien chiquita. El desempeño de Gabriela Thierry como ‘Berta’ fue incomparablemente mejor, relativamente hablando dada la importancia del papel, que la de los señores Stucki y Rodríguez. Roberto Aznar tuvo una actuación correcta como ‘Fiorello’ y ‘el oficial’ y creo que hubiera sido un mejor ‘Bartolo’ de lo que tuvimos.

No soy fanático de importar cantantes, pero si estos no tienen calidad para superar a la producción nacional lo considero un desperdicio de los recursos exiguos con los que cuenta la Ópera de Bellas Artes. No hay duda de que México es tierra de tenores rossinianos. Prueba de ello son los consagrados Francisco Araiza y Ramón Vargas, y mencionaría al no tan célebre Javier Camarena quien hace pocos meses debutó cantando un formidable ‘Lindoro’ en L’italiana in Algieri en Zurich. Por cierto este joven tenor cantará ‘Almaviva’ en la próxima temporada de Zurich y hará su debut con el mismo papel en la Ópera de Viena el próximo octubre. Es cierto que se intentó contratar a Camarena, pero con tanta premura que el joven no pudo aceptar la invitación pues la propuesta llegó cuando su éxito como ‘Lindoro’ ya había de hecho de él alguien solicitado en el circuito operístico de alta calidad. Lástima que lo que hizo como ‘Tonio’ después de haber ganado el concurso Morelli no fue suficiente para pensar oportunamente en él. No puedo dejar de pensar en muchos otros tenores mexicanos como Raúl Hernández y Octavio Arévalo que lo harían mucho mejor que lo que tuvimos anoche. De seguro hay más tenores jóvenes mexicanos que fueron despojados por el señor Stucki.

Respecto a la producción tengo muy poco que decir, me refiero a lo bueno. Se publicitó ampliamente la colaboración con el Teatro Colón de Buenos Aires, por lo que nos recetaron la creación del régisseur, así les llaman en Argentina, Willy Landin, quién también fue responsable del diseño de la escenografía y la iluminación. La iluminación fue pobre y la escenografía tuvo dos partes: una mala y otra peor. La mala fue la de los exteriores que me hicieron recordar una pobre caricatura del barrio de la Boca y la peor la de los interiores que me hicieron recordar una sala amueblada en los tiempos del célebre corralito. Fue notable la pésima dirección escénica durante el dueto 'All’idea di quel metalo' cuando ‘Figaro’ se refería a su bottega señalado al público, cuando la tal bottega se destacaba al fondo del escenario exactamente en la dirección opuesta a la que nos indicaba el barbero.

Me siento personalmente ofendido cuando el régisseur, o cualquier director de escena, cree que el publico, del cual soy parte, es profundamente estúpido, por lo que se insiste en el estilo de pastelazo en una comedia. La acción fue llevada, en principio, a la década de los 50’ del siglo pasado e incluyó entrada y salida de ‘Almaviva’ en un Fiat de la época, no mala idea por cierto, pero usó como recurso, ya sobado por cierto, un gran grupo de bailarines, gran por el tamaño no por la calidad, que a ratos interpretaba West Side Story y a ratos Hair, colapsando no sólo dos décadas, sino dos momentos históricos totalmente distintos y casi antitéticos.

El coro lo hizo bien, pese a las indicaciones del señor Landin quien los hizo hacer numeritos de baile bastante idiotas al principio del primer acto, cuando son los músicos contratados por ‘Almaviva’ para llevar serenata a ‘Rosina’, en la que por cierto terminan moliendo a palos al señor conde, seguramente porque se enojaron al oírlo cantar 'Ecco, ridente in cielo', y como fuerza del orden disfrazada de bomberos, idea realmente extraña en México pues aquí no sentimos amor por la policía, pero sí respeto, y mucho, por los llamados traga–humo. Incluso el señor Landin podría hacerse acreedor a una demanda por plagio al copiar descaradamente la coreografía que Ponnelle empleó en el final archiestrepitoso del primer acto.

Ojalá que esta producción no sea un presagio de lo que sucederá en las próximas colaboraciones con el Colón en Dialogues des Carmelites y Die Tote Stadt, óperas realmente susceptibles de ser conceptualizadas por régisseurs.

Termino diciendo que esta vez no salí de buen humor y lleno de energía de esta función de Il barbiere di Siviglia, lo cual es una verdadera lástima.
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