España - Madrid

Obras de los siglos XX y XXI por el Plural Ensemble

Juan Krakenberger
martes, 9 de diciembre de 2008
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Madrid, jueves, 27 de noviembre de 2008. Auditorio Nacional. Sala de Cámara. Ema Alexeva, violín. Alberto Rosado, piano. Plural Ensemble: Director Fabian Panisello. Obras de Tomás Marco, Adolfo Núñez, Jesús Rueda y Alban Berg. Ciclo de Programación propia del Auditorio Nacional de Música. Asistencia: aprox. 20% del aforo
0,0001953 Un interesantísimo programa, y tan poco público: ¡qué lástima! Una demostración más de cuanto esfuerzo cuesta organizar un nuevo ciclo, y más aún cuando de música contemporánea se trata. Porque en cuanto al esfuerzo de preparar semejante programa no cabe sino plena admiración. Sobre todo, el Concierto de cámara de Berg tiene dificultades técnicas muy arduas para los dos solistas, y salir airoso del intento es de por sí una proeza. Por ello la ejecución de esta pieza no se ha intentado antes aquí en Madrid: no me consta que se haya tocado en los últimos treinta años.

Pero vamos por partes: En primer lugar sonó la Sinfonía de cámara nº2 ‘E un passo sfiorava l’arena’ de Tomás Marco, para violín, viola, violoncello, contrabajo, el quinteto de vientos de siempre más un trombón, piano y percusión (dos músicos), que dura unos diez minutos. Se trata de una música muy amena, con trozos de auténtico buen humor, donde el cuidado de sonoridades alternativas provee mucha riqueza y variación. Por ejemplo, un breve episodio de glissandi a cargo de las cuerdas podría ser la reencarnación de un concierto de gatos lamentando la desaparición de un colega. Hay ritmos danzarines, en los cuales la percusión tiene un rol estelar. Al piano también le corresponden algunas excursiones solistas, pero en general se integra al conjunto. Termina con unos clusters en ff, de forma muy efectiva. El autor estuvo presente, y agradeció el aplauso del público, y a los músicos por su trabajo.

La segunda obra inscrita fue el estreno del Concierto para sonido de Adolfo Nuñez, para violín, viola, violoncello, vientos y efectos electro-acústicos, que dura unos doce minutos. Nuñez es un especialista de la música electroacústica y esto se notó, porque la parte electrónica actuaba como solista, dialogando con los músicos, y recogiendo lo que tocaban transformándolo a su vez en nuevas excursiones solistas. A pesar que el clima básico es sereno y tranquilo, la obra va ‘calentándose’ con efectos sonoros que ora sonaban como agua corriendo en un riachuelo, respiros, ráfagas de aire, ora era música para que suene en conjunto con el grupo orquestal. Antes de terminar hay un clímax fff pero las cosas se vuelven a calmar y todo termina en susurros ppp y finalmente silencio total. Un auténtico concierto del sonido. Muy interesante y atractivo. El autor recogió los aplausos junto con el director y los músicos.

Para terminar la primera parte, sonó una versión reducida del Concierto de cámara nº 3, de apenas cuatro movimientos de los seis originales, de Jesús Rueda. Está compuesta para siete instrumentos de viento metal: dos trompetas, cuatro trompas y un trombón, más percusión. Lo que resulta particularmente interesante es que Rueda mezcla música barroca con música contemporánea, y nos hace percibir que hay paralelismos entre ambas. Uno de los movimientos es una Zarabanda en un ¾ lento, con los ocho compases de rigor de cada parte, con sus repeticiones, que sonó muy bien. Desde la Fanfarria inicial hasta el final fulminante en fff, supo mantener el interés del oyente. Muy buena versión, largamente aplaudida. Fabián Panisello dirigió con la pericia y el conocimiento íntimo de las obras a que nos tiene acostumbrados.

La segunda parte del concierto estuvo dedicada a ese Concierto de Cámara que Albán Berg escribiera entre 1923 y 1925, su primera obra dodecafónica que por ese motivo dedicó a su maestro Schönberg. Se trata de una obra importante, de aproximadamente media hora de duración, que consta de tres partes, un ‘Thema scherzoso con variazioni’, un ‘Adagio’ y un ‘Rondo rítmico con Introduzione’. La orquestación es muy original: los dos solistas, el violín y el piano, se enfrentan a trece (o catorce, si uno no es doblado) instrumentos de viento, que va desde la flauta hasta la tuba. Hay pasajes que recuerdan a la música de su ópera Lulu, de la misma época.

Es natural que Berg cuidara mucho la forma y estructura en esta su primera composición atonal. Como un ejemplo, fácil de comprender, el primer trozo consta de 240 compases, de los cuales 30 sirven a exponer el tema, los próximos 30 a la elaboración primaria, los 60 que siguen a la elaboración retrógrada, los compases 121-150 a la inversión, los compases 151-180 a la inversión retrógrada, para volver a la exposición primaria a través de 60 compases más, para acabar.

El tema es derivado de los tres nombres de los dodecafonistas de la época, Arnold Schönberg, Anton Webern Alban Berg, o sean las notas ADCHBEGAEBEABABEG, que es lo mismo que la-re-do-si-sibemol-mi-sol-la-mi-sibemol-mi-la-sibemol-la-sibemol-mi-sol.

Los otros dos movimientos se ciñen a esquemas similares, no tan matemáticamente exactos como aquel primer movimiento, escrito para piano y vientos, donde el violín hace acto de presencia simbólica durante unos compases iniciales, nada más, mientras que el piano actúa de forma solista con figuraciones de bastante complejidad. El Adagio que sigue da protagonismo al violín, siempre como solista frente al ensemble de vientos, y el Rondo final es protagonizado por ambos solistas. La parte del violín es endiabladamente difícil, tanto del punto de vista técnico, como del puramente musical. Cuando el violín no tiene un pasaje netamente solista contribuye al color del conjunto con pasajes arpegiados o movidos, laboriosos pero no lucidos porque quedan plenamente integrados en la sonoridad conjunta -y trece vientos, aun tocando lo más piano posible, suenan fuerte- ¡qué remedio!

Tanto Alberto Rosado en el primer movimiento, como Ema Aleexeva en el segundo, y ambos en el tercero, hicieron un trabajo de gran categoría. La coordinación estuvo excelente, gracias a la pericia de Panisello. Se trata, sin duda, de una obra históricamente importante: al oírla nos damos cuenta como hace ahora 85 años unos compositores iluminados (Schönberg, Berg, Webern) inventaron algo que aún hoy suena nuevo y revolucionario. En efecto, se trata de música exigente tanto para el intérprete como para el oyente, pero escuchándola con asiduidad uno se apercibe finalmente de un ordenamiento y una lógica, que a primera audición pasan desapercibidos.

Es una verdadera pena que el ímprobo trabajo que costó armar esta obra, y las tres precedentes, no haya podido ser apreciada por más público. Valdrá la pena repetir este programa ante un auditorio más numeroso.
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