Alemania

Mar de fondo

Alfredo López-Vivié Palencia
miércoles, 21 de octubre de 2009
Múnich, viernes, 16 de octubre de 2009. Philharmonie im Gasteig. Münchner Philharmoniker. Christian Thielemann, director. Anton Bruckner: Sinfonía nº 9 en Re menor (versión original de 1894). Ocupación: 100%
0,0002022 Un vistazo superficial de las circunstancias de este concierto -por un lado, Christian Thielemann deja la titularidad de la Filarmónica de Múnich, por otro, una nueva sinfonía de Bruckner en cartel- me habría llevado a titular esta reseña parafraseando a Groucho Marx: “¡Más Bruckner, es la guerra!” Sin embargo, una pequeña excavación en las motivaciones del portazo del maestro berlinés, y sobre todo, la experiencia de este concierto inolvidable hacen que me retraiga de esa primera intención humorística. Porque el asunto es bastante más serio.

Lo que ha trascendido acerca de la marcha de Thielemann tiene la pinta de una de esas típicas broncas entre los responsables artísticos y administrativos de una institución musical: Thielemann quería ejercer un control muy directo en relación con los directores invitados de la orquesta y sobre los programas que iban a dar (“No puede ser que yo sea responsable de 30 conciertos y que el intendente lo sea de 60”, he leído en algún medio especializado); y el intendente, que en este caso representa al Ayuntamiento de Múnich, se ha negado rotundamente. El resultado es que Thielemann, que llegó a la Filarmónica en 2004, no renovará su contrato más allá de 2011, es decir lo que ya estaba firmado.

Las cosas no son tan sencillas. Es muy cierto que, desde la muerte de Karajan en 1989, ya no existen más vacantes de Generalmusikdirektor con poderes ilimitados (con permiso de Valery Gergiev, claro). Pero también lo es que el proyecto de Thielemann con la Filarmónica de Múnich tiene -o tenía- perspectiva de largo recorrido, y además con exclusividad (ningún otro director de su categoría está ligado sólo a una única institución musical); del mismo modo que en estos cinco años Thielemann ha vuelto a poner a la orquesta en el mapa artístico y discográfico, y su nivel ha mejorado notablemente -la cuerda ha ganado cuerpo y el metal redondez- tras la etapa de James Levine, en que parecía que a la orquesta se la había tragado la tierra.

Hojeando el programa de la orquesta para esta temporada, están anunciados nombres como los de Thomas Hengelbrock, Christopher Hogwood, Andrew Manze y Johannes Kalitzke, todos con programas ad hominem. A primera vista, no parece que encajen demasiado en los planes de Thielemann, aunque tal variedad no deja de ser síntoma de vitalidad para la orquesta y para su público; por lo que parece extraño que, si todo el barullo se restringiera a eso, no haya sido posible alcanzar una solución de compromiso entre las partes.

Pero es que luego está el asunto del repertorio. A Thielemann le va, sobre todo, el canon romántico alemán -incluyendo a Hans Pfitzner-, y a nadie se le escapa que es un auténtico campeón en la materia (incluso Norman Lebrecht lo reconoce abiertamente). Y esto también tiene sus detractores; y no porque moleste que Thielemann toque a Beethoven, a Brahms, a Bruckner, a Wagner o a Richard Strauss, faltaría más. Sino por cómo los toca: en las formas, con los violines enfrentados, con la cuerda grave a la izquierda, y con esa predilección manifiesta por el sonido oscuro; en los fondos, porque las interpretaciones de Thielemann van más allá de una mera ejecución musical más o menos brillante.

Habitualmente, un concierto de Thielemann da que pensar, tiene un mensaje encriptado que le impide a uno salir de la sala y volver al mundanal ruido como si tal cosa. No es que Thielemann imparta doctrina, pero con sus interpretaciones sí ha querido decir algo, con independencia de que ese “algo” quede a la libre hermenéutica de cada uno. Y esto tiene un cierto cariz incontrolable, casi subversivo, y en consecuencia algunas voces lo consideran políticamente incorrecto desde el momento en que se está pagando con dineros públicos.

Los conciertos de este fin de semana -por cuadruplicado, y todos con las entradas agotadas- eran los primeros de Thielemann tras hacerse pública su marcha de Munich; y con la Novena Sinfonía de Anton Bruckner en atriles. De manera que el morbo estaba más que servido. Lo cual quedó demostrado a la entrada de la orquesta en el escenario, recibida con una larga ovación -y algún conato de abucheo, señal de que también hay contestación interior-; y, naturalmente, a la entrada del maestro, saludada con numerosos gritos de Bravo!... más que al final del concierto.

¿Por qué? Sólo puedo hablar por mí, pero al terminar la interpretación -y después de los treinta segundos largos de silencio absoluto que siguieron al último acorde de las trompas- el nudo que tenía en el estómago me impedía ir más allá de unos aplausos que, por muy fuertes que sonaran, estaban lejos de poder expresar el reconocimiento, el agradecimiento y la consiguiente deuda por una interpretación impresionante, en el más etimológicamente directo sentido de la palabra. Aunque me dejara con mal cuerpo.

Thielemann, de nuevo, había dejado ir unas cuantas cargas de profundidad en su versión, y ahora tocaba descifrarlas; o al menos intentarlo. Y a estos efectos, encontré ayuda en una fotografía que constaba en el programa de mano, y que yo no conocía: con la leyenda “Severamente enfermo, poco antes de su muerte (1896)”, en ella se ve a Bruckner en camisón, tendido en la cama de su apartamento del Belvedere, al lado de la estufa, con los ojos cerrados y las piernas dobladas, en expresión de dolor contenido.

Tal vez fuera eso lo que Thielemann quería decir. En su interpretación no hubo ningún drama explícito, ni tensiones insoportables; pero sí hubo una fuerza interior que le engullía a uno, una corriente irresistible que me mantenía con todos los sentidos despiertos, al tiempo que atiborraba mi cabeza con información codificada. Y todo ello dentro de una versión lenta -setenta minutos-, pero nunca premiosa, gracias a una elasticidad sorprendente en el fraseo de los temas -vinieran de donde vinieran-, y a unas transiciones que cobraban sentido al llegar a las pausas.

Pocas veces, si no ninguna, he comprendido tan claramente el significado de la indicación “Misterioso” que lleva el primer movimiento, y que Thielemann consiguió de forma incontestable desde el tremolo inicial. De forma que, al alcanzar el tema principal, notaba que estaba siendo arrastrado hacia un fondo de inquietud implacable hasta la grandiosa coda, dicha sin el menor atisbo de pompa, construída desde dentro. Era como si el Bruckner de aquella fotografía dijera en voz alta, pero sólo para sí, “aún estoy aquí”.

El Scherzo no fue ningún infierno. Al contrario, Thielemann suavizó el bombardeo de la trompetería y de los timbales utilizando a la vez todo el arco en las cuerdas, casi como un bálsamo antes del respiro del Trio. Y en el Adagio Thielemann echó mano de su sabiduría parsifaliana para continuar con aquella inquietud pero sin perder la serenidad: el tema de la cuerda se dijo con amplitud -¡qué empaste!-, los truenos de los tutti con una paleta dinámica asombrosa, por doquier destacaba la belleza y la elocuencia de las voces medias de la cuerda, los ostinati de la madera en el último desarrollo sonaban penetrantes pero no hirientes, a la última explosión disonante siguió una pausa eterna, y la conclusión se expuso con la naturalidad y la esperanza de quien -aun abatido en el lecho de muerte- tiene la certeza de un futuro.
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