España - Galicia

La dittatura del regista

Julián Carrillo
miércoles, 17 de junio de 2009
La Coruña, jueves, 28 de mayo de 2009. Teatro Colón.'Zaide (Das Serail)', K344, singpiel de W.A. Mozart sobre libreto Johann Andreas Schachtner. Dramaturgia y texto de Italo Calvino (1981). Dirección escénica, Graham Vick. Escenografía y vestuario, Dan Potra. Iluminación, Giuseppe di Iorio. Movimiento escénico, Ron Howell. Reparto: Narrador, Helio Pedregal; Zaide, Annamaria dell'Oste; Gomatz, Shi Yijie; Allazim, Stephan Genz; Sultán, Sune Hjierrild; Osmin, César San Martín. Tres esclavos: Ramón Farto López, David Ferreiro Ferreiro y Alberto C. Roca Moro. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director musical, Jonathan Webb. Nueva producción del Festival Mozart de A Coruña.
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Hay quien divide la reciente historia de la ópera en tres épocas. En la llamada dictadura de los divos, algunos cantantes, convencidos de su condición cuasi-divina, hacían y deshacían a su antojo en los coliseos. La dictadura de los directores de orquesta, con el excesivo predominio de los profesionales de la batuta, fue liderada y ejercida primordialmente por Herbert von Karajan, de amargo recuerdo para algunos amantes de la ópera y de la música en general. La oscilación del péndulo de las corrientes operísticas nos ha traído la dictadura del director escénico. Algo de lo que actualmente se habla mucho y que a estas alturas les puedo asegurar que en algunos casos se sufre personalmente.

El jueves 28 de mayo en gala privada y los días 30 y 31 en sesiones abiertas al público, tuvo lugar el estreno de Zaide, de Mozart, con dramaturgia de 1981 de Italo Calvino. El texto vertebra el singspiel inconcluso de Mozart, que adquiere así verdadero sentido teatral: una reflexión sobre cuatro posibles desarrollos de la obra en un hermoso ejercicio dramático de teatro dentro del teatro. El Narrador, encarnado magistralmente por Helio Pedregal, explora las cuatro vías propuestas, llevando de la mano al espectador e iluminando su recorrido. En su primera intervención en el mundo operístico, el actor asturiano no sólo narró sino que centró la acción de todo el elenco, logrando una integración perfecta. Pedregal se echó a la espalda todo el peso de la obra, demostrando que definir la ópera como teatro cantado jerarquiza perfectamente lo sustantivo y lo adjetivo. Máxime, tratándose de un singspiel.


© 2009 by Miguel Ángel Fernández

En la parte vocal de la función, destacó la voz siempre bien colocada y el estilo mozartiano con que se desempeñó Shi Yijie como Gomatz. La irregular colocación de la de Annamaria Dell'Oste la lleva a veces a una afinación insegura. Su versión del aria 'Ruhe sanft' -una dulcísima canción que arrulla el sueño de Gomatz- fue como un dado de piedra; tantas y tan duras fueron sus aristas. Estuvieron muy acertados en los caracteres y las voces de sus personajes Osmin de César San Martín y el Allazim de Stephan Genz. El Sultán de Sune Hjerrild, en cambio, dejó bastante que desear en ambas vertientes y los tres esclavos, encarnados por Ramón Farto, David Ferreiro y Alberto C. Roca, dieron sus papeles con toda la correción y entrega exigibles

Además, en un alarde de profesionalidad casi multidisciplinar, todo el reparto superó brillantemente la exigencia escénica -gratuita y en ocasiones cercana a lo peligroso- de simultanear canto con ejercicios y posturas casi circenses. Por otra parte, la pretendida sorpresa, intentada por las buenas y por las malas, sólo lo fue para el numeroso público “de tifus” habitual en estas galas privadas, pero en modo alguno con el operófilo avezado o para cualquier buen aficionado al teatro.



© 2009 by Miguel Ángel Fernández

Caprichos de niño mimado

No se puede permitir a un profesional, por eximio que sea su arte, ejercer su tiranía sobre tirios y troyanos, colaboradores en el trabajo o eso que se viene llamando crítica y público. Estas situaciones de desequilibrio en un trabajo de equipo denotan la ausencia -esperemos que breve- de un auténtico organizador que, con mano firme y buenas formas, ponga a cada cual en su sitio.

En un foro organizado por el Festival Mozart se ha hablado mucho del trabajo de democratización de la ópera por Graham Vick, de espectáculos en cuyo resultado final tiene un influencia decisiva la dinámica del propio montaje con el aporte de ideas de cuantos intervienen en él. Pero, al final, cualquier espectáculo se organiza -o debería organizarse- para el público, al que se debe el máximo respeto. Y al que, por todo tipo de razones, se le debe proporcionar todo lo necesario para facilitar que goce de ella.

En una función de ópera, no se le puede privar de elementos como el programa de mano, que no sólo facilitan al público gozarla sino, incluso, comprenderla mejor. Especialmente, en el caso de una obra inacabada en su momento y completada dos siglos después. Y menos aún por la actitud caprichosa de un artista.

A la entrada de las dos funciones de Zaide abiertas al público, sólo se entregó a éste una hoja con el reparto de la obra, por el afán de sorprender del director escénico. A estas alturas del s. XXI, ésta es una pretensión con escasas posibilidades reales. Tampoco en una ciudad como A Coruña, una de las que muchos de mis paisanos madrileños llaman “de provincias”, con un aire de vacua superioridad e ignorando que en ella, por ejemplo, se estrenó el Don Giovanni de Mozart en 1798, bastante antes que en la capital del Reino. U obviando el hecho de que muchos coruñeses viajan para asistir a espectáculos de todo tipo en cualquier ciudad del mundo.

Resulta que en el programa de mano se revelaba la pretendida sorpresa. Que, por cierto, no era la escenografía: cualquier aficionado mínimamente experto la adivinaba ya en el hall del teatro. El telón abierto y unos cuantos figurantes deambulando por el escenario la cantaban al más novato. No; se trataba de la dramaturgia creada por Italo Calvino. Era lo único novedoso... De no haber sido publicada el día del estreno privado en la edición de Galicia de El País, en la información previa que redacté con declaraciones de su principal protagonista, el actor Helio Pedregal.

El caso es que el jueves 28 se colocaron programas de mano de Zaide en las mesas y poco después se retiraron, al parecer por orden del director de escena. A partir de ese momento, se decía a quien pidiera el programa que no lo había, pese a que obraba en posesión de muchos asistentes. Hasta aquí, una situación poco respetuosa con la inteligencia del público (ése al que en España se llama el respetable) y ridícula por incongruente.

Pero, en cualquier caso, lo que es inaceptable a estas alturas en un país civilizado son los malos modos frente al público. La organización y sus patrocinadores no deben consentir que alguien relacionado con estas entidades impida con la fuerza física y sin razonamiento alguno -y no lo es espetar un seco y autoritario “¡eso no se puede coger!”- que alguien tomara algún programa de una caja casi llena de ellos situada bien a la vista, justo debajo de la mesa en la que reposaban numerosos ejemplares del esquemático programa general del festival.

Tal acción es sólo un abuso inaceptable. Y tan risible como el del niño que se lleva “su” balón si ve que va a perder el partido que con él se juega. Porque a estas alturas uno prefiere jugar con una pelota de goma, incluso de trapo, antes que aguantar a niños malcriados. Tengan la edad y la categoría artística que tengan.

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