Bélgica

Las metamorfosis barrocas

Jorge Binaghi
martes, 3 de marzo de 2009
Bruselas, martes, 17 de febrero de 2009. Teatro de La Monnaie. La Calisto (Venecia, Teatro de San Apollinare, 28 de noviembre de 1651). Libreto de Giovanni Faustino y música de F. Cavalli. Dirección escénica: Herbert Wernicke (actualización de Dagmar Pischel). Escenografía y vestuario: Herbert Wernicke (supervisión, Stefanie Pasterkamp). Luces: Robert Brasseur. Intérpretes: Sophie Karthäuser (Calisto/Eternità), Johannes Weisser (Giove), Georg Nigl (Mercurio), Lawrence Zazzo (Endimione), Caitlin Hulp (Diana/Destino), Thomas Walker (Linfea), Max Emanuel Cencic (Satirino/Furia), Magnus Staveland (Pane/Natura), Angélique Noldus (Furia), Konstantin Wolff (Silvano) e Inga Kalna (Giunone). Concerto Vocale. Director: René Jacobs
0,000224 En esta tercera reposición de la más brillante y acertada de todas las producciones realizadas por el fallecido Wernicke (que ha sido cuidadosamente realizada, como si se tratara de un estreno), tanto esos magníficos decorados y vestuarios como las luces y la dirección de actores apuntaban a lograr lo que el siglo XVIII pretendía, sobre todo cuando se medía con las historias de transformaciones mitológicas de griegos y latinos: asombrar.

Los tres niveles, divino (dioses), humano (ninfas y pastores) y natural (faunos) interactúan y producen alteraciones profundas cuando interactúan saliéndose de su esfera propia. Nada de moralina en esto, pero es claro que los amores ilícitos de un Júpiter terminan siempre mal (sobre todo para su ocasional amante), que lo natural debe quedar en el plano natural de sexo desenfrenado y animal, y que incluso cuando el amor no es ‘ilegal’, es irrealizable entre hombre y deidad (por más que le pese a la casta a la fuerza Diana).

Todo esto con una música que, si bien está ‘adornada’ con otras de otros autores, hablan más alto y mejor de Cavalli que en cualquier otra de sus producciones conocidas: hay una variedad, sensualidad, luminosidad y dulzura que no se encuentran en tal proporción y combinación en, por ejemplo, el Ormindo o Ercole amante.

Ciertamente, la labor del Concerto Vocale (al parecer en el futuro La Monnaie utilizará en exclusiva la propia orquesta y se terminarán la visita de conjuntos especializados en determinada época y/o repertorio) fue sobresaliente, como lo sigue siendo el otro elemento que en el origen de este espectáculo le valió un triunfo singular: la dirección de René Jacobs. El ex cantante y director belga nunca acierta en este grado cuando se aleja del barroco (aunque aquí y en algunos otros sitios triunfe invariablemente) y esta vez no fue excepción: de sublimes hay que calificar los momentos puramente orquestales de la aparición primera de la osa y finalmente la ascensión de ésta -ya habiéndose consumado la transformación de Calisto por castigo de Juno y las furias- al firmamento como constelación nueva, pero también la dirección musical de los cantantes fue extraordinaria.

En el elenco no había ninguna figura magnética como lo fue en su momento el ‘Mercurio’ de Simon Keenlyside, pero en su conjunto resultó más equilibrado y levemente superior que los anteriores, que no es decir poco.



Caitlin Hulcup (Diana), Sophie Karthäuser (Calisto) y Thomas Walker (Linfea)
©2009 by Johan Jacobs


La protagonista de Sophie Karthäuser reveló a la joven soprano belga en una fase decididamente ascendente de su carrera, con un timbre esmaltado y un canto esfumado y seguro, además de una gran espontaneidad en la escena. Weisser fue un excelente ‘Giove’, de voz tal vez algo dura en el extremo superior, pero brillante voz y cantante y excelente comediante (es difícil no caer en la caricatura gruesa en todas las escenas en que debe actuar disfrazado de Diana).



Sophie Karthäuser (Calisto), Johannes Weisser (Giove) y Lawrence Zazzo (Endimione)
©2009 by Johan Jacobs

Tal vez como puro desempeño vocal (sin desdeñar lo interpretativo) la pareja más relevante haya sido la de los amantes ‘platónicos’: por aspecto, voz y canto uno puede difícilmente encontrar ‘Diana’ más ideal que la joven mezzo – ya advertida en roles menores en París- Hulp o ‘Endimión’ más poético que el afirmado Zazzo (una voz que oscila entre la de contratenor y tenor , y que aquí tuvo su mejor actuación después de la de su debut en el Teatro cantando el ‘Otón’ de Agrippina de Haendel). Muy buenas fueron, en su doble aspecto, las interpretaciones de Georg Nigl (‘Mercurio’), Wolff (‘Silvano’) y Staveland (Pan). Este último -tenor- se unió a las voces de Hulp y Karthäuser para el breve prólogo confiado a conceptos abstractos (‘fama, eternidad, naturaleza’). Inga Kalna, probablemente la voz más conocida de toda la distribución, se movió y dijo más que bien su ‘Giunone’, pero en su canto, como siempre, hubo asperezas, imprecisión y notas crecientes (todo debido al ‘carácter’ de la cantante: siempre me ha costado entender que en cada función haya que atribuir al ‘impulso artístico’ las oscilaciones técnicas de un artista). Walker es un cantante joven y de buena presencia, y su ‘Linfea’ travestida impacta, pero su canto, en particular en los ataques del agudo, admite mejora.

Noldus cumplió en el breve papel de una de las furias, en tanto que la otra y el impagable personaje de ‘Satirino’ se encomendaron al joven y celebrado contratenor Cencic. Lo escuchaba por primera vez en escena y tengo que decir que me decepcionó. Es un muy buen actor (como todos los cantantes jóvenes tiende a moverse demasiado todo el tiempo) y excelente cantante, y la voz suena particularmente bien en el extremo agudo, pero lo oí con dificultad por el escaso volumen y la irregular emisión en los registros central y grave. Un reparo probablemente menor en otro caso, pero no en un cantante de su fama. No obstante algunas de estas ‘pegas’ menores, el teatro no sólo estaba abarrotado sino que siguió con interés y en desacostumbrado silencio las más de tres horas de duración de la obra, que obtuvo un éxito total. Desde luego merecido.
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