Discos

A riesgo de quedarse sordo

Mikel Chamizo
jueves, 16 de agosto de 2007
Niccolò Castiglioni: Quilisma; Tropi; Consonante; Daleth; Risognanze; Intonazione; Cantus planus. Sonia Adam y Elisabetta Lombardi, sopranos. Ensemble Risognanze. Tito Ceccherini, dirección musical. Michael Seberich y Luca Martini, ingenieros de sonido. Gemma Marchegiani, masterización. Luca Martini, productor. Un compacto DDD de 72 minutos grabado en el Passionsspielhauss de Erl, Austria, en julio de 2004. Col Legno WWE 20253. Distribuidor en España: Diverdi
0,0003586 Niccolò Castiglioni (Milán, 1932-1996) perteneció a esa generación de grandes compositores italianos que nos han ido abandonando en los últimos años. Autores de enorme personalidad como Berio y Donatoni, y algunos malogrados antes de tiempo, como Maderna y Nono, que marcaron las pautas de la música de vanguardia en Italia y en parte de Europa, como es el caso de España, donde tanta influencia ejerció la pedagogía de Donatoni.

Pero el caso de Castiglioni es peculiar, porque siendo uno de los autores más originales entre los nombrados, ha sido también, y con gran diferencia, el más olvidado. Solamente ahora que se celebra el setenta y cinco aniversario de su nacimiento (el pasado 17 de julio) han empezado a surgir tímidas iniciativas para dar a conocer su música: algunos conciertos dentro y fuera de Italia, un par de discos en sellos de distribución internacional -el que nos ocupa con música de cámara en Col Legno y otro sinfónico en Stradivarius- y algún que otro artículo o reseña en las revistas especializadas.

Niccolò Castiglioni, en cualquier caso, ha generado una literatura infinitamente menor que la de sus cuatro ilustres colegas, es prácticamente desconocido fuera de las fronteras de su país natal, y resulta muy significativo que el barómetro de popularidad más implacable de nuestros días, el Google, no reconozca su nombre y nos proponga una búsqueda alternativa sobre Nicolás Castiglione, un diputado bonaerense.

La carrera de Niccolò Castiglione, sin embargo, comenzó con buen pie. Como todos los compositores italianos crecidos en los años treinta y cuarenta, gozó de una sólida formación académica y a principios de los años cincuenta ya llamó la atención con un par de obras sinfónicas de notable calidad, influenciadas por el neoclasicismo de Stravinsky (en concreto el Concertino per la notte di Natale y la ópera Uomini e no).

El problema, en el caso de Castiglione -y en el de muchos otros jóvenes de la época- llegó con su paso por Darmstadt, que arruinó el desarrollo de su talento innato. El Festival de Nuevas Músicas de Darmstadt, centro de difusión de las tendencias más radicales de la vanguardia entre los años cincuenta y setenta, ejerció una gran fascinación sobre un joven Castiglioni, que se dejó caer por allí en 1958 y nuevamente en el 1965, haciendo germinar una semilla que ya fue implantada en su paso por los cursos de Gulda, Zecchi y Blacher en el Mozarteum de Salzburgo, donde trabajó especialmente la técnica dodecafónica, y por su relación con el entorno del Studio di Fonologia de Milán, donde Castiglioni frecuentó mucho a Berio.

Sus obras de estos años, por ejemplo las dos incluidas en el disco, Tropi (1959) y Consonante (1962), aun siendo francamente desagradables en algunos pasajes por los efectos psico-acústicos que generan sus disonancias extremadamente agudas, no pueden ocultar un lirismo muy franco que casaba mal con las tendencias ‘oficiales’ de la época. La impresión, bajo la escucha de unos oídos actuales, resulta un tanto ‘naïf’, por el empleo de procedimientos muy sencillos -repeticiones secuenciales al estilo de Messiaen, cánones casi escolásticos, ritmos y recursos dramáticos a veces un tanto ingénuos- en el contexto de una apariencia externa pretendidamente compleja y árida.

No obstante, estas obras -y probablemente también los cinco años que pasó durante los sesenta enseñando en universidades americanas, donde el ambiente musical era tan distinto al europeo- ayudaron a perfilar el estilo posterior y los elementos característicos de la música de Castiglioni, que surgiría en todo su esplendor en los años setenta y que destaca sobre todo por su fascinante universo tímbrico, a base de sonidos extremadamente agudos y la ausencia de graves, que logra un efecto aséptico a la vez que mágico.

Castiglioni va desarrollando también una tendencia hacia el aforismo, a construir secciones que no duran más de dos minutos, y a hacer de cada una de ellas una unidad autónoma respecto al todo en el aspecto técnico pero conexionada en lo simbólico, es decir, mezclando desprejuiciadamente lenguajes tonales, modales y atonales en aras de lanzar un guiño intelectual, a menudo irónico, al oyente.

La primera gran obra de madurez de Castiglioni es la hipnótica Inverno In-ver (once poesías sonoras para pequeña orquesta), escrita en 1973 y probablemente el opus más interpretado de su catálogo. Otras piezas importantes de este periodo, y directamente relacionadas con el espíritu de Inverno In-ver, son el Quodlibet para piano y orquesta de cámara (1976) y los Dickinson-Lieder para soprano y pequeña orquesta (1977).

El principal problema que presenta este lanzamiento de Col Legno está en la toma de sonido. Resulta evidente a la escucha de la música de Castiglioni que ésta requiere una cierta distancia -en un sentido espacial- con el oyente, para que el intricado contrapunto entre instrumentos en el registro agudo adquiera una consistencia de textura. Sin embargo, el técnico de sonido de esta grabación ha optado por presentarnos los instrumentos, y especialmente los de cuerda, como si estuvieran a veinte centimetros de nuestro oido, y aliñados además con una meticulosa panoramización que consigue que podamos escuchar cristalinamente cada instrumento en forma individual. Es decir, justo el efecto contrario de lo que probablemente quería obtener Castiglioni.

Pero los problemas generados por la toma de sonido no terminan aquí. En las obras más áridas, las ya mencionadas Tropi y Consonante, la mezcla explosiva de sonidos extremadamente agudos en fortísimo y una colocación de los micrófonos tan próxima a la fuente llega a arrojar momentos que resultan, sin exagerar, hirientes para el oído –recomiendo, de verdad, bajar el volumen durante estas dos pistas si se va a escuchar el disco con auriculares-.

Por último, la toma de sonido también pone en evidencia algunas limitaciones en los intérpretes de cuerda del Ensemble Risognanze, especialmente a la hora de ejecutar los armónicos artificiales -numerosísimos en la obra de Castiglione-, en los que se escucha en exceso la frotación de la cuerda.

Mucho mejor se puede disfrutar de las tres obras creadas tardíamente que aparecen en el disco, Risognanze (1989), Cantus Planus (1990-91) e Intonazione (1992), de un carácter menos incisivo, más convencionales en el lenguaje y, por qué no decirlo, bastante más interesantes en el plano expresivo.

El Ensemble Risognanze es, además, un conjunto competente y Ceccherini -aunque su dirección sea un tanto mecánica e intente disimular recurrentemente los elementos post-modernos del Castiglioni de la última época- sabe guardar un adecuado componente de misterio imprescindible para la correcta transmisión de estas músicas.
 
Mención aparte merecen las notas al programa de Alessandro Solbiati, un bochornoso discurso proselitista de la facción más intransigente de las vanguardias, anacrónico, repleto de lugares comunes repetidos desde hace casi 60 años y, lo que es peor, manipulador de la significación real de la figura del italiano, exagerando su importancia como compositor y lanzando la imagen de un Castiglioni radicalmente vanguardista que choca frontalmente con la experiencia que supone escuchar su música.

Este disco ha sido enviado para su recensión por Diverdi
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