Argentina

Una noche donde reinó el arte

José Mario Carrer (1937-2022)
lunes, 14 de abril de 2008
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Salta, domingo, 6 de abril de 2008. Teatro Provincial de Salta. Ballet de la Provincia de Salta. Director Maestro Leandro Regueiro. Orquesta Sinfónica de Salta. Director Maestro Jorge Lhez. Valeria Albarracín y Miriam Molina (sopranos). Coro de Niños y Jóvenes Ars Nova. Directora Profesora Ana Beatriz Fernández de Briones. Raymonda de Alexander Glazunov con coreografia de Marius Petipa. Sueño de una Noche de Verano de Felix Mendelssohn Bartholdy con coreografía de Oscar Araiz. XXXII Abril Cultural Salteño
0,000172 Es imperioso comenzar este comentario con hechos tan sobresalientes como lo que vino después. El programa de mano fue como pocas veces se ve en Salta, aun con el reiterado error que significa no mencionar en el detalle del Instituto de Música y Danza la labor que la provincia tiene para el desarrollo de orquestas infanto-juveniles ni al responsable de la misma. El crecimiento técnico-artístico del ballet de la provincia justifica por si solo su existencia.

Comprendamos de inicio que estamos en Salta, una ciudad a 1600 kilómetros de Buenos Aires, una ciudad de las llamadas periféricas. Cuando el año pasado se presentó por primera vez el Ballet de la Provincia, abrimos una puerta a la esperanza de contar alguna vez con un grupo de bailarines que satisfaga la necesidad de la danza. Y hoy veo con regocijo que la labor de su director titular Leandro Regueiro, de dilatada labor como bailarín primero, como maestro después, acompañado por la Subdirectora Liliana Ivanoff, también de extensa trayectoria, comienza a dar sus frutos. El cuerpo cuenta con figuras de alto valor y un grupo estable que bien puede inscribirse dentro de los conjuntos de calidad.

Raymonda es uno de los tres trabajos para ballet compuesto por el ruso Alexander Glazunov (1865-1936) que pensó no en un acompañamiento de circunstancia sino en una verdadera apoyatura sinfónica. Está basada en la historia de un príncipe cruzado que en la Francia medieval lucha con un abominable sarraceno por el amor de Raymonda. La obra completa es mucho mas extensa que lo presentado -extractos del primer acto- aunque alcanza para destacar el fenomenal ‘Vals’ con Raymonda (Ludmila Galaverna) y su novio, el caballero Jean De Brienne (Samuel Bianchi de Macedo) y el Cuerpo del Ballet, a lo que se agrega un lírico pas de deux a cargo de los nombrados, ágiles, técnicamente convincentes con el bagaje de escuela soviética que ambos exhiben. Alineados, con giros corporales de elevada elegancia, y si bien no he visto espagats (apertura de piernas de 180º), el resto de saltos, posturas, balances, ritmos, etc. fueron dados con exquisitez.

Luego llegó ese estupendo trabajo coreográfico que hizo Oscar Araiz originalmente para el Ballet del Teatro Colón sobre la música incidental para El sueño de una noche de verano del alemán Felix Mendelssohn (1809-1847), basada en la obra del mismo nombre del inglés Shakespeare. Sin duda fue el asentamiento de una estupenda labor del ballet salteño. La obra esta dividida en cinco actos y cuenta la historia de amores y desamores de dos parejas y un padre que desea que su hija se case con alguien distinto al personaje de la cual esta hija está enamorada. Hasta llega a la amenaza del voto de castidad o la muerte que por supuesto origina la huida de los enamorados hacia el bosque. Otra de las mujeres estaba también enamorada del mismo hombre y hace lo posible para evitar esa unión. Hay un grupo de hadas que tienen su rey y su reina. También hay “elfos”, criaturas que pertenecen a la mitología escandinava y que se dividen entre elfos de la luz, o sea buenos, y elfos de la oscuridad, o sea malos. El principal de ellos se llama Puck y es un personaje central en el argumento que incluso se equivoca en la aplicación de una especie de elixir mágico que no es otra cosa que el jugo de una flor. Todo esto sucede en el lapso de cuatro días, supuestamente en Atenas, y las peculiaridades del ballet son tan fantásticas que hasta incluyen una obra teatral en el momento de casarse las parejas. De todas maneras, al final, todo parece un sueño de los protagonistas.

La obra dura cuarenta y cinco minutos y la idea de Araiz es de tal magnitud que no es posible perder el interés en ningún momento. El ballet fue una muestra de un trabajo estupendamente preparado. No hay errores. Sus movimientos están plenos de vitalidad, romanticismo, picardía, inocencia, fantasía y expresividad. Fabricio Olivieri hace un Puck maravilloso. Roxana Pignata una Luna magnífica. Otra vez Samuel Bianchi de Macedo y Ludmila Galaverna (Oberón y Titania) se lucen con su técnica y su sensibilidad. La herramienta que tiene el coreógrafo para atraer al espectador es el movimiento, una mano, un brazo que rompe la quietud, el recorrido del cuerpo en el espacio. ¿Cual es el límite? La estética. Y hacer que ella despierte lo mejor en los ojos y en la mente de quien observa, es tarea harto difícil. Un giro tiene el límite justo de lo casi imposible. Una caída con los pies en “quinta” no es sencilla de lograr. Pero todo esto nos lleva a la subjetividad de cada uno que a su vez tiene que ver con la historia que el ballet cuenta. La resolución final esta lograda con creces por los Maestros Regueiro e Ivanoff, el primero de los cuales hasta se da el lujo de aparecer como Egeo, padre de Hermia.

En el reino nocturno que propone El suelo de una noche de verano, el notable Coro de Niños y Jóvenes Ars Nova que conduce Betty Briones tuvo dos corales donde se mostró afinado, seguro, con un fraseo y articulación de jerarquía. Me parece que no se podría haber encontrado un grupo vocal mas adecuado para esta presentación. Las sopranos tucumanas Miriam Molina y Valeria Albarracín, antiguas conocidas de nuestro público, aportaron su maestría y sensibilidad vocal. Ellas fueron otro acierto de la producción, como lo fue el vestuario diseñado por Claudia de Peluso y Renata Schussheim para cada obra. Al final, cuando terminado el espectáculo, llegó la aparición de bailarines y cantantes, el público aplaudió largamente a todos poniendo énfasis en las figuras principales. Fue el merecido pago de una labor artística sin reproches.

La orquesta sinfónica respondió brillantemente. Es verdad que la partitura de Mendelssohn, una verdadera obra maestra, refleja maravillosamente el espíritu shakesperiano pero sus pentagramas están plenos de dificultades interpretativas. Sus pasajes pianísimos con figuraciones veloces no son fáciles. Su impresionante ‘Scherzo’, verdadero modelo de composición para quien desea escribir un ritmo similar, fue dicho con precisión y elegancia. La famosísima marcha nupcial mostró la solidez orquestal. Y al último uno de los máximos responsables, el Maestro Jorge Lhez. Vital, vibrante, preciso, detallista, conduciendo magistralmente el grupo sinfónico para que ballet, cantantes y orquesta se complementen adecuadamente. Cuando subió al escenario a saludar, se arrimó a su borde para aplaudir él a sus músicos y éstos, en una actitud poco frecuente, lo aplaudieron con inocultable afecto. Qué decir del público. Todos comprendieron que allí, en esa persona, descansaba un elevado porcentaje del éxito. La ovación que saludó al Maestro fue prolongada, monumental, merecida.
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