España - Valencia

Del ritual al ensueño

Lope de Osuna
jueves, 18 de octubre de 2007
Alicante, jueves, 27 de septiembre de 2007. Teatro Arniches. Orquesta de Cámara del Auditorio de Zaragoza 'Grupo Enigma'. Josetxo Silguero, saxofones. Julia Malkova, viola. Juan José Olives, director. Programa: James MacMillan, Three Dawn Rituals (Tres rituales del amanecer). Carlos Satué, Laberinto en la Noche (concierto para saxofones, ensemble y electrónica en vivo). José Luis Greco, Manhattan in the Mist (concierto para viola y ensemble). Toru Takemitsu, Tree line. XXIII Festival de Música de Alicante. Organizado por el Centro de Difusión de la Música Contemporánea.
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Three dawn rituals fue escrita cuando el autor tenía veinticuatro años, utilizando materiales antes desechados, basándose en la evocación de los sonidos más delicados de gong y campanas. Es una miniatura en tres tiempos perfectamente diferenciados, con una duración de apenas diez minutos. En el primero, lento y sosegado, predominam el canto de clarinete y flauta grave sobre las cuerdas -en armónicos y pizzicati -y el piano preparado. El segundo tiene un carácter como de scherzo, con canto de clarinete, piccolo y fagot, y un ritmo muy quebrado y percutido. En el tercero, de nuevo más sereno, vuelve a predominar el registro grave de la flauta y el clarinete bajo, con un canto dialogado, casi como interrumpiendo las frases con pensamientos.

Laberinto en la noche es un concierto en cuatro movimientos en cada uno de los cuales el solista debe cambiar de instrumento. Hay un uso de la electrónica casi continuo y está lleno de dificultades para el solista, que ha de hacer uso de todas sus facultades técnicas e interpretativas. Josetxo Silguero demostró estar sobrado de unas y otras a lo largo de toda su interpretación. El primer tiempo, para saxo barítono, está lleno de efectos inquietantes que llenan de desazón cuando se escucha. El concierto es un totum continuum de sonido, si bien los intérpretes, en especial el solista, pueden descansar breves momentos entre cada movimiento, al ser los efectos electrónicos de ecos y glissandi los que se encargan de la prolongación de cada uno de ellos.

Algunos comentábamos a la salida del concierto que si el silencio no formara parte sustancial de la música, se podría pensar en estos efectos como remedio al omnipresente atacca subito de toses que se produce en los conciertos al final de cada movimiento.

Un cambio de color y de instrumento solista ,aquí el saxo alto, caracteriza el segundo movimiento, al que -también sin solución de continuidad- sucede el tercero, mas lento y de mayor predominio de la electrónica, que responde largamente a cada intervención solista. El cuarto, para saxo soprano, se inicia con un solo de gran fuerza por parte de éste. Predomina un ritmo muy sincopado, la pulsación directa de las cuerdas del piano es amplificada y distorsionada por la electrónica en una sensación de movimiento físico a lo largo y ancho del espacio del teatro produciendo una sensación muy caótica que se desvanece para dar paso a pasajes virtuosísticos del saxo, de los que destaca un solo a modo de cadenza -sin más apoyo electrónico que una amplificación moderada y algún eco- en el que el solista tiene que desarrollar un gran trabajo de boca, brillantemente ejecutados por Silguero. Final muy brillante para una obra que, pese a todo, deja un post-gusto de una cierta ligereza de contenido brillantemente embotellado.

José Luis Greco presentó Manhatann in the mist. En su presentación relata el autor su recuerdo de una visión del perfil de Nueva York a la vuelta de un viaje, como flotando en la niebla. El comienzo de la obra crea una especie de halo de misterio con la intervención de la viola solista. Su canto de un notable lirismo se desarrolla en notas largas con algún límpido pizzicato de mano izquierda, como un cendal de bruma que ocultara parcialmente la intervención del ensemble. Una segunda sección progresivamente más animada y desordenada, con la cuerda percutiendo durante breves momentos y una intervención de la viola llena de color que se desarrolla en un gran solo, realzado por la soberbia interpretación de Malkova antes del tutti final.

El cierre del concierto, Tree line, de Toru Takemitsu, consta de un movimiento único, entiéndase como número, pero más como cualidad. La sensación de paz y contemplación de la naturaleza que genera la audición de sus obras hacen del autor japonés un hito de la composición del siglo XX. Sin apenas temas, Tree line sugiere, evoca y convence. Su magistral manejo del tempo y del color instrumental convierte el solo final entre cajas del oboe en una bellísima excepción que nos hace salir del ensueño, del hechizo de su música.

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