Rusia

No fue una función estudiantil

Maruxa Baliñas
jueves, 11 de marzo de 2010
Moscú, domingo, 14 de febrero de 2010. Teatro Bolshoi. Nueva escena. La Fille mal gardée, ballet cómico en dos actos de Yuri Grigorovich con música de Peter Ludwig Hertel y libreto de Jean Dauberval. Jean Pierre Cassigneul, decorados y vestuario. Mijail Sokolov, iluminación. Elenco: Anastasia Soboleva (Lise), Artem Beliakov (Colás), Andrei Velichkin (Marcelina), Grigori Ivanov (Michaud), Georgi Gusev (Nikez), amigos de Lise, amigos de Colás, notario, músicos, bailarinas gitanas, segadores, invitados a la boda, etc. Orquesta del Teatro Bolshoi. Igor Dronov, director musical.
0,0001461 Es difícil calificar de función estudiantil estas representaciones de La Fille mal gardée, incluso aunque los papeles fueran bailados por alumnos -algunos a punto de graduarse- de la Academia Pública de Coreografía de Moscú. Sólo la danza de zuecos de los niños más pequeños -ocho, diez años- tomó un poco ese carácter estudiantil, pero todos aplaudimos con ganas su profesionalidad al hacer una coreografía muy sencilla pero muy lucida, y hacerla con toda seriedad y rigor.

Tampoco parecía de función estudiantil el cuidado dado a todos los aspectos coreográficos, decorativos, técnicos, etc. Como en cualquier función de gala del Bolshoi, había un telón exterior, de estilo impresionista, al que le sucedieron varios telones internos con los fondos necesarios para cada escena (patio de la granja, campo de gavillas, etc.) con un estilo idealizado pero realista. De hecho, en la página web del Bolshoi se avisa que se ha hecho una reconstrucción de un escenario antiguo bajo la supervisión de Mijail Sapozhnikov. También el vestuario y la iluminación estaban cuidados al detalle.

La coreografía de Grigorovich -estrenada en 2009- me gustó mucho, porque aquí sí pareció acertar con el equilibrio entre clásico y moderno que le falta en otras coreografías [léanse críticas de EspartacoDon Quijote, o Bayadera]. Por supuesto, y como es habitual en él, aprovecha también números de las antiguas coreografías de Jean Dauberval, Jules Perrot, Marius Petipa, y Alexander Gorsky, y esos son para mí los números más interesantes de la representación. Puro Grigorovich es por ejemplo el chiste de hacer salir volando con el paraguas a Nikez o el número de conjunto de la segunda escena, con los segadores bailando, también muy de musical. No es extraño que fuera precisamente aquí donde se notaron de los pocos errores de conjunción -aunque mínimos- que hubo en la función. También es muy discutible la introducción de puntas en La Fille mal gardée, un ballet de 1789, donde por tanto pueden aparecer ocasionalmente como ironía o recurso excepcional, pero no como parte habitual de la coreografía. Lograda fue la danza de los gitanos, con su música de verbunkos, y en general el segundo acto, donde aparecían partes musicales de Riccardo Drigo, Louis Herold, Cesare Pugni, y Georges Bizet (Carmen), siguiendo la tradición musical rusa, tanto de Moscú como de San Petersburgo.

Quizá lo que más me impresionó de esta representación fue la tradición mímica, que en el Bolshoi se mantiene con más naturalidad y vivacidad que en ningún otro teatro que yo conozca (incluido el Mariinski de San Petersburgo). Todos los personajes actuaron con total convicción la parte actoral de sus intervenciones, pero lógicamente fueron Andrei Velichkin y Georgi Gusev los más destacados. De hecho Gusev se me ha quedado grabado en la memoria como uno de los mejores mimos de ballet que he visto en mi vida (junto con un Mercurio de Romeo y Julieta en el Mariinski, del cual nunca llegué a saber el nombre): realmente parece de goma cuando baila totalmente desarticulado para reflejar su falta de cordura.

Los papeles principales fueron espléndidamente bailados por Anastasia Soboleva (Lise) y Artem Beliakov (Colás). Soboleva es una bailarina muy completa que cumplió igualmente bien con las partes técnicas, expresivas, o mímicas. De Beliakov me impresionó especialmente su agilidad, sus correctísimos batte entrechats y sus saltos, a pesar de que se trata más bien de un bailarín expresivo que de uno de bravura.

Como siempre la orquesta, bajo la dirección de  Igor Dronov, fue un auténtico lujo. No sólo porque interpretan la partitura del ballet a un nivel altísimo, sino también porque están pendientes de todo lo que pasa en el escenario para adaptarse y cubrir posibles fallos. Y realmente debieron cumplir bien su función porque aunque se trataba de una representación estudiantil no se notó prácticamente ningún desajuste. 
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