España - Valencia

Eros y Tánatos cogidos de la mano

Daniel Martínez Babiloni
miércoles, 13 de mayo de 2009
Monumento a Joseph Haydn en Viena © Creative Commons Monumento a Joseph Haydn en Viena © Creative Commons
Valencia, jueves, 23 de abril de 2009. Palau de la Música de Valencia. Sala Rodrigo. Cuarteto Hugo Wolf: Sebastian Gürtler y Régis Bringolf, violines; Gertrud Weinmeister, viola y Florian Berner, violonchelo. Joseph Haydn: Las siete últimas palabras de Nuestro Salvador en la Cruz Op. 51. Dimitri Shostakovich: Cuarteto de cuerda nº 15 en mi bemol menor, op. 144. Ciclo de Cámara y Solistas Internacionales. Aforo: 423. Ocupación: 40 %
0,0001799 Desde que el hombre es hombre la muerte ha sido una constante entre sus preocupaciones. Toda civilización se ha ocupado de una manera u otra de sus difuntos. Se profese la religión que se profese, o ninguna, siempre ha habido interés en dilucidar qué es eso de la muerte: un final, un tránsito, un principio… A ella se contrapone el goce de vivir: ya nos recordaba Valdés Leal en el siglo XVII lo breve que resulta la vida y un siglo antes, Garcilaso cantaba aquello de “En tanto que de rosa y azucena”. En música dejo al lector la tarea de recordar la inmensa lista que obtendríamos si intentásemos relacionar las composiciones que en la muerte se inspiran, obras que nos permiten, a pesar de lo delicado del tema, un goce estético e intelectual.

Entre esas obras, destacarían las dos escuchadas en este concierto. Dos piezas en principio muy alejadas, que casan adecuadamente. Ambas, Las siete últimas palabras de nuestro Salvador en la Cruz y Cuarteto de cuerda nº 15 en mi bemol menor op. 144 tienen como hilo conductor la muerte, bien desde una perspectiva cristiana, Joseph Haydn, bien desde una perspectiva humanista y espiritual, Dimitri Shostakovich. Composiciones unidas por el contenido pero también por el continente: una estructura semejante y el uso, casi exclusivo, de tempi lentos.

El Cuarteto Hugo Wolf, en su segunda visita a Valencia, supo huir del peligro que entraña programar ambas obras contiguas: frente a la monotonía del tempi grandes dosis de teatralidad y contraste, además de una tímbrica muy rica, favorecida por el instrumental. A diferencia del Cuarteto de Tokio, escuchado hace unos días con mayor éxito de público, en el que sus miembros tocan cuatro Stradivarius, los austríacos utilizan instrumentos de diferente luthier y época: los violines son de Guadagnini (1783) y de Cappa (1697), la viola de Mantegazza (1775) y el violonchelo de Gagliano (1819).

Las siete últimas palabras de Nuestro Salvador en la Cruz, versión para cuarteto de cuerda del mismo Haydn, es un encargo de la Cofradía de la Santa Cueva de Cádiz para orquesta de 1787. Está pensada para celebrar la Devoción de las Tres Horas en la Iglesia del Rosario, práctica recogida de la liturgia hispanoamericana en la que se medita sobre las siete últimas palabras de Cristo citadas por diversos evangelistas. Entre la ‘Introducción’ e ‘Il terremotto’ se glosan musicalmente dichas palabras, más bien frases, que en concierto se ejecutan sin solución de continuidad, pero en el ritual de celebración de esa “muerte revocada”, como decía Azaña, se intercalan entre lecturas y comentarios del celebrante.

El conjunto hizo gala de empaste y delicadeza. En la introducción, el violín de Sebastian Gürtel cantó desde la cuarta cuerda con expresividad y robustez. Destacó por lo bien fraseado del acompañamiento una serena, aunque grave y bien contrastada, ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’, cuarta palabra (Adagio). Al final del ‘Todo se ha cumplido’, sexta palabra, infundieron cierto grado de tensión, para terminar con un sosegado ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’, séptima palabra, que dio paso a un terrible y vibrante terremoto -analogía que no descripción, según Juan José Carreras.

La estructura textual de Haydn se convierte en cinematográfica con el ruso. Shostakovich había trabajado como pianista y compositor para el cine soviético desde los años 20, conocía a la perfección la técnica de montaje y domina el lenguaje fílmico que traspone a algunas de sus obras. Musicalmente enlaza con la tradición rusa de repertorio elegíaco, especialmente con Chaikovsky y su Cuarteto de cuerda nº 3 en Mi bemol Mayor op. 30, dedicado a la memoria del violinista Ferdinand Laub -ambos coinciden en tonalidad y en incluir una marcha fúnebre. Tradición y modernidad que funde con su propio marchamo en cuanto a reflexión sobre la muerte desde finales de los años 60. No obstante, el Cuarteto de cuerda nº 15, su último cuarteto, escrito en 1974 -un año antes de morir-, no está dedicado a nadie en particular; incluso podría ser para él mismo.

El compositor inicia la obra por el final, ‘Elegy: Adagio’, pues una elegía es por definición un lamento por la muerte de una persona. A partir de ahí, a modo de flashback, nos plantea una sucesión temporal: atardecer, ‘Serenade: Adagio’; muerte en la noche, un romántico ‘Nocturne: Adagio’ y marcha fúnebre en la madrugada, ‘Funeral march: Adagio molto’. Como pieza central incluye ‘Intermezzo: Adagio’ y acaba con ‘Epilogue: Adagio’. Los seis movimientos se suceden sin interrupción.

La interpretación del cuarteto vienés resultó grave, detallada y atenta en general aunque faltó cierta tensión en el inicio de la elegía, número de mayor duración. Tras una expresiva enunciación de la serie de doce sonidos de la serenata y los enérgicos acordes rasgados, Florian Berner cantó con comedido dramatismo y el tres por cuatro central, uno más de los característicos valses de Shostakovich -bien movido el tempo-, sonó con el adecuado grado de acidez. Sebastian Gürtel se lució en el recitativo del ‘Intermezzo’ sobre la pedal del chelo. Gertrud Weinmeister supo sacar partido a la languidez del tema del ‘Nocturne’ -con sordina- y la marcha fúnebre obtuvo una sonoridad grande y un carácter solemne, en la que destacaron un doloroso chelo y la carnosidad de la viola. Tras el epílogo, el cual repasa temas de toda la obra, unos segundos del silencio más absoluto que parecieron eternos.

En estas piezas Eros, pulsión vital que nos apresta a la reflexión y al goce, movida por música que habla de muerte, no es una antítesis de Tánatos. Como en tantas otras cosas, ambos caminan cogidos de la mano.
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