España - Castilla-La Mancha

Un pianista con personalidad (y la iglesia también)

Maruxa Baliñas
martes, 25 de marzo de 2008
Cuenca, domingo, 16 de marzo de 2008. Iglesia de la Merced. Peter Donohoe, piano. Johann Sebastian Bach, Seis Preludios y Fugas de 'El clave bien temperado' (Libro I). Cesar Franck, Preludio, aria y finale. Ferenc Liszt, Sonata en si menor. Olivier Messiaen, Cantéyodjayâ (1949). 47 Semana de Música Religiosa de Cuenca. Concierto 5.
0,0002381 Si fuera una cantante diríamos que le sobra vibrato, pero como se trataba de una iglesia convertida en sala de conciertos, habría que decir que le sobraban ecos, vibratos, riqueza de sonido, armónicos y todo. La iglesia de la Merced es sin duda un espacio muy hermoso arquitectónicamente, pero la sonoridad es totalmente inapropiada para un concierto de piano y Peter Donohoe (Manchester, 1953) resultó muy perjudicado por ello.

Quizá fueron las piezas de Bach las que más alteradas quedaron, especialmente aquellas donde predomina el elemento contrapuntístico sobre el melódico. Prácticamente todas las fugas se convirtieron en una fusión sonora donde era muy difícil identificar y separar los elementos constructivos, donde lo sensorial se impuso casi siempre a lo racional. En buena medida este efecto fue buscado por el propio Donohoe, que tiene una visión de Bach poco 'germana', o más bien poco ajustada a lo que Albert Schweitzer, y sus numerosos seguidores, entendían que era Bach.

Igualmente extraña me resultó la versión de la Sonata de Liszt. Según explicó Donohoe en un coloquio celebrado la víspera del concierto, para él existe una línea común entre los cuatro compositores de este programa: todos ellos fueron compositores religiosos pero no litúrgicos: o sea, se ajustaban poco a los cánones de la Iglesia y a lo que se esperaba de la música religiosa en sus respectivos momentos históricos. En su intervención en las jornadas dedicadas a Messiaen, Donohoe, artista residente de esta 47 Semana de Música Religiosa de Cuenca, recordó los problemas que Cesar Franck tuvo con las autoridades eclesiásticas de la Iglesia de San Clotilde debido a la sensualidad de su música religiosa. Los mismos que Messiaen, cuya música religiosa nos sigue pareciendo -incluso desde la perspectiva actual- extravagante en su misticismo mundano. Bach, y esto ya es aportación propia (Donohoe no aludió directamente a ello), era considerado por sus patronos de Santo Tomás como un compositor empeñado en llenar las iglesias de Leipzig de música prácticamente profana, y sus Pasiones, especialmente la de San Juan que se tocó unos días después en este mismo festival, eran acusadas de ser óperas encubiertas. Los problemas de Liszt con la iglesia católica están muy estudiados por los musicólogos, especialmente Alan Walker y Paul Merrick, pero han trascendido muy poco al público en general, que sigue considerando los devaneos de Liszt con el catolicismo como eso, simples devaneos en medio de todas sus conquistas femeninas, que eran las que realmente le importaban.

En el coloquio celebrado con Donohoe al día siguiente del concierto, en el marco de la Jornadas Messiaen, Xoán M. Carreira, nuestro editor, apuntó que si no nos fijamos tanto en el hecho religioso -que es externo- y reparamos en la experiencia espiritual -que es individual- quizás podamos entender mejor a estos cuatro compositores y esos nexos comunes que Donohoe resalta. Según Carreira, es habitual que una exaltada espiritualidad  vaya acompañada de una acusada sensualidad y sabemos que a Bach, a Franck, a Liszt y a Messiaen les encantaba el sexo o por lo menos disfrutar de los placeres terrenales.

Esta diferenciación entre lo espiritual como experiencia íntima, lo religioso como exteriorización pública y lo sagrado como liturgia o protocolo de lo religioso, es extraordinariamente importante. Cuando estos conceptos se confunden se puede llegar a afirmaciones como la del musicólogo Harry Halbreich, recogido por Alberto C. Bernal en las notas al programa del concierto, quien afirma que "un Preludio y Fuga de Bach es esencialmente tan sacro como un coral organístico". Se trata de un razonamiento aparentemente inocente, pero tras esta confusión de conceptos se esconde un desprecio a elementos fundamentales que pueden llevar a una peligrosa intolerancia hacia los sistemas de creencias, compartida tanto por los fundamentalismos religiosos como por los fundamentalismos anticlericales.



Peter Donohoe en la iglesia de la Merced
Fotografía © 2008 by Santiago Torralba


Precisamente por no tratarse de un concierto de música religiosa, ni una profesión de fe, es por lo que una persona escéptica como Donohoe se pudo sentir en simbiosis con cuatro visiones espirituales de la música. Su perspectiva, tan formalista en algunos aspectos y tan seca en otros (fraseo especialmente), es lo que convirtió su Sonata de Liszt y su Preludio, aria y finale de Franck en una experiencia casi antirromántica, muy ditinta a lo que se suele escuchar. No es fácil decir si me gustó o no, más que nada me sonó rara: parecía 'malgastar' algunos pasajes bellísimos, pero aspectos que suelen ser secundarios pasaron a tomar protagonismo y funcionó bien.

Evidentemente Messiaen es la especialidad de Donohoe y Cantéyodjayâ era la pieza más esperada del concierto. En este caso la interpretación fue mucho más 'canónica': Donohoe estudió con Yvonne Loriod (segunda esposa de Messiaen) y se asemeja mucho a ella en la enorma gama dinámica, precisión y ductilidad rítmica, y riqueza de ataques. Con esta pieza, el concierto se convirtió en una fiesta de colores sonoros ... a pesar de la tenaz resistencia de la iglesia de la Merced.  
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