España - Canarias

Discreto comienzo

Sergio Corral
martes, 13 de enero de 2009
Las Palmas de Gran Canaria, sábado, 10 de enero de 2009. Auditorio Alfredo Kraus. Ildikó Cserna, soprano. Andrea Meláth, mezzosoprano. Coro Nacional de Hungría (Mátyás Arital, maestro de coro). Orquesta Sinfónica de Tenerife. Lü Jia, director. F. Schubert: Rosamune, Fürstin von Zypern (Rosamunda, Princesa de Chipre), música incidental para el drama de Helmina von Chézys, Op.26 / D. 797. György Ligeti: Réquiem, para soprano, mezzosoprano, doble coro mixto y orquesta. 25 Festival de Música de Canarias
0,000189 Un año más, el primer concierto del Festival se celebró sin el ambiente y la emoción que deberían acompañar toda jornada inaugural. Una vez más, la sala del Auditorio Alfredo Kraus nos mostraba el preocupante panorama de numerosas localidades vacías, demasiadas para la categoría que se supone tiene este Festival. Un año más, el contenido del programa del primer concierto no tuvo el poder de convocatoria acorde a la ocasión por la inclusión -o combinación en apariencia un tanto forzada- de dos obras absolutamente antagonistas a nivel estilístico y conceptual. Se quiso, por un lado, satisfacer los gustos del aficionado que rehúsa adentrarse en las complejidades de la composición contemporánea, con la música abierta y agradecida, de claras melodías y completamente accesible de una de las composiciones menos significativas e importantes de Schubert, y por otro, y en memoria de Rafael Nebot, fundador del Festival, se interpretó el Réquiem de Ligeti, una obra, que si bien logra llegar al escuchante por la vía directa de la crudeza explícita de la expresión musical, posee aún un lenguaje no exento de dificultad para el melómano poco acostumbrado. Dos creaciones cuyas afortunadas interpretaciones no fueron suficientes para alterar, o hacernos obviar, el aspecto desangelado que ofreció la noche inaugural vivida en Las Palmas de Gran Canaria.

A pesar de la ostentosa pesadez mostrada en los primeros compases de la obertura, con una clara descompensación en la recreación del contraste entre el tutti orquestal y el posterior pianissimo, Lü Jia encaminó progresivamente la lectura de Rosamunda hacia un enfoque que hacía justicia a la partitura, por resaltar los principales valores de la misma. Un enfoque que podemos calificar de especialmente delicado, por hacer del cuidadoso tratamiento del legato su principal consigna, con una articulación muy suave, y una continua y exquisita atención al detalle, confiriendo por todo ello, una sorprendente unidad a una música incidental como esta. Planteamiento que necesariamente ayudó a resaltar la belleza de las distintas melodías como la de la primera frase y sucesivas secciones contrastantes del 'Andantino del entreacto nº 3', o del famoso 'Ballet' conclusivo, donde asistimos al dulce tratamiento de su marcha inicial y las posteriores variaciones. Contribuyeron de manera esencial a esta homogeneidad de resultados la feliz intervención de la voz, de notable afinación así como proyección, de la soprano Ildikó Cserna, en su interpretación de la romanza, y la calidez y homogeneidad ofrecida por las voces del Coro Nacional de Hungría, especialmente afortunados y compenetrados con la orquesta en el Coro de los pastores: 'Hier auf den Fluren'.

En la segunda mitad el maestro chino aplicaba el mismo prurito y cuidado artesanal mostrado en la primera en la plasmación de las tensiones del clima angustioso del Réquiem de Ligeti. Para resaltar ese aspecto dramático y atormentado de la partitura, Lü Jia sedimentaba su lectura nuevamente en la atenta observancia de los distintos elementos expresivos de la misma, como así mostró en la cuidadosa recreación de los clusters estáticos y la correcta coordinación de las cuerdas en sus simultáneas intervenciones solistas. En la edificación del sentido emergente del ‘Introitus’ y la configuración de esos hirientes y desgarradores gritos de las voces solistas y metales en el ‘De die judici sequentia’ -verdaderamente interpretado como Subito- agitato molto- o en la elocuente dinámica y lograda densidad del ‘Lacrimosa’, ambas previas al silencio definitivo del coro. Aspectos todos ellos sometidos al tamiz de la más absoluta concentración -la justa y necesaria que requiere una obra de este calibre- tanto por parte del director como de la orquesta y de un coro, fundamental en todo esto, sin cuya excelente calidad no hubiese sido posible obtener tan buenos resultados.
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