España - Euskadi

Broche de oro para el Homenaje a Faustina Bordoni

Ainhoa Uria
martes, 21 de octubre de 2008
Bilbao, sábado, 11 de octubre de 2008. Teatro Arriaga. Homenaje a Faustina Bordoni. Repertorio inédito. Estreno en Euskadi. Soprano: María Bayo. Orquesta: Academia Montis Regalis. Director: Alessandro de Marchí. Producción del Teatro Arriaga y la Fundación Bilbao 700. Aforo: 1500. Asistencia: 1200
0,0002318 Nunca sabremos qué se sintió en aquella época llamada Barroco, para dar a luz tanto arte. La sociedad europea, después de gestarse en la Baja Edad Media, y nacer y crecer exponencialmente en el Renacimiento, llego a un punto en el que se creyó grande, pudiendo experimentar a su antojo con las ciencias, el teatro, la música, la filosofía…todo lo que en la Alta Edad Media, en medio de su oscurantismo, parecía peligroso para la fe del cristianismo.

Barroco, en el que el latido de las personas, cada vez más acelerado por el ritmo de las ciudades, acompasaba ese eterno bajo continuo con su clave y su violonchelo, incansables, como los cimientos de una gran catedral.

Barroco, época en la que Faustina Bordoni cantaba sin parar Cleofide, su ópera favorita, compuesta por su marido Johann Adolf Hasse.

Y Barroco, también, el muy aplaudido homenaje a la máxima exponente del stile brillante que le brindaron María Bayo y la Academia Montis Regalis dirigida por Alessandro de Marchí. Homenaje que no hizo sino repetir el que le hicieron los compositores interpretados en el recital cuando compusieron sus obras para ella.

El recital intercalaba arias y sinfonías, y se inició con un aria de la ópera Ariodante de Carlo Pollarolo en la que Bayo nos descubrió un registro expresivo y modulante genial. En su segunda aria, ‘Dammi un guardo, o caro sposo’ de la misma ópera en la que invoca una mirada a su enamorado, la interpreta fina pero enérgicamente. Lucio Papirio Dittatore, la siguiente aria, correspondiente al hijo de Carlo Pollarolo, Antonio, fue un alarde de intimismo contagiado por todos los músicos con un cambio de ritmo binario a ternario que hizo cambiar el color de doloroso a apelativo.

Tanto para finalizar la primera parte como para iniciar la segunda, la elección fue acertadísima; el maestro Haendel. Una inoportuna tos desconcentró a Bayo y le hizo desafinar en una cadencia con su consiguiente disgusto, y el del público, puesto que se trataba del momento culminante y perfectamente interpretado del aria de la ópera Alessandro, ‘Dica il falso, dica il vero’. Con fuerzas renovadas se inicia la segunda parte en la que cabe destacar el maravilloso empaste de la orquesta. En la sinfonía de la ópera Siroe, las anacrusas de la fuga quedaron muy expresivas.

Y no podían faltar en este recital unas notas de Cleofide, tan querida por Bordoni y diferente al resto del programa; por momentos se podía intuir el incipiente color del Clasicismo. El final, ‘Benché l´augel s´asconda’ de la ópera Ciro riconosciuto fue absolutamente espectacular; lo que Aristóteles llamaba “experiencia estética”. El brillo del los agudos de María Bayo denotaba el suave pero implacable cambio de época en la que las sopranos tendrían que subir hasta las alturas.

María Bayo hizo un largo recital de dos horas y cuarto que para nada se hizo pesado sino todo lo contrario; se palpaba la concentración del público en todo momento. Tuvo algún que otro problema con la administración del aire en el fraseo pero hay que tener en cuenta que ella es soprano y Faustina Bordoni mezzo-soprano aunque lírica, por lo que hay que entender que tuviera mucho más color en los agudos que en las coloraturas del registro medio, a las que, por momentos, les faltaba brillo. Buen tratamiento y cuidado en los finales a los que dedicaba especial atención, aunque hubo unos pocos que quedaron calantes debido a la duración del concierto y del cansancio de la soprano, que se esmeró en todo lo posible por deleitarnos con un recital difícil de interpretar y técnicamente agotador. Sin duda lo consiguió.

En cuanto a la agrupación instrumental, durante todo el recital, entabló un enérgico y frenético diálogo. La cohesión entre todos los instrumentistas era fantástica aunque se echó de menos algo más de expresividad, cosa que hizo que diera sensación de timidez en muchos momentos. Los solistas interpretaron bien sus papeles y hay que destacar la actuación del violinista solista Alessandro Tampieri, que tuvo momentos muy brillantes. Las flautas tocaron en momentos muy puntuales pero cuando lo hicieron destacaron por encima de la agrupación, que armada con dos claves, dos violoncellos barrocos y dos fagotes como bajo continuo, nos llevaron de vuelta al siglo XVIII

En cuanto al director Alessandro de Marchí, desplegaba tanta magia que se podría haber oído el concierto entero solamente mirando los gestos con profundo conocimiento que realizaba para dirigirse a la orquesta, que en cambio, no le siguió en delicadezas de filigrana. Maestría absoluta ya que era uno de los clavecinistas y estuvo tocando con ductilidad y flexibilidad durante todo el recital mientras dirigía.

La propina contó con dos bises de ‘Lascia chio Pianga’ que Bayo ya advirtió que conoceríamos.
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