Estados Unidos

Tras tanto tiempo esperando a Barenboim

Horacio Tomalino
lunes, 19 de enero de 2009
Nueva York, martes, 16 de diciembre de 2008. Metropolitan Opera House. Lincoln Center for the Performing Arts. Tristan und Isolde, ópera en tres actos con música de Richard Wagner (1813-1883), sobre libreto del propio compositor basado en un relato medieval anónimo. Estreno: Teatro de la Corte de Munich el 10 de junio de 1865. Dieter Dorn, dirección escénica. Elenco: Matthew Plenk (Marinero), Katerina Dalayman (Isolda), Michelle De Young (Brangania), Gerd Grochowski (Kurwenal), Peter Seiffert (Tristan), Stephen Gaertner (Melot), Rene Pape (Rey Marke), Mark Schowalter (Pastor), James Courtney (Timonel). Coro y Orquesta del MET. Daniel Barenboim, director musical. Temporada 2008-9
0,0002062 El por qué se ha esperado tanto tiempo en encomendar al prestigioso Daniel Barenboim la dirección de una ópera en el MET fue la pregunta general que siguió a cada una de las interminables ocasiones que bien merecidamente recibió el director argentino-israelí una vez finalizada cada nueva presentación del Tristan e Isolda que lo tuvo como director musical en su debut en el coliseo neoyorquino. Y bien, este es otro de los cambios propiciados por la era Gelb y que promete una mayor apertura -si es que la habido estos años- en los años venideros. Cosa que por cierto, tiene al público de parabienes.

De la expectativa que generó el debut de Barenboin podría hablar largo y tendido. Lo concreto fue que debutó y triunfó, llevándose todos los laureles de una presentación que será recordada por mucho tiempo como uno de los mayores eventos de la casa. Y no fue para menos. Barenboin hizo una lectura ortodoxa, elegante y minuciosamente matizada, no exenta de tensión y ni de fluidez desde la primera a la ultima nota. Si el resultado final pudo ser calificado de superlativo, mucho cuenta en ello la simbiosis que se formó con un orquesta que se entregó en cuerpo y alma a las indicaciones del director argentino.


El elenco supo estar a la altura de las circunstancias. Katerina Dalayman fue una Isolda inmejorable por potencia, belleza y extensión de registro que fundamentalmente se lució en su narración ‘Den hab’ich wohl vernommen’ tanto por la intensidad como por la intención que imprimió a su canto. En el dúo de amor del acto segundo la soprano sueca sacó a relucir un timbre noble y flexible y una media voz de aterciopelado esmalte. Sin embargo si algo debe resaltarse fue le entrega con la cual Dalayman se lanzó a interpretar la parte de la princesa irlandesa. En el tercer acto pareció fatigada y su muerte de amor ‘Mild und leise’ no estuvo a la altura de su prestación general.

Asiduo intérprete de la parte, el tenor alemán Peter Seiffert logró redondear con eficacia el perfil del amante de Isolde. Seiffert concibió un Tristan de un extremo lirismo que fue también contundente en los compases de mayor dramatismo. Su timbre obtuvo en las manos de Barenboim un rendimiento que incluso pareció ir más allá de las posibilidades del tenor alemán. Como era de esperar, fue en el acto tercero donde Seiffert puso toda la carne en el asador con un memorable ‘Dunkt dich das?’ de clara dicción y elocuencia en la expresión y ganó la partida.



Michelle De Young ha encontrado uno de sus mejores roles en la parte de Brangania, y hoy por hoy es una referencia de la doncella de Isolde. Incisiva, de sólidos y redondos graves, la mezzo-soprano americana recogió una muy bien merecida ovación una vez caído el telón.

Rene Pape es uno de los más grandes Rey Marke de la actualidad. La autoridad que impuso el bajo alemán, en cuanto inició su canto, no hizo más que confirmar la grandeza de un artista mayúsculo que en cada nueva incursión en el rol obtiene mayores y mejores resultados. ¡Qué agregar de su monologo del acto segundo: su canto fue poesía pura y su línea canora exquisita! ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo!

El debutante bajo barítono alemán Gerd Grochowski resultó un buen acierto como el lugarteniente Kurwenal y una voz a seguir de cerca. El barítono Stephen Gaertner una vez más dió muestras de total seguridad y de buen rendimiento a cargo de la parte del caballero Melot.



La conocida puesta en escena que firmó hace ya diez años el regista Dieter Dorn rebosa de coherencia y dentro de lo moderno de su propuesta rescata con sus pocos elementos lo esencial del drama wagneriano sin buscar innovar más allá de lo convencional. En su visión hay mucho de sutil y simbólico y esa mezcla es la que hace que el trabajo resulte una muy buena propuesta. Dos muy buenos aliados en la apuesta escénica resultaron los talentosos Jurgen Ros y Max Keller a cargo el primero de la escenografia y el vestuario y el segundo del tratamiento lumínico.
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