Italia

“Popolo di Pechino, la legge è questa…”

Anibal E. Cetrángolo
viernes, 4 de enero de 2008
Venecia, domingo, 16 de diciembre de 2007. Nuova Fenice. Turandot de Giacomo Puccini sobre un libreto de Giuseppe Adami y Renato Simoni. Denis Krief, dirección escénica, decorados, trajes e iluminación. Elenco: Giovanna Casolla (La principessa Turandot); Enrico Cossutta (L'imperatore Altoum); Federico Sacchi (Timur); Walter Fraccaro (Il principe ignoto, Calaf); Maria Luigia Borsi (Liù); Giorgio Caoduro (Ping); Gianluca Floris (Pang); Matthias Wohlbrecht (Pong); Enrico Cossutta (Il principe di Persia); Timothy Sharp (Un mandarín). Coro y Orquesta de la Fenice. Zhang Jiemin, dirección musical. Teatro lleno
0,0002888

Un público cada vez más anciano y extranjero presenció esta Turandot veneciana en la que muchas cosas hermosas se vieron y escucharon. Me proclamo sincero en mi conviccion acerca la legitimidad de diferentes lecturas de una de obra de arte importante como esta. Me parece por otro lado que las directrices principales en la interpretación sean el respeto a la idea de base del creador y la coherencia interna entorno a una propuesta fuerte. Volviendo a mi premisa inicial agrego que si bien hubo elecciones aisladamente bellas en la Turandot de la Fenice no siempre, segun mi manera de ver, aquellas directrices fueron seguidas y eso independientemente del punto de vista, la lectura, que uno haya elegido para acceder a Turandot.

La idea escénica de Denis Krief supuso una decisión importante: se eliminó en la dinámica dramática un protagonista, la masa popular. Se ganó en una seductora imagen visual: el coro inmóvil y de frente al publico. Ese friso humano era ocultado cuando no cantaba gracias a paneles horizontales que se deslizaban verticalmente. La idea era muy esencial y limpia. No era difícil asociar ese gran gesto escénico con las paredes móviles de las casas orientales que sirven para modificar el espacio.

©2007 by Michele Crosera

Muy bien, muy interesante, pero el precio pagado fue caro si es que se pretende burguesamente escuchar con coherencia un texto que dice “Percuotete quei vili” y después no pasa nada. Es posible que simbolismos sutiles y alusivos justifiquen alejarse un poco de la letra del texto pero yendo a cosas esenciales dudo que lo que se vio haya sido siempre pertinente.

Me faltó algo esencial en el juego dramático de las partes, la presencia de un eje: aquella distancia infinita entre 'Turandot', encerrada en su defensa hierática y el resto del mundo. No creo sea un capricho del libreto la exigencia de una “enorme scalea de marmo” y no pienso que someterse a ese requisito sea ser esclavo de una superflua tradición convencional. La escalera altísima sobre la que se leen los enigmas no es un factor secundario. Es cierto que la imagen de distancia pueda ser sugerida de otra manera pero insisto: la distancia es esencial y faltó. La belleza de las escenas de la Fenice no me impiden decir que, siguiendo otra reciente pero consolidada tradición, el regisseur hizo del compositor y su obra un pedestal, y no le importó en absoluto subirse encima.

Es por otro lado perfectamente plausible que una mujer arrogante ante el sacrificio sublime del amor humilde se acerque con curiosidad y hasta ceda en su orgullo, postrándose ante una sierva. Eso es posible, digo, pero esa mujer no es la ‘Turandot’ que Puccini y sus libretistas nos han dejado en un texto clarísimo. Cuando la Casolla se arrodilla ante la Borsi, sucede que otra vez una prepotente figura se interpone entre los autores y el público: la del señor Denis Krief.

No es que Krief se haya olvidado de la idea de distancia. Eso fue marcado bien entre las masas del coro y el espectador. La idea de formar al coro a lo largo de toda la extensión de la escena fue, en lo visual, extremadamente eficaz. La estética del ojo, sin embargo, una vez más prevalece sobre la conveniente para el resultado musical. Esa posición de los coristas hace, evidentemente, muy difícil que ellos puedan escucharse satisfactoriamente entre si y el riesgo consecuente de entradas fuori tempo es alto. A pesar de que el grupo fue muy bien preparado, en el primer acto, sobre todo, lo temido ocurrió.


©2007 by Michele Crosera

Acerca de los cantantes principales, pienso que la voz de Casolla es imponente, gobierna soberana sobre la orquesta exuberante aun cuando el grupo instrumental es exigido, como a menudo ocurrió, de manera excesiva. Un vibrato importante le impide aquella emisión fija, de acero, que resulta necesaria para quienes insistimos aun en la fidelidad a un texto que exige tal imagen sonora de la “principessa di gelo”.

Una prudencia elemental parece aconsejar a cualquier mortal “non tentar la fortuna” afrontando un rol tan tremendo como el de ‘Calaf’. Cuando un tenor osa a ello uno se pregunta si el imprudente pretendiente triunfará en “la prova ardita”: mostrar un volumen oceánico en notas poco humanas. Al final de la ópera, cuando uno sabe que Fraccaro tenía esas notas y tambien aquel volumen, aprende que ni siquiera en Turandot esas cosas bastan. Los personajes de Puccini pretenden vivir en serio y a este ‘Calaf’ le faltó poesía.

A pesar de las objeciones posibles de cuanto se vio en el escenario, cada aparicion de Maria Luigia Borsi hizo creíble lo representado. La voz de esta soprano excelente es ideal para ‘Liù’. La línea de canto se mueve cómoda en función de una inteligencia que sabe siempre lo que tiene que decir en cada momento.

Los otros cantantes del elenco sirvieron a sus roles con excelentes resultados. Fueron solventes vocalmente y flexibles en el gesto teatral.

La orquesta fue bien gobernada por Zhang Jemin, quien exaltó lo contundente de la partitura en detrimento de lo cantable. Eso y una puesta escénica que recogia lo irónico relegando lo lírico con sus referencias tan explicitas al mundo visual del Novecento metafísico italiano acercaron a esta Turandot a las vanguardias de 1920 y esto fue, creo lo mas interesante de esta versión que presencié el 16 de diciembre con el teatro completo.


©2007 by Michele Crosera

La dirección de la Fenice consideró oportuno confiar su orquesta a dos mujeres chinas, Yu Long y Zhang Jemin, que se alternaron en el podio de Turandot. ¿Será irrespetuoso preguntarse el por qué de semejante elección? Obviamente que estoy convencido de que China cuenta con excelentes profesionales de la dirección: estas dos jóvenes artistas, al menos la que me tocó conocer, son un ejemplo de ellos y es claro, mucho menos osaría tocar el problema del sexo en un profesional de la batuta. Mi única duda reside en los motivos que impulsaron al teatro a presentar estas novedades -mujeres chinas en la direccion- precisamente en Turandot y no en ninguna de sus otras óperas de la temporada. En estos momentos el Dalai Lama que visita Italia está siendo tratado mal por las autoridades para no ofender al gobierno de Pekin y sabemos que el programa del año próximo (no tendremos la ultima jornada del Ring wagneriano)- incluye la primera representacion absoluta de La leggenda del serpente bianco del compositor Zhu Shaouyo, semanas antes que este título se exhiba en las Olimpiadas de Pekin. ¿En todo esto hay poco de enigmático, no es cierto?

Pienso en los jovenes para quienes esta es su primera Turandot. ¿Habría sido preferible que hubiesen tenido un contacto más cercano a la tradicion con este titulo tan central en el repertorio? Descarto velozmente tal preocupacion: los jóvenes locales no tienen acceso alguno a esta Nuova Fenice, sala pensada para turistas ricos. A los estudiantes quedan reservados los ensayos siempre y cuando paguen: ¡esto es real! “Popolo di Pechino, la legge è questa…”

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.