España - Madrid

Músicas del Mediterráneo

Juan Krakenberger
viernes, 5 de septiembre de 2008
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Madrid, lunes, 5 de mayo de 2008. Auditorio 400 del MNCARS. Equinox: Angelica Cathariou, mezzosoprano, Cécile Daroux, flautas, Dimitri Vassilakis, piano y Daniel Ciampolini, percusión. Electrónica: LIEM-CDMC.Obras de Pedro Amaral: Aria a Quattro, Joseba Torre: Tiempo de Luces, Luciano Berio La donna ideale y Lied, Luis de Pablo: Dos fragmentos de Kiu, Iannis Xenakis: Psappha y Zyia, Cristóbal Halffter: Elegía de Jenófanes, Jean-Louis Agobet: Spectre y Fabián Panisello: Estudios. Temporada 2007/8 del CDMC. Asistencia: 1ª parte: 80% del aforo, 2ª parte 65% del aforo.
0,0003277 Dos músicos griegos y dos músicos franceses, asistidos por la electrónica del equipo LIEM local, nos brindaron un variado programa de obras de compositores portugueses, españoles, italianos, griegos, franceses y argentino (eso sí, residente en España), bajo el lema Músicas del Mediterráneo. Los cuatro intérpretes – todos reconocidos profesionales con antecedentes curriculares notables – esperaban, aparentemente, la asistencia de los compositores locales, por los gestos luego de la ejecución de algunas de las obras, cuando sonaban los aplausos, pero no, nadie subió al escenario como tantas veces ha ocurrido. Y ciertamente no podía ser por actuación deficiente – los cuatro demostraron su capacidad en todo momento. Pero hubo algo – y resulta difícil puntualizarlo – que no cuajó del todo, y ello provocó una deserción bastante masiva de público en el intermedio, a pesar de una muy cuidada iluminación, con diferentes planos, según el elenco de cada pieza.

Como siempre en este ciclo, las obras y sus autores son comentados prolijamente en el programa de mano, esta vez con texto de Enrique Igoa. La primera obra, Aria a Quattro del portugués Pedro Amaral, dura unos 5 minutos. Se trata de música fluida, sobre el tema de “Salomé”, bien expuesta por la mezzosoprano, sobre un fondo instrumental hábilmente tejido entre flauta, piano y vibráfono. Luego siguió Tiempo de Luces, para flautas (baja y soprano) y electrónica, del bilbaíno Joseba Torre, de unos 10 minutos de duración. Hay varias secciones, separadas por unos silencios, y llamó la atención la excelente sincronización entre la flauta y los efectos electrónicos, bastante variados, desde ruidos sordos a sonidos de gong, llegando a haber hasta un diálogo muy logrado con la flauta. La flautista, además de tocar su partitura, nada sencilla, mantuvo contacto visual con la mesa de la parte electrónica, y el resultado fue muy eficaz.

Luego siguieron dos obras breves de Luciano Berio, una breve canción La donna ideale para mezzo y piano, y Lied, una pieza melódica para flauta, matizada con algunos acentos. Como toda la música de Berio, estas dos obras son muy gratas para el oyente.

Después sonaron dos fragmentos de la ópera Kiu de Luis de Pablo, una Fantasía y Aria, para diversas flautas y piano. La Fantasía, de forma A-B-A tiene la primera y última parte movida, y un interludio delicado. El Aria lo tocan alternativamente dos flautas de diferente tesitura. La ejecución fue excelente, apreciándose nuevamente las cualidades de la flautista Cécile Daroux y el pianista Dimitro Vassilakis.

Terminó la primera parte con la obra más aplaudida: Psappha de Iannis Xenakis, una pieza importante, que dura 12 minutos, originalmente para quince instrumentos, pero adaptada por el percusionista que nos visita, Daniel Ciampolini, para percusión y electrónica, por encargo del IRCAM. No cabe duda que se trata de un auténtico tour de force para el percusionista, y sorprendió además la extraordinaria precisión con que se logró la coordinación con la electrónica. Se advirtió que Ciampolini dominaba la obra por él adaptada, y el final fue realmente espectacular. Sonoros aplausos premiaron la labor del ejecutante, y de su colaborador a cargo de la electrónica. .

Después del intermedio, la Elegía de Jenófanes de Cristóbal Halffter, en homenaje a la buena mesa, vinos incluidos. Los dos músicos griegos, la mezzo y el pianista, se compenetraron perfectamente en esta música, cantada en griego, con algunos momentos de gran dramatismo. El programa de mano incluía una traducción del texto al español, pero no fue fácil seguirlo. La versión, plenamente convincente.

Siguió Spectre del compositor francés (Niza) Jean-Louis Agobet, obra de encargo de los dos ejecutantes de flauta y percusión. Explora las posibilidades de la flauta baja, que es acompañada principalmente por la caja, con algunos adornos ocasionales de pequeños címbalos. La flautista demostró nuevamente su dominio.

Luego vino una obra para piano solo, uno de los Estudios de Fabián Panisello, que dura unos 4 minutos. Basado en la escala cromática (como elemento técnico) explora sus posibilidades, primero subiendo desde los bajos con la mano izquierda, y luego con variantes, pasando a la mano derecha, y bajando. La otra mano teje unas filigranas que dan mucho sabor al conjunto, porque las escalas se perciben más bien como un color y no como algo académico. Vassilakis nos brindó una versión de pleno dominio.

Y para terminar, otra obra de Xenakis, a saber, Zyia para flauta, mezzo, piano y percusión, y que dura algo más de 10 minutos. Hay unos unísonos, bastante complicados, que sonaron muy, muy bien – dando color a esta música. Otro pasaje importante, para flauta y piano, sonó igualmente con gran calidad. Las intervenciones de la voz se limitan a breves pasajes, y la percusión es nuevamente centrada sobre el vibráfono. Hacia el final, las cosas empiezan a moverse, y el final es de efecto muy atractivo.

Concierto de excelente calidad, que – como ya dije – pecó tal vez por lo reducido del elenco lo que probablemente no hizo posible una mayor variedad de sonoridades o contrastes, y eso lo apercibió el público. A pesar de todo, la calidad del ciclo sigue en cuotas muy altas, y no todas las músicas o combinaciones instrumentales satisfacen al público. Analizar esto es fascinante – a ver, si descubro qué es lo que le gusta a la gente y lo que no.
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