Costa Rica

Debut bienvenido

Andrés Sáenz
miércoles, 26 de septiembre de 2007
San José de Costa Rica, viernes, 21 de septiembre de 2007. Teatro Nacional. James Sommerville, corno francés. Orquesta Sinfónica Nacional (OSN). Director invitado: Roselín Pabón. Richard Strauss, Concierto n° 2 en mi bemol mayor para corno y orquesta. Franz Schubert, Rosamunda D 644. Felix Mendelssohn, Sinfonía n° 3 en la menor opus 56. VIII Concierto de la Temporada oficial 2007
0,0001881 Tres obras de la tradición austro-germana, representativas de sendas etapas en el desarrollo de la corriente romántica de la música europea (romanticismo en cierne, romanticismo pleno y posromanticismo tardío), conformaron el programa del octavo concierto de la temporada oficial de la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN), dirigido por el puertorriqueño Roselín Pabón como invitado.

En el octavo concierto de la temporada oficial de la OSN, el viernes, en el Teatro Nacional, actuó de solista el estadounidense James Sommerville, corno principal de la Orquesta Sinfónica de Boston, quien moldeó una interpretación virtuosa del Concierto n° 2 en mi bemol mayor para corno y orquesta, del alemán Richard Strauss (1864-1949), compuesto en 1942.

Ambos maestros se presentaban por vez primera en Costa Rica y su excelente desempeño merecería que la OSN los invite de nuevo.

El concierto de Strauss da inicio al último período del compositor, caracterizado por la finura, sobriedad y elegancia de estilo, una especie de retorno a la fuente mozartiana.

James Sommerville superó de manera soberbia las dificultades de un concierto para un instrumento ya de por sí difícil de dominar, produjo timbres diáfanos y coloridos, se mostró vivaz en el movimiento inicial, apacible en el andante, pródigo y grácil en el rondó concluyente.

Roselín Pabón y la OSN acompañaron con suma agilidad y precisión, ora en apoyo del cornista, ora en lid con él. El público premió al solista, al director y al conjunto con aplausos calurosos.

El vienés Franz Schubert (1797-1828) puede considerarse, según la perspectiva, o el último de los clásicos o el primero de los románticos. En 1827, Schubert publicó Rosamunda como su opus 26, junto con una selección de la música incidental escrita en 1823 para un melodrama titulado Rosamunda, Reina de Chipre.

La pieza hoy conocida como la obertura Rosamunda, que en el catálogo Deutsch de la obra de Schubert lleva el número D 644, es en realidad la obertura de su ópera El arpa encantada, estrenada en 1820.

Pese a varios intentos, Schubert nunca tuvo el éxito que anhelaba en el teatro y El arpa encantada fue otro fracaso, salvo por la obertura, que gustó mucho al público y, entonces, como se dijo, el compositor la incluyó en la publicación de la música incidental que había escrito para el melodrama Rosamunda, Reina de Chipre.

Sin embargo, la publicación es el único vínculo de la obertura con el melodrama. Para el estreno de Rosamunda, Reina de Chipre, Schubert más bien empleó la obertura de su ópera inédita Alfonso y Estrella.

¿Demasiado complicado? Me disculpo con el lector por este plagio de la erudición del musicólogo Clive Brown, pero necesario como rectificación a las notas en el programa de mano.

La obertura Rosamunda denota la influencia de Rossini, en aquel momento inmensamente popular en Viena, y no la considero una de las páginas más inspiradas del compositor. No obstante, al inicio de la función, Pabón y la orquesta moldearon una lectura muy puntual y amena de la pieza.

Después del intermedio, Pabón y la orquesta forjaron una interpretación majestuosa de la Sinfonía n° 3 en la menor opus 56, de Felix Mendelssohn (1809-1847), conocida como la Sinfonía Escocesa, la última de las cinco sinfonías maduras de Mendelssohn, aunque numerada la tercera.

El compositor mismo estrenó la obra en Leipzig en 1842, pero su origen data del viaje que, en 1829, hizo por Escocia, aunque el título no consta en el manuscrito y Mendelssohn nunca explicó la sinfonía.

Roselín Pabón y la OSN produjeron un sonido amplio y lustrado, las secciones ceñidas y prontas en sus respuestas. La lectura se oyó fluida y espontánea, los ritmos justos, la dinámica diferenciada, y contrastados los aspectos líricos y dramáticos o sombríos y alegres de la obra.

Al final de la Sinfonía Escocesa, los oyentes ovacionaron largo rato al maestro Roselín Pabón y a la Orquesta Sinfónica Nacional.
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