Discos

Oda a la libertad

Paco Yáñez
viernes, 6 de junio de 2008
Mauricio Kagel: Rrrrrrr...; Ludwig van; Der Eid des Hippokrates; Unguis incarnatus est; MM51. François le Roux, barítono. Alexandre Tharaud y Eric Le Sage, pianos. Philippe Bernold, flauta. Ronald van Spaendonck, clarinete. Hervé Joulain, trompa. Jean-Guihen Queyras, violonchelo. Marc Marder, contrabajo. Choeur Rémusat. Marie Séité, producción. Cécile Lenoir, ingeniera de sonido. Un CD DDD de 55:35 minutos de duración grabado en el Espace de Projection del IRCAM de París, en diciembre de 2002. Aeon AECD 0311. Distribuidor en España: Harmonia Mundi
0,0002148 Si a día de hoy me preguntaran por un compositor del cual sería incapaz de predecir la estética, concepto o sentido de su próxima obra, creo que sin dudarlo un instante contestaría Mauricio Kagel. Tal es la libertad creativa de este iconoclasta nacido en Buenos Aires en 1931, que en las últimas décadas no ha dejado de sorprendernos con cada pieza que ha sacado de la chistera de su mágica concepción del arte y de la música; una chistera en la que conviven todos aquellos ingredientes que han conformado una personalidad compleja y una música a la par sugerente y desconcertante. En la obra del argentino se dan cita el romanticismo centroeuropeo de pura cepa, la canción popular, el teatro experimental, los recursos más extremos de la avantgarde, toda suerte de lenguajes de la posmodernidad, etc, etc, etc., en una personal y curiosa armonía.

El CD del sello Aeon que presentamos hoy es una buena muestra de todo ello, con un recorrido por 16 años de la obra de Kagel en un periodo en el que el bonaerense se había desmarcado ya plenamente del entorno de Darmstadt, predicando una libertad y una amplitud de miras que son parte de su credo personal hasta hoy; aún a riesgo de recibir no pocos golpes de aquellos que lo saludaron con gozo en sus años más experimentales.

Rrrrrrr... (1980-81) dialoga abiertamente con el pasado y con la semántica infinita de la música, entre una suerte de nostalgia que lo inunda todo y una fina curiosidad por rescribir ciertos términos musicales, en el estilo en que lo harían los antiguos enciclopedistas -destacadamente Diderot- en los que se inspira esta pieza, que toma 41 palabras que comienzan por la letra R sobre las que Kagel compone una breve definición musical. En este disco encontramos: ‘Ragtime-Waltz’, ‘Rondeña’, ‘Rosalie’, ‘Rossignols enrhumés’ y ‘Râga’. Sus títulos nos hablan de música con influencias afr-americanas, españolas, hindúes, etc. Todo ello lo desgrana Kagel en estas versiones para piano solo y piano a cuatro manos con una pizca de humor y un sentido del ritmo y de la construcción fascinantes, en su compleja multiplicidad cruzada de referencias.

La música de la pieza Ludwig van (1969) está compuesta para el film homónimo del propio Kagel, concebido como un homenaje al genio de Bonn. En ella encontramos la cita de forma recurrente, básicamente provenientes de temas de las sonatas para piano, instrumento que lidera al ensemble; unas citas incrustadas en un todo que recrea una suerte de medio ambiente, de escenario que sería el cotidiano de Beethoven, con sus sonidos que van y vienen, con sus ecos casi inaudibles, con voces musicales interiores y un continuum vocal que reaparece en distintas fases de la obra y en el que se mezclan el parlato con el murmullo, el canto con la declamación; para acabar afirmándose con la Oda a la Alegría de Schiller en la voz del barítono, toda una declaración de libertad que bien podría ser asumida por el propio Kagel a día de hoy como ‘marca de fábrica’.

Rizando el rizo que Ravel rizara en su día con su Concierto para la mano izquierda, Kagel compone su pieza Der Eid des Hippokrates (1984) para tres manos izquierdas, que despliegan sobre el teclado todo un tratado de piano percutido en el que este instrumento se convierte en una auténtica caja de resonancias al estilo de buena parte de las vanguardias experimentales. Es una obra de fina ironía y sarcasmo, en la que Kagel parece decirnos que él también podría, con obras como ésta y si lo deseara, entonar su juramento de ‘buen vanguardista’, mediante el uso de las técnicas extendidas tan de moda en la avantgarde de la posguerra, y de la cual no olvidemos Kagel fue verdadero enfant terrible en su momento. El resultado es, en todo caso, muy atractivo por su fisicidad y cuidada atención al sonido y su reverberación en la caja del piano.

Conocía Unguis incarnatus est (1972) en su versión para violonchelo y piano -inolvidables Palm y Kontasky en esta obra-, pero no en esta interesante interpretación para contrabajo y piano, en la que se acentúa el carácter siniestro y oscuro de la obra, a la par que ataques muy lisztianos -recordemos que la base de la pieza es Nuages gris, del compositor húngaro-, así como un crescendo final muy incisivo. Kagel la concibió para piano y un instrumento de tonalidad grave, por lo cual las combinaciones son amplísimas. Fascinado por el Liszt final y su concentración tonal de gran expresividad, Kagel utiliza recurrentemente las primeras notas de Nuages gris muy entrecortadas, comentadas por el contrabajo y apuntaladas rítmicamente por percusiones periódicas en el pedal del piano, hasta ese grito final de ambos intérpretes en el que uno de ellos dice ‘Liszt’ y el otro ‘tzsiL’ (=Ziel, final); en la línea de otras obras con performance por parte de los músicos, como su fascinante Match, de 1964, para dos chelos y percusión.

MM 51 (1976) está escrita, como la obra anterior, para piano y otro instrumento; en el caso de esta versión de Tharaud para piano y metrónomo. Según Jean-Noël von der Weid, es música de un dinamismo inagotable asociada al cine y a sus estereotipos musicales, que se suceden en la obra como los clichés fílmicos en las pantallas de las salas de cine. El piano parece luchar contra la medida implacable del metrónomo y se libera precisamente en su ausencia, con frases de fonéticos y carcajadas ostentosas, que desencadenan un final protagonizado por un gemido agonizante del pianista.

Por lo que a las interpretaciones se refiere, éstas son realmente destacables, como da buena muestra la cantidad de premios y menciones que este CD ha cosechado desde su lanzamiento al mercado. El protagonista principal es el pianista Alexandre Tharaud, presente en todas estas obras con su magnífico idiomatismo kageliano, encontrando un fino sentido del humor entre la ironía y el sarcasmo que cuadra muy bien con buena parte de las obras, además de mostrarse sobresaliente técnicamente. Junto a él, nos encontramos a una serie de instrumentistas de lo más destacado, como al chelista Jean-Guihen Queyras, y voces tan adecuadas a este repertorio como la del barítono François Le Roux o las del coro Rémusat, excelentes en sus intervenciones en Ludwig van.

Las tomas sonoras son muy buenas, como es habitual en Aeon, y un cuidadísimo libreto con interesantes textos y fotografías completan este fantástico disco de Mauricio Kagel en un sello que debemos seguir con atención por la enorme proyección de su catálogo.

Este disco ha sido enviado para su recensión por Aeon.
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