España - Valencia

Dime, Música: ¿qué manos te poseen?

Rafael Díaz Gómez
jueves, 20 de enero de 2000
Alicia de Larrocha © Generalitat de Catalunya Alicia de Larrocha © Generalitat de Catalunya
Valencia, lunes, 17 de enero de 2000. Palau de la Música. Primer concierto de abono de la temporada de invierno. W. A. Mozart: La flauta mágica, KV 620 (Obertura); Concierto para piano y orquesta nº 21 en do mayor, KV 467. F. Schubert: Sinfonía nº 3 en re mayor, D. 200. Alicia de Larrocha, piano. Orquesta de Valencia. Miguel Angel Gómez Martínez, director.
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El programa que se proponía para la inauguración de la temporada de invierno en el Palau valenciano, si no innovador, estaba, en principio, bien pergeñado. Nada mejor para preceder a un concierto mozartiano que la obertura de una de sus propias óperas. La de La flauta mágica debía habernos introducido en ese ambiente fascinante donde se ha de dirimir un drama, protagonizado en este caso, no ya por los actores cantantes, sino por el actor piano y su complemento, la orquesta. Tras la esperada apoteosis de la solista, quizá enaltecida con alguna propina, una juvenil, fresca y directa sinfonía de Schubert nos habría mandado a todos a casa con una sonrisita complaciente.

Todo en vano, pues la sonrisa se trocó en mueca. Sería injusto atribuir en exclusiva el desagrado al grave desliz de la pianista en el tercer movimiento del concierto, y puede resultar hasta mezquino achacar éste, como se hacía en los pasillos de la sala, a la edad de una artista que ha demostrado, aún ahora, tener una cabeza bien asentada y un gusto y mecanismo exquisitos. Las razones del fiasco hay que buscarlas mucho antes que llegara ese fatal momento en el propio desarrollo de la velada y, sobre todo, en sus más inmediatos antecedentes.

Vayamos por partes. La versión que la Orquesta de Valencia hizo de la obertura de La flauta mágica no fue precisamente sutil. Gómez Martínez pareció conformarse con dar un pistoletazo de salida a su orquesta para que ésta comenzara a leer una partitura que se vio despojada de elasticidad y de vida interior. El tempo resultó pesado, las articulaciones poco expresivas, y las transiciones entre las diferentes familias desleídas. Esto último se hizo muy evidente dentro de las secciones de desarrollo (tanto en la obertura como en el concierto), en los tornasolados contrapuntos con los que Mozart acostumbra, en parte, a construirlas. Por lo demás, las dinámicas llegaron en ocasiones a desaforamientos más propios de Chaikovski que del compositor salzburgués.

Si Alicia de Larrocha lo escuchó de la misma manera, quizá eso explicara el azoramiento con el que abordó el KV 467. El caso es que desde el principio se evidenció que no había conexión posible entre el mundo del piano y el de la orquesta, salvado sea, si acaso, el Andante. De la solvencia con la que la gran pianista ha resuelto esta partitura hay suficientes documentos. Pero no es cuestión ahora de aclarar quién es más culpable y sí de indicar que es aquí donde entran en juego esos antecedentes previos al concierto mencionados más arriba. ¿Con qué garantías de éxito se puede abordar una obra que está en la mente de cualquier aficionado, cuando por todo ensayo ha habido una única y breve sesión? En el caso de Mozart, sabido es que prestaba en sus composiciones tanta atención al cuidado del detalle como al de la estructura, es más, el mínimo detalle remite a la estructura en una concepción globalizadora sencillamente genial. Confiar el triunfo de una interpretación de una obra suya a destellos aislados, que es a lo que parece abocar la falta de trabajo, cercena de raíz la esencia íntima de su música.

Todo esto se hizo especialmente evidente en el Allegro vivace assai. El inicio de este tercer tiempo sorprendió a todos los presentes, y es probable que a los mismos intérpretes. En él, el tema inicial que principia la orquesta es cerrado por el piano ¡con la misma frase con la que se inició el tutti! Pues bien, nada tuvo que ver esta frase entonada por la Orquesta de Valencia, para mi gusto demasiado amanerada, quizá más propia del estilo galante, con la propuesta de la pianista, mucho más elegante, más vienesa si se quiere. Eran dos planteamientos completamente diferentes. De aquí a la absoluta pérdida de tensión en el segundo episodio del rondó, que sirve de desarrollo, no había más que un paso, y para la desconcentración y pérdida en el tercer y último episodio, otro. Alicia de Larrocha dio muestras palpables de no querer salir a saludar en solitario, aunque al final se viera obligada. Esperemos que pronto tengamos ocasión en Valencia de volverla a aplaudir como realmente merece.

La sinfonía de Schubert retomó la misma concepción de la obertura. Si lo que se esperaba es que se dieran las notas de forma asépticamente correcta, el objetivo fue cumplido. Si lo que se buscaba era algo más, tal como reflejar una singular vitalidad danzante, la cantabilidad liederística de algunos pasajes y un espíritu unitario que ligara con una pujante ligereza de tiempo todas las partes, eso se consiguió en mucha menor medida. Es de desear que esa envidiable capacidad que posee el director titular de la orquesta para retener partituras en su cerebro (siempre dirige de memoria piezas que ha asimilado muy rápidamente) se traduzca en concepciones que desentrañen más los engranajes de cada composición. Su plantilla ha dado muestras de que puede llegar más lejos. Quizá las ovaciones que reciban por ello sean las mismas, pero, eso sí, mucho más sinceras.

Mucho ha transcurrido desde aquellos tiempos en los que se hablaba de Arte, así, con mayúsculas, hasta estos heredados de la posmodernidad, rápidos y mercantilistas que muy a menudo han olvidado los dones con que la música agasaja a quienes la miman. Desmedida prisa, demasiados intríngulis y recovecos? (demasiados críticos, pensarán algunos). En fin, que a este paso, si me dan a elegir, me hago decimonónico. Mientras tanto, cuéntame, Música: ¿qué manos te poseen?

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