España - Madrid

Despedida del Octeto Ibérico de Violonchelos

Juan Krakenberger
lunes, 1 de diciembre de 2008
Madrid, lunes, 24 de noviembre de 2008. Auditorio 400 del MNCARS. Octeto Ibérico de Violonchelos. Cellistas: Robert Putowski, Wijnand Hulst, Mariette Freijzer, Lucie Stepanova, Sanne Bijker, Oihana Aristizabal, Claire Bleumer y Rares Mihailescu. Director: Elías Arizcuren. Obras de Jonathan Harvey, Mauricio Kagel, Sofía Gubaidulina y Luis de Pablo. Temporada 2008-09 del CDMC. Aforo: 95%
0,0003673 Con un interesante y variado programa, el maestro Elias Arizcuren se despide del público que durante muchos años ha seguido su actividad frente a este soberbio conjunto formado por ocho violoncellistas, de diferente origen, con sede en Amsterdam, Holanda. Tenemos entendido que el Octeto seguirá con su actividad, sin él, bajo la guía del primer violoncellista Robert Putowski, lo que viene a confirmar el buen trabajo que se ha hecho hasta ahora, a escala internacional, con muchos premios ganados, discos grabados y colaboraciones al más alto nivel mundial.

Es sin duda asombroso lo que puede rendir un Octeto de estas características, en materia de sonoridad, de tesituras que llegan a la altura de las que producen los violines, de posibilidades percutivas con golpes sobre cuerdas o cuerpo del instrumento, de pizzicati suaves o duros, para no entrar en las infinitas variantes de golpes de arcos. Y todo esto, con ocho voces individuales, ofrece una ilimitada paleta de combinaciones que empiezan con susurros apenas audibles a estruendos potentes y agresivos.

Como de costumbre en el CDMC, las notas de programa son muy explícitas, de la pluma de Enrique Igoa, y con citas de los respectivos compositores. Esta vez incluyen también dos cartas, una del propio Elías Arizcuren, de despedida y agradecimiento, y otra Luis de Pablo, excusando su asistencia por encontrarse en Sudamérica. Comentaré solo brevemente mis impresiones:

El concierto se inició con un estreno en España, el Cello Octet del inglés Jonathan Harvey, nacido en el año 1939, prolífico compositor. Hace uso inteligente de pizzicati, glissandi, altas tesituras para el primer violoncello, en una fantasía que dura unos siete minutos. La versión, cuidada y precisa, sonó muy bien.

Antes de la ejecución de la segunda obra del programa, Motetes de Mauricio Kagel, otro estreno en España, Elías Arizcuren se dirigió al público para relatar cómo, después de diez años de espera, el recién desaparecido compositor argentino, radicado en Alemania, finalmente se avino a crear una obra para el Octeto Ibérico. Arizcuren lo conoció en Colonia, donde estudiaba y Kagel enseñaba, junto con Stockhausen. Esta obra fue la más importante del programa, durando unos veinte minutos. No cabe duda que Kagel fue un creador muy inteligente, a veces un tanto revolucionario e inquieto, y así lo atestiguó esta obra Motetes. En efecto, el plural del título está muy bien empleado, porque la obra presenta varios trozos sin solución de continuidad, que reproducen -en lenguaje contemporáneo- los diferentes estilos que el Motete pasó desde el siglo XIII en adelante. Desde las monofonías o cantus firmus primitivos hasta el motete a ochos voces de Bach tenían su evocación en los diferentes episodios. La combinación de coros de armónicos, bajos y altos, sonó gloriosamente bien. Pero también hubo un pasaje en que los ocho violoncellistas tenían libertad de improvisar, cada uno con determinadas limitaciones, para luego conjuntarse nuevamente. Los motetes alegres del pasado se convirtieron en danzas con ritmos folclóricos, bacanales, y hacia el final hay un clímax que termina en una stretta rápida. Muy efectivo, y resultón. La versión, espléndida, recibió nutridos aplausos.

Después del intermedio sonó La danza del Sol, de Sofía Gubaidulina, escrita en el año 2002 con el Octeto Ibérico en mente. Obra de unos diez minutos de extensión, tiene esa mística especial que caracteriza su música. Recurre con cierta frecuencia a los solos del primer violoncello, a veces en diálogo con el octavo violoncello, pasajes que Robert Putowski y Wijnand Hulst interpretaron con gran soltura y competencia. Hay un pasaje que recuerda el sonar de campanadas, y el fin es un fascinante juego de ‘rayos’ sonoros, en alusión al sol del título de la obra. También esta versión recibió una interpretación magistral. Me llamó la atención la limpieza de los unísonos: sonaron de una sola pieza.

Antes de empezar la última obra del programa, Arizcuren quiso dedicar su ejecución a su padre, que lleva el mismo nombre, a quien agradeció las enseñanzas recibidas en su juventud.

Para terminar, pues, Ritornello de Luis de Pablo, obra de los años 1992/3 que dura unos doce minutos. Esta composición fue un encargo del CDMC, destinado al Octeto Ibérico. El compositor sabe cómo sacar el máximo provecho del instrumento, y al tener ocho a su disposición teje unas combinaciones sonoras que sorprenden, ya sea por su osadía o por su belleza. También recurre al primer violoncello, que tiene una cadenza en solo. Más adelante trae unos ‘unísonos’ que suenan gloriosamente. Desarrolla un tema bajo el manto de un armónico alto, prolongado, creando una atmósfera mágica, para dar fin a la obra.

El público premió la gran calidad del conjunto con prolongados aplausos. Quiero recordar aquí que se trata de tres hombres y cinco mujeres, todos vestidos de pantalón negro, los hombres con camisas igualmente negras, mientras que las mujeres llevaban blusas sin mangas de diferentes colores pero del mismo estilo. Se sientan en semicírculo, con el primer con el primer violoncello a la izquierda. Aquí se han juntado ocho instrumentistas de prestigio a quienes les gusta hacer música de cámara. La labor de Elías Arizcuren es doblemente encomiable, y por suerte su labor perdurará después de su presente despedida.
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