España - Valencia

Esperanzas y desesperos

Rafael Díaz Gómez
martes, 16 de diciembre de 2008
Valencia, viernes, 14 de noviembre de 2008. Palau de la Música. Sol Gabetta, violonchelo. Escolanía de Nuestra Señora de los Desamparados. Orquesta de Valencia. Yaron Traub, director. F. Mendelssohn: El sueño de una noche de verano (lied con coro; Finale); B. Britten: Salmo 150, op. 67; P. I. Chaikovski: Variaciones sobre un tema rococó, op. 33; E. Elgar: Variaciones Enigma, op. 86. Sexto concierto de abono de la temporada de otoño. Ocupación: 100%. Rafael Díaz Gómez
0,0001784 Félix Mendelssohn era hijo de un banquero. Tenía el riñón cubierto. También mucho talento. Nos enseñaron que echó su mirada al pasado y rescató a Bach. Contribuyó a fijar un repertorio. Y a sacralizar el arte. No pasa nada, así eran los tiempos. Además trató a Shakespeare de tú a tú e hizo algo parecido a la magia (o a la magia sobre la magia): su música para El sueño de una noche de verano. Casi dos siglos después, unos niños valencianos cantan fragmentos de esa obra para un público, con todos los respetos, maduro. Y nos preguntamos, alternando nuestra mirada entre el escenario y las butacas, dónde está la magia, dónde está el futuro.

Bien, pensemos, para evitar sustos más que nada, que la interpretación de la Escolanía de Nuestra Señora de los Desamparados, que celebra ahora su cincuentenario, es un lapsus pasajero (aunque tampoco en el reciente Parsifal de Les Arts los jóvenes anduvieron finos, la verdad). Derivemos la responsabilidad a los adultos que la dirigen y no nos enfrentemos a la pregunta de si es posible que la sensibilidad humana pueda haber cambiado tanto en tan poco tiempo. La sensibilidad o los frutos de la disciplina y del trabajo.

Fijémonos entonces en ese público de edad avanzada, también con el riñón cubierto, con suficiente tiempo libre y educado en un sistema en el que la música clásica ha gozado de prestigio cultural. Si estas tres premisas se alteran, ¿sobrevivirá a una crisis económica que al parecer no ha hecho sino empezar a andar? ¿Seguirá acudiendo a las salas de concierto? ¿Se renovará?

Seamos positivos y supongamos que sí. La curiosidad siempre llevará a la gente a la búsqueda de músicas distintas. Por otra parte, quizá se acabe con ese sistema de estrellas tan excesivamente remuneradas como acaparadoras (si se ha acuñado el término bankster, mezcla entre banquero y ganster, para referirse a esos desaprensivos en cuyas manos ha estado la economía de los últimos lustros, también podríamos usar los de condukster para referirnos a ciertos directores de orquesta, singkaster para ciertos cantantes o simplemente managkaster para algunos agentes que han hecho y desecho a su antojo el mundo musical más reciente). Hasta puede que surjan políticos que administren con cordura los recursos procurando más el beneficio a largo plazo que el bombo y platillo ocasional. Y, quién sabe, quizá la crisis nos estimule a buscar y expresar con más convencimiento la belleza, sea lo que sea tal cosa.

Lo es, ahí sí que caben pocas dudas, el violonchelo de la joven argentina Sol Gabetta. Su frescura y desparpajo de soubrette de ópera cómica al andar sobre las tablas se convierte en dulzura concentrada cuando pasa el arco por su instrumento. Un arco que tiene peso que busca las raíces pero no ahoga el sonido, que logra un timbre aterciopelado y cálido, si acaso no del todo rotundo en el registro grave, pero expresado en fraseos exquisitos y con una limpieza que hace del virtuosismo pura musicalidad. Esa flexibilidad, esos reguladores transforman a la chelista en una especie de condesa mozartiana de Las bodas de Fígaro que, sorpresa, canta realmente durante la interpretación del bis: donde la costumbre hace esperar a Bach, Gabetta coloca al lituano Peteris Vasks. Su pieza Pianissimo, dedicada a la instrumentista, concita todos los silencios y todas las esperanzas.

Las Variaciones sobre un tema rococó mantienen cierta conexión temática con las Variaciones Enigma. De esa forma, el programa resulta menos dispar de lo que en principio podía parecer. Además, si de la orquesta cabe esperar una precisión camerística durante toda la primera parte de la velada, en la segunda mitad, la dedicada a Elgar, la formación, aunque agrandada, no deja de requerir esa transparencia propia de la música de cámara. Traub estuvo atento y delicado hasta el descanso. Después se gustó a sí mismo. Y a su formación. Ésta le sigue. Uno se pregunta cómo es posible, porque sus gestos a menudo son más sentimentales que técnicos (es como si le faltara nervadura rítmica). Pero, misterio, funcionan. Conociéndole sobre el podio, podemos imaginarlo cuando decide programar tal obra o tal otra relamiéndose del gusto que le van a proporcionar determinados pasajes. Como la novena variación de las Enigma, Nimrod, conseguida el viernes con una tensión, espaciosa y amplia, subyugante. Gran trabajo en general no sólo de las cuerdas, sino de todos los atriles (mención de honor para la primera flautista que, una vez controlado su exceso energético inicial, estuvo magnífica y así se lo reconoció el propio director).

Ofreció su propina Traub, un caldoso Saludo de amor del mismo Elgar con el que más que saludar se despedía de su público durante una temporada. También hubo bis en la primera parte, con la Escolanía, después de un Salmo 150 de Britten algo mejor resuelto por los escolanes que el Mendelsshon inicial: el Ave Maria de Romeu, con los chicos ya más en su salsa, haciendo música sacra, que no sacralizando la música.

Cincuenta años de Escolanía. Durante este tiempo se ha inflado hasta donde el mercado lo ha permitido la idea de la música clásica como último reducto de la pureza artística. Pero ha llegado la crisis. La desamortización de la música está servida. Sea bienvenida. Hay sol. Hay esperanza.
Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.