Italia

El agua inmóvil

Anibal E. Cetrángolo
jueves, 5 de febrero de 2009
Venecia, sábado, 31 de enero de 2009. La Fenice. Die tote Stadt, ópera en tres actos de Erich Korngold sobre un libreto suyo y de su padre. Estreno, Hamburgo y Colonia, 1920. Regisseur, escenográfo y vestuario, Pier Luigi Pizzi. Coreógrafo, Marco Berriel. Luces, Vincenzo Raponi. Elenco: Stefan Vinke (Paul); Solveig Kringelborn (Marietta / La aparición de Marie); Stephan Genz (Frank / Fritz); Christa Mayer (Brigitta); Eleonore Marguerre (Juliette); Julia Oesch (Lucienne); Gino Potente (Gaston); Shi Yijie (Victorin); Mathias Schulz (Il conte Albert). Orquesta y coro (director, Claudio Marino Moretti) del Teatro la Fenice. Director musical, Eliahu Inbal
0,0002343 La Fenice inauguró su temporada 2009 con una ópera no popular y fue bien recompensada por el público. En la representación que presencié, la del sábado 31 de enero, el teatro mostraba muy pocos claros. Los músicos y el director lucieron el símbolo de la sfiga, la mala suerte, un distintivo violeta para continuar la protesta contra los cortes a la cultura de Berlusconi. Los títulos que seguirán a esta ópera de Erich Korngold son las siguientes: Roméo et Juliette de Gounod, en producción nueva y conjunta con Verona y Trieste, Maria Stuarda de Donizetti con regie de Krief y que promete a Cedolins y Bros (alternándose con Piscitelli-Schmunck a quien escuché en el mismo rol en Berlín), Butterfly, Götterdämmerung, la última jornada de la Tetralogia (por fin!) con el exitoso equipo Tate-Carsen, la ya cansada Traviata de Carsen y, hacia fin de año, la tan complicada Agrippina de Handel dirigida por Fabio Biondi y Šárka de Janáček en dúo con Cavalleria Rusticana.

El título de Korngold, que fue exitoso en sus días, reaparece ahora de cuando en cuando en los teatros importantes y era nueva para Venecia. Su autor era hijo de un importantísimo crítico musical que frecuentaba Mahler y Puccini y en el ámbiente académico es conocido por los violinistas que tocan cada tanto su concierto. Compuso esta ópera, no la única por cierto, a los 23 años. El melodrama se presentó en 1920 simultáneamente en Hamburgo y Colonia dirigida respectivamente por Egon Pollack y Otto Klemperer. También sus primeros intérpretes vocales fueron monumentos de la historia de la música como Maria Jeritza, Lotte Lehmann y Richard Tauber.

Tanta promesa de triunfos futuros fue cortada, al menos en el sendero lírico, por el nazismo. La prudencia aconsejó a Korngold y familia emigrar a Norteamérica, lo que significó para el compositor encontrarse con el naciente cine sonoro y entonces Hollywood, música para películas con Errol Flynn (Robin Hood y otras) y Olivia de Havilland, y otro tipo de laureles: un par de Oscars.



© 2009 by La Fenice

Esta ópera es resultado representativo de lo más ecléctico de aquella época fantástica y tremenda para la cultura de Europa. Los perfumados cuadros del simbolista belga Konpff y sobre todo Freud sin pudor, Freud y más Freud. La obra parece escrita entre Berggasse 19, la casa vienesa de Freud y la Galería del Belvedere donde se conserva una reliquia del pintor que tanto influyó sobre Klimt: un cuadrito que se llama nada menos que L’Eau immobile. Es precisamente el agua inmóvil la protagonista de esta opera. El agua que fue fuente de vida y que ya no lo es más. La ciudad que fue generadora de la cultura que amábamos pero que no puede dar nada nuevo. Brujas, Venecia, Viena. El ensueño enfermo del quedarse. El abandono doloroso pero que es salvífico: Freud necesita dos visitas de la Gestapo para decidirse a dejar aquella casa y el protagonista de Korngold necesita un sueño espantoso y liberador. Finalmente Paul puede decir (¡y no cantar!) “Ich wills, ich wills versuchen”, “quiero intentarlo”.

Knopff, personaje del mundo de la opera, colaborador habitual en las puestas del teatro de la Monnaie en Bruselas es homenajeado en esta producción con creces: su arte es el sello de esta puesta. El ambiente es el suyo, por otro lado el pintor había hecho los bocetos para la puesta de Le Mirage obra de Georges Rodenbach que es precisamente la fuente -junto con la novela Bruges-la- Morte del mismo Rodenbach- de Die tote Stadt.

La producción de la Fenice fue excelente. El responsable musical Eliahu Inbal, director estable (¡por suerte!) de la orquesta veneciana, presentó con inigualable solvencia una música que entiende hasta en sus matices más íntimos. Música a veces cercana a Puccini, y otras a Richard Strauss (la seducción de Marietta, tan hermana de Salomé, parienta de algún poema sinfónico…) es elocuente aunque no siempre eficaz en si misma. Leyendo la cosa desde el final (¡claro que demasiado fácil!) se puede decir que fue la pantalla del cine la que garantizó una estructura dramática a esta música que a veces se muerde la cola. De todas maneras el acto final es absolutamente convincente también en los aspectos teatrales.



© 2009 by La Fenice

La puesta fue uno de los mejores trabajos que he visto de ese excelente artista que es Pier Luigi Pizzi. Dió movimiento a algo difícil de mover, gracias….al agua negra que realmente inundaba la parte posterior de la escena y que se reflejaba con paneles especulares. Knopff fue aludido y explicito. De la fantasía de Pizzi salieron ideas sagaces al servicio de una concepción clara, fruto de la conciencia profunda del texto. ¿Cuántas veces se puede escribir esto hoy en día?

Los artistas vocales simplemente excelentes. El tenor Stefan Vinke, que cantó el bellísimo Sigfrido de la producción Tate-Carsen, encarnó el arduo rol de Paul con total idoneidad. La Marie-Marietta de Solveig Kringelborn, artista de gran trayectoria, fue desde todo el punto de vista vocal y teatral memorable y los comprimarios no deslucieron tal nivel. No quiero concluir sin destacar la participación sublime de Christa Mayer en el rol pequeño de Brigitta. ¡Cuanto me hace recordar a la Lehmann de aquel disco con lieder de Schumann que habría que comprar cien veces, en el que pianista ‘acompañante’ es…Bruno Walter!

El público acogió muy calurosamente este esfuerzo heroico del teatro.
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