Italia

Una pareja extraña

Anibal E. Cetrángolo
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Venecia, miércoles, 16 de diciembre de 2009. Teatro La Fenice. Šárka, ópera heroica en tres actos; libreto de Julius Zeyer de la ‘Crónica de Dalimil’; música di Leoš Janáček. Primera representación: Brno, Národní divadlo, 11 noviembre de 1925. Estreno en Italia. Elenco: Christina Dietzsch (Šárka); Mark Doss (Premysil); Andrea Carè (Citirad); Shi Yijie (Lumir). Cavalleria rusticana, melodrama en un acto; libreto de Giovanni Targioni-Tozzetti y Guido Menasci del drama homónimo de Giovanni Verga; música de Pietro Mascagni. Estreno: Roma, Teatro Costanzi, 17 de mayo de 1890. Personajes e intérpretes principales: Anna Smirnova (Santuzza); Walter Fraccaro (Turiddu); Elisabetta Martorana (Lola); Silvia Mazzoni (Lucia); Angelo Veccia (Alfio). Regia, Ermanno Olmi. Escenografía, Arnaldo Pomodoro. Vestuario, Maurizio Millenotti. Orquesta y Coro (director del Coro, Claudio Marino Moretti) del Teatro La Fenice. Maestro concertador y director, Bruno Bartoletti. Nueva puesta de la Fondazione Teatro La Fenice.
0,0002598 La temporada 2008-2009 de La Fenice concluye en este diciembre con una pareja de óperas no habitual: Cavalleria Rusticana traiciona a su habitual compañera de Leoncavallo, I Pagliacci con este título de Janáček que es nuevo para Italia. La combinación no es caprichosa ya que ambas óperas, si bien de caracter muy diferente, son casi contemporáneas. Janáček compuso Šárka en 1887, tres años de la prima romana de Cavalleria. El melodrama del compositor moravo inaugura la serie de obras para el teatro de Janáček que habrían de comprender títulos importantisimos del teatro musical del siglo XX como Janúfa, Káta Kabanová, Příhody lišky Bystroušky, (La zorra astuta), Věc Makropulos (El asunto Makropulos) y Zmrtvého domu (Memorias de una casa de muertos), esta última sobre la novela de Dostoevski.

La versión que presentaba La Fenice de ambas óperas fue precedida por una lógica expectativa porque en las mayores responsabilidades reunía tres figuras célebres de la cultura italiana: el gran director de cine Ermanno Olmi que el público ama desde su primer éxito L’albero degli zoccoli, película que hace ya tres décadas recibió la Palma de Oro en Cannes, el gran escultor Arnoldo Pomodoro y Bruno Bartoletti, una batuta histórica de la escena musical italiana. Me resulta curioso y emocionante encontrarme después de más de cuarenta años con un podio ocupado por el maestro toscano: él fue el responsable de una de las primeras óperas que vi en mi vida en el Colón y aquel recuerdo es seguramente imborrable para todos los que recibimos aquel don del cielo que fue asistir a La Favorita con Fiorenza Cossotto, Alfredo Krauss y Sesto Bruscantini en junio de 1967. Olmi y Pomodoro, famosos en sus artes respectivas, son artistas que muy frecuentemente se han ocupado de la puesta de óperas y en esta ocasión han respectivamente cubierto las funciones de regisseur y escenógrafo.

En la patriotica empresa de construir una ópera nacional, Janáček con esta Šárka supone continuar la historia que deja Libuše de Smetana y en efecto la mítica protagonista de esta última ópera aparece, si bien como cadáver, en un trono frente al público durante toda la puesta de Olmi. Se trata de una historia que, como es habitual en estas óperas fundacionales de la nación, remite a una leyenda, en este caso escrita en checo en el siglo XIV. En realidad el texto de Šárka, de Julius Zeyer estaba pensado para ser puesto en música por Dvorak pero éste último nunca concretó el proyecto. Cuando Janáček pidió autorizacion a Zeyer para componer su versión sobre aquel libreto vacante recibió una arrogante negativa de parte del escritor. Fue así que la ópera debió esperar la celebridad del compositor para que pudiese encontrar al público recién en 1925.




Se encontraron en este diciembre, entonces en La Fenice, una leyenda con nostalgias de Tetralogía wagneriana y el drama emblemático del verismo naturalista, la oscuridad del bosque con el más luminoso mediterráneo de Sicilia. Para ambos compositores estos títulos significarían el comienzo de una carrera de compositor de ópera, pero mientras Janáček habría de conseguir en el futuro triunfos célebres sobre el escenario lírico, Mascagni nunca habría de superar el éxito de esta Cavalleria escrita para un concurso.

Con esta presentación el teatro de Venecia concluyó brillantemente la temporada.

Para comenzar con lo vocal, me apresuro a indicar que respecto de los solistas de canto todo lo que se escuchó fue muy digno.

En la ópera de Janáček los cuatro protagonistas formaron un equipo eficaz y si bien todo se desempeñaron con gran solvencia, causó positiva impresión el trabajo del tenor Andrea Caré un joven de musicalidad dúctil y elegante que legitima fundadas esperanzas.

También en Mascagni la compañía de canto fue muy satisfactoria. La Santuzza de Anna Smirnova, artista de voz oscura, resultó presentada con densidad y gran eficacia tanto en lo vocal como en lo dramático y lo mismo cabe decir del Alfio excelente de Angelo Veccia. El tenor protagonista, Walter Fraccaro confirmó las impresiones de las anteriores citas líricas que hemos tenido con este cantante. Es verdaderamente frustrante no poder aplaudir a un artista cuando este posee una voz bella, sin obstáculos técnicos serios y con gran volumen. Desgraciadamente, todas esas virtudes tan dificiles de encontrar reunidas, son colocadas en un lugar que se encuentra en las antipodas de la elegancia musical. Todo lo que propone Fraccaro es estentóreo. Cuando excepcionalmente este cantante ensaya la vena afectiva no logra escapar de la versión más convencional del sentimentalismo lacrimógeno. Correctos los demás, aunque la Lola de Elisabetta Martorana, estupendamente actuada, pareció delatar cansancio vocal.

Lo visual fue hermoso y no desmintió el alto prestigio de las firmas de los responsables escénicos.



En especial, el comienzo de Cavalleria, todo espacio y sol que enceguecía con su reflejo sobre la roca blanca, fue perfectamente eficaz en transmitir un escenario de desolacion que se ubicaba más en los afectos que en el paisaje.

El gran crescendo del famoso coro litúrgico de la Resurrección coincidió con el alzarse de una enorme cruz que llenó aquel espacio justificando los movimientos de escaleras y poleas que precedieron aquel momento. Fue emocionante.

Estos memorables aciertos que exaltaron las dotes de escultor de Pomodoro dejaron vislumbrar, sin embargo, alguna estaticidad en lo teatral.

La presencia del Maestro Bartoletti garantizó una lectura encomiable y los grupos musicales se desempeñaron de manera excelente (¡estupendos pianissimi del coro en el ‘Regina coeli’!) aunque los bronces de la orquesta malograron alguna situación. Fue perceptible, eso así alguna incompresión entre los tempi del escenario y los del podio.

Presencié la representación del miércoles 16 de diciembre y el teatro no tenía claros. El público de La Fenice, avaro de entusiasmos, consignó su aprobación solamente al final de las óperas, lo que es ser muy correcto y educado si no se quiere interrumpir la dramaturgia, ¡pero comportarse en Cavalleria como en Parsifal es casi una falta de respeto!
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