Francia

Maga a la francesa

Jorge Binaghi
viernes, 24 de octubre de 2008
William Christie © Teatros del Canal William Christie © Teatros del Canal
París, domingo, 12 de octubre de 2008. Théatre des Champs-Elysées. Armide, París, Académie Royale de Musique, 15 de febrero de 1686. Libreto de Philippe Quinault y música de Jean-Baptiste Lully. Puesta en escena: Robert Carsen. Escenografía y vestuario: Gideon Davey. Coreografía: Jean-Claude Gallotta. Iluminación: Peter van Praet y Robert Carsen. Intérpretes: Claire Debono (La Gloire, Phénice, Lucinde), Isabelle Druet (La Sagesse, Sidonie, Mélisse), Stéphanie d’Oustrac (Armide), Nathan Berg (Hidraot), Marc Mauillon (Aronte, Ubalde), Marc Callahan (Artémidore), Paul Agnew (Renaud), Laurent Naouri (La Haine), Andrew Tortise (Le chevalier danois), Anders J. Dahlin (Un amant fortuné). Coro y orquesta de Les Arts Florissants. Director: William Christie
0,0002028 Dos horas y media simétricamente repartidas en dos partes. Undécima y última creación lírica del compositor naturalizado francés y en tren de perder los favores del monarca (si éste eligió el tema y al estreno asistió el Gran Delfín, el monarca nunca manifestó interés por la obra -cosa que afectó al autor- que de ese modo nunca logró ser presentada en la corte). La temporada comenzó tan bien como terminó en este Teatro, cuyo actual director pasará próximamente a regir los destinos de la Staatsoper vienesa (y hay que decir que lo que se promete -y se mantiene en general- no sólo en el género lírico es de cortar el aliento).

Fue una forma también de celebrar el retorno de Christie y su conjunto a la producción lírica escenificada de un autor que veintiún años atrás, cuando se repuso en la Opéra Comique el Atys, parecía destinado, si no al olvido, sí a un bostezo más o menos elegante y una atención distraída. Yo había visto esta misma Armide en Amberes, allá por 1992-93, y si me había hecho buena impresión, no se puede comparar (a veces el paso del tiempo no deteriora, sino lo contrario) con el efecto de esta vez. Sin duda tendrá que ver la interpretación y la producción, pero también lo es que estamos más acostumbrados al barroco, y sobre todo a lo que no sea sólo barroco italiano o alemán. No en vano este tema volvió a llamar la atención de Gluck (que utilizó el mismo libreto).

La música es variada, elegante, y diametralmente opuesta no sólo a Gluck sino, por ejemplo, a lo que escribiría para otra maga ‘equivalente’, Alcina, el inmenso Haendel (curiosamente, la gran versión de esa otra obra maestra en París que el disco -pero no la imagen, lamentablemente- ha inmortalizado se debió también a Christie). Los cantantes aquí tienen ‘menos’ exigencias vocales que en Haendel, pero no por eso dejan de tener que saber cantar, decir, actuar y dentro de la empinada cualidad general del elenco caben las distinciones.

La protagonista ha hecho pasos de gigante desde sus primeras representaciones, y ahora presenta una voz de enjundia, muy pareja y si siempre ha sido una artista interesante, su ‘Armide’ fue un prodigio de expresividad y de claridad de la articulación. Lo mismo, con una voz ya algo fija y no siempre timbrada, puede decirse de su ‘Renaud’, Paul Agnew.

Laurent Naouri estuvo bien como ‘el odio’, pero no sonó tan convincente en lo vocal como otras veces (en lo escénico, el vestirlo, junto con coro y bailarines, con los mismos colores y ropas que la maga, fue más bien contraproducente y uno de los pocos detalles que impide considerar éste como uno de los trabajos más logrados de Carsen).

En los otros casos, sin que nadie descendiera de un buen nivel, merecen destacarse las actuaciones de Isabelle Druet (a la que su exceso de expresividad aquí le conviene, al mismo tiempo que la ayuda a frenarse un poco en gestos), Andrew Tortise y Anders Dahlin, sin olvidar al simpático Marc Mauillon.

De Christie y su orquesta (y el coro) no se puede decir mucho nuevo ni mejor. Sir William está cada vez más joven de aspecto y de espíritu, sus músicos lo adoran cada vez más y se lanzan con un brío que quisiera ver yo siempre en las orquestas -barrocas o no-, los solistas se sienten cómodos y el coro fue además gran intérprete.

Los bailarines (del Centro Coreográfico Nacional de Grénoble) tuvieron mucho y bueno que hacer, sin parecer ‘pegoteados’ a la acción dramática, sino integrados en la misma, exactamente como debe ser en una composición de esta época.

En cuanto a la puesta en escena de Carsen fue en general de gran calidad, más bien ‘abstracta’ con unas luces y toques de color notables, pero el final -junto con el momento antes mencionado- me merece reparo. No sólo el director de escena parece tener una obsesión con que las hechiceras abandonadas se suiciden (en contra del libreto), sino que el final, que se supone es la destrucción y desaparición del palacio de ‘Armida’, se convierte en una visita turística guiada en tiempos actuales (en la que algunos de los personajes son turistas y otros guías). Si las irrupciones en platea y localidades altas del coro al principio y durante la ópera son factores ‘distanciadores’ interesantes, este final ‘sobre el escenario’ me parece francamente equivocado. Pero, aunque eso impida ponerle un ‘sobresaliente’, se trata del mejor Carsen en general, de un espectáculo completo y, sobre todo, de una música original y exquisita aunque no sea la que nos quede más cerca del corazón.
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