Italia

Abbado en estado de gracia

Xoán M. Carreira
miércoles, 28 de enero de 2009
Ferrara, sábado, 22 de noviembre de 2008. Teatro Comunale. Fidelio, ópera en dos actos de Ludwig van Beethoven sobre un libreto de Joseph Sonnleithner y Georg Friedrich Treitschke, basado en ‘Léonore ou l’amour conjugal’ de Jean-Nicolas Bouilly. Chris Kraus, director escénico. Maurizio Balò, decorados. Anna Maria Heinreich, vestuario. Gigi Saccomandi, iluminación. Elenco: Anja Kampe (Leonore), Christian Franz (Florestán), Giorgio Surjan (Rocco), Rachel Harnisch (Marzelline), Jörg Schneider (Jaquino), Albert Dohmen (Don Pizarro), Diogenes Randes (Don Fernando), etc. Arnold Schönberg Chor y Coro de la Comunidad de Madrid. Mahler Chamber Orchestra. Claudio Abbado, director musical
0,0002006 Hay ocasiones en las que el tiempo parece suspenderse y la razón carece de argumentos suficientes para explicarse con claridad y orden. Cada idioma tiene hermosas frases para describir ese estado que el cine ha trasladado e intercambiado de tal modo que ya no estoy seguro de que “ha pasado un ángel” pertenezca a la tradición castellana, por más que esté asumida por los hispanoparlantes desde hace más de medio siglo. Aceptando esta convención, y la convención del patrocinio musical de Santa Cecilia, el día dedicado a esta, 22 de noviembre, un ángel pasó por el diminuto Teatro Comunale de Ferrara y nos dejó tan suspendidos de todo raciocinio como el San Evo de las Cantigas de Santa María que al escuchar el canto de unos pájaros quedó en arrobamiento místico durante varios siglos.

La íntima relación de Claudio Abbado con el Teatro Comunale de Ferrara es bien conocida desde hace muchos años y este Fidelio tenía especiales connotaciones al estar vinculado al anuncio de la retirada de Abbado de los fosos operísticos, precisamente con un título y con un autor que le son especialmente queridos, tanto en lo musical como en lo simbólico. Por eso fuimos muchos los que viajamos –estuve a punto de escribir ‘peregrinamos’- hasta Ferrara a pesar de la inclemencia del tiempo, con la seguridad de asistir a una interpretación maravillosa, … y nos equivocamos.

Abbado no dirigió una interpretación maravillosa, Abbado creó Fidelio 2008. Desde el primer hasta el último compás, el maestro compartió la autoría de Beethoven y desde su experiencia como músico y como hombre del siglo XX-XXI nos ofreció su propia e intransferible visión de Fidelio, mostrándonos una deslumbrante verdad artística en el sentido kantiano y realizando una radical y –ahora sí- ‘maravillosa’ creación, capaz de trascender anécdotas de períodos históricos y estilos artísticos para golpear el ánimo del espectador y demostrar que la ópera es y puede seguir siendo un indicador de la vitalidad de la cultura occidental.

La fuerza motriz de la representación, obviamente, fue el foso. La Mahler Chamber Orchestra no se limitó a ser un formidable instrumento sino que funcionó como el catalizador de las tensiones dramáticas y las emociones de la escena, en la cual sólo uno de los cantantes no alcanzó los mínimos: Christian Franz, o sea, Florestán. Ciertamente a medida que avanzaba el segundo acto fue mejorando, pero su intervención inicial fue tan decepcionante que ya no le fue posible recuperar el crédito. Su propia mediocridad vocal y escénica contrastaba con la excelencia del resto del elenco en el cual brillaron Rachel Harnisch (Marzellina) y Jörg Schneider (Jacquino), no sólo individualmente sino como pareja, al grado de adquirir su historia secundaria el interés dramático que casi nunca se le concede, aunque como quería Beethoven la gran triunfadora fue Anja Kampe (Leonora), tanto en lo vocal como en su actuación y su espléndido lenguaje corporal, capaz de vencer las más absurdas imposiciones del regista. Es este el momento de felicitar a los coros -Arnold Schönberg Chor y Coro de la Comunidad de Madrid- en sus muy bien trabajados diálogos con Kampe. Felicidades a los respectivos maestros: Erwin Ortner y Jordi Casas.

Por lo que se refiere a las tres voces graves, hay que destacar en primer lugar la gran actuación de Albert Dohmen (Don Pizarro), obligado por el regista a utilizar una silla de ruedas. Dohmen aprovechó sabiamente la peculiar dirección escénica para reforzar los matices más duros de su personaje. Por el contrario, Giorgio Surjan (Rocco), un cantante lleno de recursos, se encontró con la limitación de que el regista le exigía un personaje pacato, dócil y plano. Diogenes Randes (Don Fernando) estuvo adecuado al contexto de esta producción y sin traicionar al sentido heráldico de su personaje.



© 2008 by Teatro Comunale de Ferrara

Chris Kraus ignora una cuestión fundamental: Fidelio, y su antecedente Leonora, es una ópera de salvamento. Un género que tiene su equivalente en el cine de acción y que consiste en que un malo muy malo maltrata de modo muy injusto y cruel a un inocente, el cual es rescatado de forma heroica por el/la protagonista. Este género que estuvo de moda durante la época de la Revolución Francesa y Napoleónica, tiene claros antecedentes en la tragedia greco-latina. Y se dirija como se dirija, lo que queda claro es que los buenos son los que están del lado feo de la pistola, y los malos los que disparan la bala. Por ese motivo, Fidelio es un alegato contra las dictaduras, porque las dictaduras son unos regímenes en los cuales las armas del ejército apuntan contra los propios ciudadanos. Y en consecuencia, Leonora al liberar a su esposo y a los otros presos, es un símbolo de la lucha contra la tiranía.

Eso es lo que significaban hacia 1800 las óperas de salvamento, como sabe cualquiera que se haya molestado en leer un manual de historia de la ópera. Cosa que al parecer no se ha molestado en hacer Chris Kraus, quien tampoco parece haber perdido el tiempo en leer el libreto de Fidelio. En su versión, apenas queda libre Florestán, los soldados forman una barrera para impedir que los otros presos se acerquen a él o a Leonora, y la escena se llena de guillotinas, Rocco, Marzelline y Jacquino toman posiciones junto a la pareja protagónica, que se alterna sentándose en la silla de ruedas de Don Pizarro. Todo indica que comienza una nueva dictadura y una época de terror. Creo entender que Chris Kraus identifica a Florestán con Robespierre.

Cuando salí a la gélida noche buscando una tavola calda para cenar, paseando entre los imponentes edificios ferrareses, embargado por la emoción, recordaba exclusivamente la música de Abbado-Beethoven. El trabajo de Chris Kraus sólo ha regresado a mi memoria a través de mis anotaciones en el momento de escribir esta reseña.
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