Francia

Rusos y europeos

Jorge Binaghi
miércoles, 10 de septiembre de 2008
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Montpellier, miércoles, 30 de julio de 2008. Opéra Berlioz. Concierto sinfónico-vocal. Igor Stravinsky, Pulcinella. (1919-20, revisión del autor de 1965). Serguei Prokofiev, Romeo y Julieta (extractos de las suite op.64 sobre el ballet homónimo, 30 de diciembre de 1938, Brno, escogidos por Daniele Gatti). Solistas: Kate Aldrich (mezzo), Saimir Pirgu (tenor) y Lorenzo Regazzo (bajo). Orquesta Nacional de Francia. Director: Daniele Gatti
0,0003514 Este es el programa menos ‘vocal’ y más ‘sinfónico’ de los que he visto este año en Montpellier. La orquesta ‘número uno’ del país galo, y su director titular (que realizaba saltos mortales entre Montpellier y Bayreuth, donde dirige en estos momentos Parsifal). Está bien elegir un programa coherente por nacionalidad de autores, por tipo de obra (ambos nacieron, de forma y en condiciones diversas, para el teatro; ambos fueron muy apreciados por sus autores que trabajaron mucho sobre ellos.

En este concierto pudimos oir -una rareza frente a tanto ‘primera versión’ o ‘versión original’- la reelaboración que de Pulcinella hizo Stravinski). Y que además sean tan diferentes pese a ser rusos ambos. Uno, más europeo y en su momento más ‘clásico’, reelaborando música de Pergolesi (siempre a su manera, dejando inconclusos los fragmentos cantados, por ejemplo); el otro, aclamado también en Europa y los Estados Unidos -aunque casi termina por error naviero en Sudamérica- regresado voluntariamente a su país, tratando de conjugar ‘sus’ mundos y sus raíces, aunque eso le haya costado la salud y, en definitiva, la vida. Porque uno puede resistir y denunciar como el ayer -cuando escribo esto- fallecido Alexander Solyenitsin, y otros quebrarse por dolor y disgusto (y morirse para colmo el mismo día que el dictador que -indirectamente quizá- le destrozó la vida).

Gatti y la orquesta no tienen (ni tienen por qué) el mismo enfoque ni el mismo sonido que un Gergiev, un Mravinski, o la Orquesta de Leningrado (perdón del Kirov, perdón del Mariinski). Ni siquiera la de alguna europea cuando la dirige un ruso y en particular el gran Valeri. La orquesta presenta un color mate, una elegancia innata y el director valoriza estos elementos. No hay ‘aristas’, ‘agresividad’, ‘aspereza’…. ni tampoco un brillo a veces enceguecedor. Tal vez sean versiones más ‘educadas’, lo que sienta especialmente bien a Pulcinella, que, aunque escrito y visto por un ruso (y se nota), no deja de ser una evocación o recreación de ciertas músicas, vocales incluso, del mundo solar y nostálgico de Pergolesi y otros de su esfera (el célebre Parisotti, por ejemplo).

Tal vez en Prokofiev este enfoque sirva más a los grandes momentos líricos o las efusiones juveniles (‘Julieta’, ‘Madrigal’, ‘Minuet’) y menos a los momentos más ‘duros’ (pero la famosa, con justicia, muerte de Tebaldo no deja por eso de hacer su efecto, como el final de la suite -el número 7 de la número 2, ‘Romeo ante la tumba de Julieta’, con ese delicado y abrumador final-). La ‘versión’ de Gatti significa que ha elegido los números en el orden que refleja la cronología o su aparición en el drama shakesperiano…Y los metales y la percusión no son débiles en absoluto (si acaso, algo más ‘sordos’ que sus pares rusos o incluso norteamericanos).

En la primera parte se contó con tres solistas, como pensó el autor su ballet, con canciones, aunque no representen necesariamente cada una a uno y el mismo personaje. Si se lee (como se debe) que es para soprano, tenor y bajo, uno no puede menos que preguntarse si no había alguna soprano libre que pudiera hacerlo. No porque Aldrich sea una mala cantante, ni mucho menos. Al contrario, se trata de una verdadera mezzo (no pretende realizar esas proezas, reales o supuestas, de algunas colegas que aparentemente pueden con los dos registros, y de paso, de soprano assoluta a contralto…Ya se sabe que en el fondo se tratan de voces ambiguas, indefinidas, en general demasiado claras para ser mezzos y de un agudo no demasiado extenso ni resistente como para afrontar el repertorio de soprano). Pero por eso mismo su color más bien oscuro (alabado sea el Señor, una mezzo que tiene voz de mezzo) a veces no se adapta bien a música e intención, y aunque no se le exige mucho al agudo, hay cierta tirantez y sobre todo una falta de luminosidad (que afecta sobre todo a ‘Se tu m’ami’. Cualquiera que haya escuchado a Victoria de los Ángeles en cualquier momento de su carrera cantar este fragmento entenderá qué quiero decir. Quien no, más vale que corra a escucharlo).

Pirgu es un excelente elemento: no lo había escuchado nunca hasta ahora personalmente. Musical, de buen gusto, educado (oh, un tenor que es todo eso, que no se pavonea ni parece sufrir de convulsiones, que sabe emitir sonidos filados, respira bien), no tiene un gran volumen (que no hace falta en este caso y al que seguramente semejante sala enorme no lo favorece) pero ya frasea con intención. El timbre no es demasiado personal, pero es grato y jamás intenta convertirse en lo que no es (otra característica que hoy hay que señalar particularmente en una cuerda donde casi cualquier ‘Lindoro’ después de dos años quiere ser ‘Otello’ de Rossini, luego sueña con ‘Don José’ y piensa ya en ‘Manrico’, ‘Alvaro’ y ‘Radamés’, con los resultados que se sabe).

En cuanto a Regazzo, no es la primera vez que me ocupo de él: un excelente bajo bufo (pero no sólo), desenvuelto en actitud y canto, aplomado, de timbre más que interesante y de técnica y estilo -sin duda era el que estaba más en su elemento- admirables.

No hubo ningún ‘bis’, ni falta que nos hacía. ¿Un concierto inolvidable? No me parece. ¿Un gran concierto? Puede. En todo caso, un excelente concierto como los que debería ser frecuentísimo (si no normal) oír sin esperar a un Festival.
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