Alemania

Una felicidad opresiva

José Luis Ruano
viernes, 27 de junio de 2008
Frankfurt, viernes, 6 de junio de 2008. Oper Frankfurt. Fidelio, ópera en dos actos, música de Ludwig van Beethoven. Libreto de Josef Ferdinand Sonnleithner, Stephan von Breuning und Georg Friedrich Treitschke, estrenada el 23 Mayo de 1814 en el Kärntnertortheater en Viena. Dirección escénica y decorados: Alex Harb. Concepción teatral: Christina Paulhofer. Vestuarios: Henrike Bromber. Coreografía: Tom Roser. Dramaturgia: Norbert Abels. Iluminación: Olaf Winter. Elenco vocal: Franz Mayer (Don Fernando), Johannes Martín Kränzle (Don Pizarro), Michael König (Florestán), Erika Sunnegardh (Leonore), James Creswell (Rocco), Britta Stallmeister (Marzelline), Jussi Myllys (Jaquino), Cheol-Geun Ko (primer prisionero), Sungkon Kim (segundo prisionero). Coro y comparsas del teatro de la Oper Frankfurt (maestro de coros: Alessandro Zuppardo). Frankfurter Museumsorchester. Dirección musical: Paolo Carignani
0,0002559 El final de escena lo quiere decir todo, felicidad conyugal opresiva confinada al recinto de la casa familiar que desciende de lo alto, mirada del coro hacia el fondo de la escena sumergido en la radiante luz del astro solar. Un mejor mañana espera a la humanidad, este es el elemento vagamente utópico con el que concluye un Fidelio urbanizado. Un final que engaña y que pone muy en cuestión el propósito legítimo de que en toda sociedad sus individuos tienen el derecho a la realización personal. Ahora en este Fidelio el conjunto de individuos que componen la sociedad viven en una prisión libremente elegida. Imagine uno que en la escena de los prisioneros se hace pasear a jóvenes, niños y mayores de civil. Con ello no hay mayores sorpresas que esperar de este Fidelio, última premiére de la temporada con la que Paolo Carignani se despide de su público como Generalmusikdirektor del teatro a orillas del Meno.

El tema de fondo de todo enfoque conceptual mal entendido en teatro es que a fin de cuentas hay que llenar de vida la acción y personajes. En el mayor de los casos se dejan validar mal las premisas de unas conclusiones socio-éticas a través del soporte teatral; cuando en realidad de lo que se trata es de hacer revivir el drama humano. Por ello la régie de Alex Harb no dejó traslucir el heroísmo conmovedor de una Leonore, ni tampoco la viva angustia de Florestán. Un Fidelio pues sin clímax o momentos de fuerza dramática. Así que se reprodujo la propiamente típica situación en donde la fuerza musical no es secundada a la misma altura por la acción teatral. Nota obligada para el lector es que Christina Paulhofer por enfermedad no pudo continuar su labor de regia que tuvo que interrumpir después de una semana de pruebas, pasando la difícil labor a Alex Harb.



Michael König (Florestan), Erika Sunnegårdh (Leonore), Franz Mayer (Don Fernando) y coro
Gentileza de la Ópera de Frankfurt

La escena, una solitaria y desolada estación de metro bañada en amarillo de techos de hormigón permanece estática en los dos actos. Algunos juegos de luz proporcionan alguna que otra intimidad al cuarteto y alguna que otra aria. Florestán desde el comienzo reposa sobre un banco de estación, unas veces tumbado, otras sentado, aislado en su solipsismo urbano. Pocos mayores detalles que añadir, que naturalmente no estorban al espectador percatado. Pero la perplejidad general aumenta cuando dramáticamente no hay nada más que ofrecer que el panorama anónimo suburbano.

El triunfo se lo lleva Carignani, y muy merecidamente si se piensa en su continuada y esmerada labor desde 1999. Musicalmente estamos ante un Fidelio de verdadera categoría: tanto la orquesta, como el elenco y los coros. Si pensamos por ejemplo en la fulminante interpretación de Erika Sunnegardh; una soprano dramática de altura de las que pocas se oyen hoy en día: En fin, una de esas voces que parecen predestinadas a cantar todo el fach dramático alemán. Seguro estoy que el público barcelonés se percató de ella en la ‘Senta’ que canto en el Liceu. Su “Komm, Hoffnung, lass den letzten Stern…” y el desgarrador grito que con el que comenzó el recitativo fueron conmovedores. La impresión canora es de envergadura, pero también su talento teatral es resolutivo.



Erika Sunnegårdh (Leonore), Michael König (Florestan), y miembros del coro
Gentileza de la Ópera de Frankfurt

El Rocco de James Creswell es de altura, con una voz segura, sonora y robusta. A su lado la Marzelline de Britta Stallemister se combinó afortunadamente así como también la fresca voz varonil del Jussi Myllys como Jaquino. Un coro perfectamente dispuesto a darlo todo y una orquesta que ha trabajado sin reservas para Carignani.

Y ya uno sabe que cuando la régie no ata todos lo cabos, son los cantantes los que caen en sus manías y acostumbrados tics. Así le pasó a un Johannes Martin Kränzle que desempeñando una labor musical de mérito, pero con un carácter dramático nada pronunciado ni contundente. Salida a burladeros en el último cuadro escénico, otra deficiencia de una régie que no sabe cómo sacar inspiración de sus arriesgados planteamientos. En fin que la dimensión dramática, y Fidelio es una pieza especialmente desarrollada en este aspecto, quedó deficiente por todos los ángulos. Habíamos esperado mucho más de un Fidelio presentado como el ‘finale furioso’ de la temporada, y que lo fue, como dije, sólo musicalmente.
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