Reino Unido

Entre guerra y guerra

Agustín Blanco Bazán
miércoles, 26 de marzo de 2008
Londres, miércoles, 5 de marzo de 2008. Royal Festival Hall. Jean-Yves Thibaudet, piano. Orquesta Filarmónica de Londres. Vladimir Jurowski, director. Maurice Ravel, Concierto para la mano izquierda. Dimitri Shostakovich, Sinfonía número 7 ‘Leningrado’.
0,0001581 Esencial a cualquier concierto de Jurowski es la infaltable y coherente interrelación de obras en el programa. Nada extraño, pues, que como preludio a las críticas evocaciones londinenses del comienzo de la guerra en Irak, el moscovita propusiera dos obras que nunca habrían sido escritas sin dos conflictos bélicos que los británicos insisten en seguir rememorando como si hubieran terminado ayer.

En el Concierto de Ravel, la magnifica respuesta de un mutilado a los horrores de la primera guerra fue recreada por Jean-Yves Tibaudet con exaltada brillantez y variedad de color en la prolongada cadenza final, y una incisiva y genialmente introvertida percusión del tiempo de marcha final, gracias a lo cual la premura irresistible del ritmo no impidió la ironía, el jazz y esa tenue sensualidad tan característica de esta partitura. Jurowski abrió la obra con un sutilísimo mezzopiano de contrafagot que puso a prueba la nueva acústica que el director confiesa estar todavía explorando en la recientemente restaurada sala de conciertos. Es ciertamente, una acústica mas brillante que la del Barbican pero que aún no alcanza la clínica nitidez del auditorio de Birmingham o la diafanidad de la Musikverein vienesa, donde este comienzo hubiera sido percibido con mayor fortuna en su premonitoria, casi pesimista, oscuridad. En otros momentos, la orquesta sonó excesivamente fuerte. La expresividad de su acompañamiento balanceó bien con el pianista en el ostinato de la sección final, tan expresivo como respuesta de vida y arte y tan adecuado para introducirnos a otra obsesión, a saber, las doce repeticiones de la marcha del exterminio y el genocidio descrita en la segunda obra del programa.

En una entrevista con Andrew Mellor, Jurowski advierte que para él la Sinfonía Leningrado “es una sinfonía, no un diario”, esto es, una obra a su juicio no solo relacionada con los sufrimientos del pueblo de Leningrado, sino también con un mensaje político y humanista contemporáneo: “En tiempos en que estamos rodeados por tanto sufrimiento, esta es música que puede seguir nutriendo una vitalidad espiritual y emocional que ayude a sobreponerse al sufrimiento y retener el orgullo y la dignidad de los seres humanos”. Exacto. La Leningrado es una colectivización del conjuro a la humanidad representada por Paul Wittgenstein como destinatario del Concierto de Ravel.

La contemporización de la obra de Shostakovich funcionó, creo, a medias. Jurowski insufló a la sinfonía un carácter reflexivo, profundo como meditación orquestal, pero falto de esa desesperación extrema más perceptible cuando se ve a esta sinfonía como …. un diario, el diario de una peculiar circunstancia histórica tan bien evocada en las versiones de Mravinsky o Toscanini, a saber, la de aquella ciudad a punto de morir mientras escuchaba la primera ejecución de esta descriptiva alegoría a su pasado idílico, su presente nihilista y su futuro incierto. Más que una sinfonía, la Leningrado es un poema sinfónico referible a una tragedia concreta.

Con expansivo lirismo balancearon la pastoral del comienzo las cuerdas y maderas, pero la marcha de tambores al nihilista crescendo, si bien magistralmente acentuada, careció de esa premonición anticipatoria de la tragedia que saben darle otros directores, y en los movimientos centrales extrañé extremos solo evocables cuando la orquesta logra ‘gritar’ con colores y acentos que aquí faltaron. En una palabra, en lugar de expresionismo hubo un estoicismo bruckneriano guiado mas por detenimiento en los mas recónditos detalles de ejecución que por esa progresión al pánico que subordina estos detalles a voces dominantes de una pasión verdiana.

Pero aquí se acaban mis objeciones. El Moderato (poco allegretto) del segundo movimiento fue desarrollado con sensible y variado fraseo, y en el adagio del tercero los violines ejecutaron sin pasión pero con perceptiva sensibilidad los pasajes evocativos de un pasado mejor que preceden esos sombríos ostinati de final de un sueño y vuelta a una realidad de tragedia. No hubo frenesí o lujo de colores en el Allegro non troppo pero sí una asertiva progresión a la tonalidad do mayor para culminar con un final donde, por una vez, la orquesta logró ‘gritar’ su arrolladora y angustiante paradoja de compasión, ironía y lacerante afirmación humana.
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