Austria

La grandeza de las no-estrellas

Jesús Orte
lunes, 8 de septiembre de 2008
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Salzburgo, martes, 19 de agosto de 2008. Grosses Festspielhaus. Mitsuko Uchida, piano. Orquesta Sinfónica de Cleveland. Director, Franz Welser-Most. Antonin Dvorak: Sinfonia nº 9 “del Nuevo Mundo”. Bela Bartok: Concierto para piano nº 3. Alban Berg: Tres piezas para orquesta op. 6. Festival de Salzburgo 2008
0,000156 Por alguna razón inextricable, Franz Welser-Most continua siendo, todavía hoy, una figura B de la dirección orquestal internacional. Ni sus aplaudidos cinco años al frente de la Sinfónica de Cleveland -que acaban de prorrogarse con otros diez más hasta 2018- ni su ejemplar labor como director principal y luego máximo responsable artístico de la Opera de Zúrich, ni tan siquiera su reciente elección como nuevo director artístico de la Opera Estatal de Viena parecen haber conseguido sacudirle su eterno sambenito de batuta segura, eficiente y, por extensión, un tanto gris.

Lo escuchado en la Grosses Festspielhaus el pasado día 19, sin embargo, lleva a cuestionarse de inmediato lo artificioso y arbitrario que es el mundo del show-bussiness. Pongamos una orquesta como la de Cleveland, prototipo de orquesta americana a la vieja usanza: segura, precisa, versátil y admirablemente equilibrada entre secciones. La cuerda no tiene el terciopelo de, pongamos, la Filarmonica de Viena, pero a su sonido no le falta cuerpo ni garra. El metal no posee un brillo deslumbrante, pero puede presumir de un empaste estupendo, y además no falla casi nunca. En cuanto a las maderas, esconden solistas con un gusto tan exquisito como los que más.

Ahora, añadan a este instrumento tan bien engrasado, un pensamiento musical directo, natural y exento de todo artificio; una solvencia técnica implacable a la hora desgranar cualquier dificultad de concertación; y un gesto de claridad meridiana. El resultado es música fresca, brillante, enérgica y escandalosamente bien tocada. Vamos, una maravilla de esas que al final le dejan a uno varios minutos con cara de tonto.

Así ocurrió con una Novena de Dvorak que Welser-Most entiende como una obra ágil y vibrante, de fulminantes tempi en los movimientos primero, tercero y cuarto, a los que se añade un fluido y nada moroso 'Lento' central. El enfoque le viene que ni pintado a la partitura para sacudirle el polvo de tantas interpretaciones rutinarias. Y de paso, deja detalles tan reveladores como la naturalidad de esa dificilísima transición de tempi entre los dos temas principales del cuarto movimiento.



Momento del concierto
Cortesía del Festival de Salzburgo


En el Concierto para piano nº 3 de Bartok el protagonismo recayó, como era de esperar, en Mitsuko Uchida. De ella podría hacerse una reflexión parecida a la de Welser-Most, si no fuera porque a Uchida, a sus 60 años, ya no le queda literalmente nada por demostrar. Ella también arrastra su etiqueta, a saber, la de pianista japonesa ultra-técnica devenida a excéntrica. Y puede que alguno, a la vista de sus excesos gestuales, hasta se lo crea. Por suerte, basta un poco de oído para comprobar que lo que hay sobre el escenario es una artista de dimensiones superlativas. Técnicamente inatacable, musicalmente agudísima, y poseedora de una paleta de recursos tímbricos capaz de convertir el ‘Adagio religioso’ en una experiencia cuasi mística.

El concierto concluía con las Tres piezas para orquesta Op. 6 de Alban Berg. Solía decir Simon Rattle que el peor favor que se le puede hacer a la musica moderna de cara al público es tocarla mal. Se esté de acuerdo o no, sería difícil que ni Rattle ni nadie pudieran ponerle pegas a esta interpretación. Por precisión y, sobre todo, por convicción. Desde los misteriosos compases iniciales del ‘Preludio’ al salvaje clímax de la ‘Marcha’, pasando por esa suerte de vals transfigurado que viene a ser ‘Reigen’ (Rondas), los pentagramas de Berg sonaron siempre elocuentes, desgarrados y perturbadores. El público, que aplaudió y pataleó con vehemencia al final de todas las obras, acabo no queriéndose ir. Y eso, para una audiencia tan aristocrática como la salzburguesa, ya es decir.
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