Francia

En la ardiente oscuridad

Jorge Binaghi
viernes, 30 de octubre de 2009
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París, lunes, 12 de octubre de 2009. Théâtre des Champs-Elysées. Wozzeck.(19 de diciembre de 1925, Staatsoper, Berlin). Texto de Georg Büchner, música de Alban Berg. Intérpretes: Simon Keenlyside (Wozzeck), Katarina Dalayman (Marie), Peter Hoare (el Capitán), Hans-Peter Scheidegger (el Médico), Hubert Francis (el Tambor Mayor), Robert Murray (Andres), Anna Burford (Margret), Ben Johnson(el loco) y otros. Versión de concierto. Coro de Radio France (dir.: Matthias Brauer) y coro de niños de Radio France (dir.: Sofi Jeannin). Voces y Orquesta Philharmonia de Londres. Director: Esa-Pekka Salonen
0,0002158 Vi por última vez esta misma obra en Bastille, hace menos de dos años, en una nueva y discutible versión escénica y con el mismo protagonista, que entonces debutaba en el rol. Una versión de concierto de Wozzeck parece un contrasentido, si no un disparate. Y no. Resultó no sólo mucho mejor que aquella sino que, en mi experiencia, figura en el segundo puesto de las grandes versiones (la primera sigue siendo la de Abbado en Salzburgo con una de las puestas en escena más logradas de Peter Stein). No contar con decorados y, sobre todo, con ‘conceptos’ de ‘régie’, se reveló toda una suerte. No importaba que los cantantes estuvieran todos delante de la orquesta vestidos con trajes de noche. Supieron moverse lo justo y expresar (con una dicción ejemplar del texto en casi todos los casos) la negrura, el caos, la oquedad, el disparate, el ridículo, la diferencia entre lo que se dice y se hace. Seguramente no habría sido lo mismo sin la extraordinaria labor de la orquesta londinense, cada uno de cuyos atriles parecía un solista de renombre.

Pero no se trató sólo de perfección técnica o de belleza de sonido. La ejecución de Salonen, mucho más ‘despiadada’ que la de algunos de los grandes representantes de la tradición centroeuropea o sus descendientes (como Abbado), más ‘objetiva’, más ‘de bisturí’ si se quiere, terminó por ser acongojante de oprimente (y no sólo en los interludios o en la famosa ‘pasacalle’). Y sonando fuerte no cubrió nunca a los cantantes (la acústica y la sala tienen su parte también en este logro).

Así se dio el caso de que en cuatro días la mejor ‘representación’ de una ópera que me tocó ver fue la que no tenía puesta en escena (se le acercó, pero el material es menos magnético y el director también, Die tote Stadt: qué curioso, dos obras de principios del siglo XX). Los coros, que cantan poco pero en momentos fundamentales (sólo pensar el final con ‘el hijo sin padres’ jugando a caballitos más que solo abandonado por sus compañeros de juego) y que fueron el aporte francés a la función estuvieron a gran altura, como las voces de la propia Philharmonia.

La mayor parte de los cantantes era de procedencia sajona. Sólo el médico era alemán (y lo hizo bien Scheidegger, pero no fue el mejor ni en el conjunto ni en la lista de ‘doctores’: no resultó ni mefistofélico, ni suficientemente loco o cínico). La voz de Burford es interesante, pero su emisión, que parece discutible en otros papeles, aquí sirvió a ‘Margret’. Tampoco Johnson fue el más relevante de los ‘locos’, pero cumplió sobradamente. Mencionemos a los dos compadres borrachos, ya que si David Soar fue suficiente, Leigh Melrose impresionó con sus medios vocales. Y de aquí en más lo correcto o bueno se empinó. ‘Andres’ fue cantado tal vez con demasiada seducción por Robert Murray, pero qué bien lo hizo. Otro tenor, Hubert Francis, dio, con sus espléndidos agudos y su fraseo, toda la vulgaridad y jactancia del ‘Tambor Mayor’. Pero sin duda fue el tercero (tres tenores, ya) el que más entusiasmo despertó, y justificadamente: el ‘Capitán’ es un personaje fundamental de la obra, símbolo inequívoco de las manos en que nos encontramos: siniestro, neurótico, absurdamente autoritario, Hoare cantó, además, de modo admirable.

Claro que sin los dos protagonistas marginales y marginados no hay Wozzeck que se imponga. Dalayman es una voz claramente de soprano, puede que un tanto áspera en el agudo (sobre todo al principio de la velada), pero no importaba su distinguido porte por la convicción que ponía en sus palabras, la angustia y la rebelión que laten en cada intervención de ‘Marie’, hasta terminar con la lectura de la Biblia en gran forma.

A estas alturas, no sé si tengo que seguir escribiendo sobre las actuaciones de Keenlyside porque no sé qué más decir, y es siempre más fácil describir alguna reserva o alguna limitación que explicar lo simplemente ‘total’. No tanto por su magnetismo ‘natural’, sino por la forma en que lo encauza al servicio de cada obra (no importa si es un lied, un aria o un recitado). No creía que fuera posible que mejorara su rendimiento vocal; pues lo hizo: está más oscuro, más espeso el timbre, más aplomado el cantante, los agudos salen como si tal cosa. Y todo al servicio del texto (que se le entiende casi en la totalidad) y del personaje, ese humillado y vencido que, a su modo, sabe más del mundo y tiene una filosofía más correcta que los que le pagan una miseria y lo burlan. No hay más que ver cómo ‘defiende’ su derecho a orinar en la calle para entender que el pobre soldado Franz, un tanto ‘retrasado’, es, pero en serio, ‘un buen hombre’. Que por eso mismo termina matando en un gesto de inútil rebelión. La angustia y rechazo que hay en sus ‘Nix!’ y sus ‘Blut!’ apabullan más que si estuviera vestido del personaje. Los ojos, las manos, el cuerpo todo, le permitieron crear ‘ex nihilo’ (si ‘nada’ son el propio cuerpo y la propia voz) el mejor ‘Wozzeck’ que hasta hoy he visto, incluido él mismo en su anterior presentación.

Creo firmemente que todavía hay lugar en la historia del arte lírico para figuras históricas, fundamentales, irrepetibles, y que saben conjugar con equilibrio rarísimo el arte del canto y de la interpretación y la escena. Puedo, claro está, equivocarme (visto que no creo en algunas figuras recientes -incluso actuales- que se proclaman históricas), pero la dimensión del arte de Keenlyside es de las que se advierten mejor no comparándola con la de sus contemporáneos sólo, sino, y sobre todo, con sus predecesores (y estoy pensando en su doble calidad de cantante de ópera y de recitalista).
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