Bélgica

Desvestir al desnudo

Jorge Binaghi
lunes, 15 de febrero de 2010
Bruselas, jueves, 28 de enero de 2010. Palais des Beaux Arts. Mussorgski: preludio de La Jovanchina (1872-1880). Shostakovich: Sinfonía nº 1 en fa menor (op.10) (1924-1925). Chaicovski: Sinfonía nº 4 en fa menor, op.36 (1877). Orquesta del Teatro Marinski. Dirección: Valery Gergiev. Aforo completo
0,0002962 En memoria de Inda Ledesma*

En la presentación en Bruselas, Gergiev y sus huestes presentaron dos programas con obras rusas. Tuve que elegir y dejé de lado el primero (Chaicovski, Borodin y Rimski). Después del segundo he tenido tiempo más que suficiente para escribir y no he logrado hacerlo. Fue un concierto peculiar, en el que no sólo reaparecieron varias caras amigas sino que lo hicieron con el recuerdo de los ausentes que habrían disfrutado del concierto. Donde, además, yo que odio tomar nota porque me parece un tanto pedante y sobre todo molesto para los otros espectadores, garabeteé convulsivamente (y aún estoy descifrando). Y donde lo más conocido y trillado se convirtió en un descubrimiento.

Vayamos por partes. Es definitivamente cierto que Gergiev es ahora un hombre sin duda todavía joven pero ya maduro, no sólo porque ha habido transformaciones en su complexión física sino porque el gesto está más contenido aunque cargado siempre con la misma electricidad y tal vez con más intensidad y expresividad (por supuesto lo hizo sin batuta ya que sus dedos siguen tan ágiles, precisos y claros como siempre, pero, salvando el momento inicial y más breve, con partitura, que siguió con gran atención durante Shostakovich y que tuvo delante -tal vez como la tenía ese otro genio llamado Richter al final de su vida- por las dudas pero que poco ‘miró’ en Chaicovski).

Hacía un tiempo que no veía a la orquesta del Marinski. Me parece que está, como media, rejuvenecida. Y la peculiaridad de este concierto radica para empezar en sus integrantes. Capaces de reír y hacerse bromas mientras agradecen los aplausos, pero también de seguir comprobando en forma casi obsesiva la afinación de los instrumentos (la juventud de trombones, trompetas, percusión y buena parte de los vientos deja sin aliento porque, cuando le tocó a cada uno un momento solista -largo o breve- eran primerísimas figuras). Cómo se escuchaban unos a otros, como atendían al maestro (la cara de disgusto y hasta casi miedo de un violonchelo nada jovencito cuando golpeó ligeramente el atril en un breve silencio de la ‘Cuarta’ lo dice todo), con qué gusto se aplaudían, qué sensación de equipo (hay que reconocer que tienen tradición porque cuando los conocí hace unos treinta años en Barcelona con su entonces director, el mítico Mravinski, también eran un sólido grupo). No creo que Gergiev les haya leído nunca el discurso del rey Enrique V a sus tropas en la obra de Shakespeare, pero la sensación es un poco esa.

Con todo lo que ha dirigido Jovanchina Gergiev, nunca se la había escuchado en vivo. Esperaba un ‘amanecer en el Moskova’ tan maravilloso de color como fue, pero con una ‘objetividad’ y ‘serenidad’ olímpicas que no me esperaba, como si la naturaleza estuviera antes y después del drama y a ella se fuera en busca de claridad y fuerzas (flauta y clarinete solista tuvieron mucho que ver en esa sensación). Las cuerdas, como harían en todo el concierto, no sólo acompañaban o ‘redondeaban’ sino que daban el tono y lo mantenían. Claro está que no es una orquesta ‘occidental’ y no desearía que esta descripción dejara la impresión de algo impecable, perfecto y algo frío. Nada de eso: los ‘colores’ tienen siempre esa punta indefinible de melancolía que es inseparable de la gran música rusa de cualquier época.

Volvió a ocurrir en el más próximo de los compositores, aunque la Primera de Shostakovich no sea -véase la fecha- tan dramática o problemática como otras suyas. Pero Gergiev tampoco hizo brillar lo que, según muchos, es el elemento paródico e irónico con respecto a las formas clásicas en la composición. El sólo de violín del final, y el eco del violonchelo, si fueron macabros como dice la nota del programa, no parecieron serlo ‘humorísticamente’. Es cierto que los metales -qué entrada hicieron aquí en el primer movimiento- suelen ser bastante irónicos, pero aquí sonaron con mucha fuerza y poco de ‘pathos ridículo’ (el programa dixit: ‘pathos’ hubo; lo ridículo poco se advirtió, y no sólo en el movimiento ‘lento’-el tercero- sino incluso en los tan movidos ‘allegretto’ y ‘allegro’ precedentes, sino en particular en el ‘allegro molto’ final). Que las cosas iban en serio y que aquí se hacía y se escuchaba música, pero no sólo, y que la experiencia era estética pero de un tipo más bien trascendental se advertía no sólo en cómo se hacía la música, la gestualidad del director (los tiempos fueron, para Gergiev, moderados), sino en que el público casi no hizo ruido. Ahí, clavado cada uno a su butaca, a solas con la música, en lucha o en sintonía con ella.

Que fue así, que Gergiev y los suyos fueron de cabeza al fondo (no pude impedir una sonrisa ante el importuno recuerdo -o no- de una frase de Cicerón que lo pinta de cuerpo entero ‘neque id ad vivum reseco’ del De Senectute, o sea que no examina las cosas hasta el final, porque aquí estábamos en lo contrario) se comprobó con el ‘caballo de batalla’ del programa, la popular Cuarta de Chaicovski. Que yo temía un poco porque me parecía conocerla mucho. En mi caso particular, además me rejuvenecí esos treinta años desde aquel debut en el Palau, donde las versiones de Francesca da Rimini y la aún más famosa ‘Quinta’ del compositor aplastaron literalmente tanto mis ‘convicciones’ sobre ambas que aún las recuerdo con emoción y gratitud. La misma con la que ahora escribo que me pasó con esta Cuarta, donde el título que me vino a la mente fue el de la obra de Pirandello que cito en nota. Cuánto deben reírse Gergiev y su tropa de los lugares comunes sobre el más occidental de los escritores rusos, su lirismo algo superficial y enervado, sus pasos de ballet en los movimientos rápidos, etc. Pasó como cuando el maestro se hace cargo de, por ejemplo, La dama de picas de la que uno no logra salir indemne. No sólo los famosos ‘golpes del destino’ iniciales que se van repitiendo y transformando… El lamento que salió en el segundo tema del primer movimiento con la complicidad de los vientos en esas breves frases obsesivas fue aun más estremecedor. Y no se trata de mera ‘desdicha biográfica’ ni del ‘tormento’ que sabemos que el músico sentía. La Cuarta se transformó en un cuadro despiadado, áspero (pegaron duro los chicos de los metales, durísimo), sin complacencias, y ni siquiera el famoso ‘scherzo’ con su pizzicato ostinato- allegro nos dieron tregua. El 'pizzicato' fue por momentos apenas audible, el ‘allegro’ estaba en la rapidez, pero lo que dominaba era el ‘ostinato’, cuanto más cambiaba la dinámica, más ‘ostinato’ era; y si había un ‘scherzo’ era precisamente la ‘broma’ de la que somos objeto. En realidad, si uno lee, más que el programa que contó el propio Chaicovski relacionado con su momento vital, los nombres de los movimientos, Gergiev ‘simplemente’ los ‘tradujo’ para nosotros, pero sin edulcorantes.

No diré yo que no haya habido ‘maneras’, pero sí que hubo una fuerza a veces de una brusquedad que no estaríamos dispuesto a concederle (de burro que es uno, nada más): porque hubo ‘andante’ sí, pero claramente ‘sostenuto’ en el primer movimiento, seguido por un ‘moderato con anima’ (el lamento, claro), y el ‘andantino in modo di canzone’ no fue una melodía fácil o superficial, sino que restituyó la melancolía a la que se refería explícitamente el autor. Y en cuanto al ‘allegro con fuoco’ final, casi nos incendiamos con lo que resultó ser casi un único interminable crescendo que será, sí, el intento del autor de salir de su infelicidad para reunirse con el mundo exterior, la gente….pero también es su fracaso. El abrumador final, rápido y electrizante, tras el cual se alzó el clamor claramente reprimido y emocionado de tantos espectadores -el mío entre ellos- supo casi a final de obertura verdiana.

Y como nadie se iba ni se hartaba de aplaudir a solistas, sectores, conjunto y maestro, se produjo el bis (yo habría preferido que no lo hubiera, pero entiendo que muchos lo necesitaran). No podía ser, claro, nada más que Chaicovski (de los tres desdichados que configuraban el programa, probablemente él lo haya sido más y más constantemente: poco más de cincuenta años de vida, junto a los cuarenta de Mussorgski y los sesentinueve de Shostakovich, han sido siempre -y lo son más después de este concierto- tres soberanas injusticias frente a tanto delincuente entre asesino y mediocre que alcanzó o alcanza los casi ochenta, los casi noventa, los casi cien para fastidiar lo más posible a su prójimo y mayor baldón de nuestro género).

¿Qué podía venir, un movimiento de una sinfonía, una obertura, algo de un ballet? ¿Queríamos un poco de alivio? En todo su brillo, su color, y su enorme soledad estalló el principio del tercer acto de Eugenio Oneguin con una dinámica, una fuerza, una rotundidad y una ‘gracia’ que, sin embargo, no dejaban lugar a ‘consuelo’. Tanta precaria -y tal vez fingida- alegría es el último resplandor antes de que el drama llegue a su desolado final. Cuando a Chaicovski se lo dirige así, cuando se le sacan los afeites que ‘tradiciones’ le han ido agregando, cuando se lo ‘desviste’ y ‘descompone’ al final nos quedamos con ese hombre asustado e indefenso que sin embargo osa decirlo. Ya que estamos en plan de recuerdos, literarios o no, a esta forma sin complacencias de transmitirnos a Chaicovski se la podría describir con el verso final de una conocida poesía de Martí: ‘vuelve, fosca, a un rincón el alma trémula y sola’.

Nota

Me permito dedicar esta reseña a una de las mayores actrices argentinas fallecida recientemente en medio de la mayor negligencia por parte de quienes, como responsables, han hecho funerales homéricos a personajes mucho menos decisivos para la cultura de un país y en sedes ‘importantes’ (que ellos se encargan de desprestigiar). Su consagración le llegó de la mano de Pirandello y su Vestir al desnudo.
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