España - Castilla y León

Involución contra el fundamentalismo

Samuel González Casado
martes, 25 de mayo de 2010
Valladolid, sábado, 15 de mayo de 2010. Auditorio de Valladolid. Orquesta Filarmónica Checa. Eliahu Inbal, director. Mahler: Sinfonía nº 10 (vers. Cooke). Ocupación: 80% de 1700
0,0001423 Vuelve la Filarmónica Checa a Valladolid después de su visita hace unas temporadas con La novia del espectro, de Dvořák; esta vez con la Sinfonía nº 10 de Mahler, en la siempre disfrutable versión de Deryk Cooke. Se trata de un tipo de repertorio donde, sin coro ni solistas como la otra vez, la orquesta está totalmente expuesta y puede lucir todos sus puntos fuertes, que en este caso superan por goleada a los débiles.

Un grupo instrumental de la fama y la tradición de la Filarmónica Checa por fuerza ha de exhibir acusada personalidad. Como ocurre en el caso de los cantantes, muchas veces un sonido netamente reconocible es más importante para el éxito que la perfección técnica, a la que –en el caso de las orquestas de nueva creación– cualquier sala de conciertos u ópera puede acceder con criterio, algo de tiempo y dinero (estoy pensando en algún evidente caso español). La orquesta con sede en el Rodolfinum se parece a pocas. No creo que tenga muchos puntos en común con las orquestas alemanas. Praga no está muy lejos de Dresde, por ejemplo, y sin embargo me resulta difícil pensar en una orquesta más distinta a la Staatskapelle, toda tersura en sus tonos oscuros, cálidos, sin aristas incluso en los fortes.

La Filarmónica Checa, sin embargo, tiene una cuerda afilada, y un color claro general muy característico. El ímpetu, además, es proteico: los violonchelos y contrabajos no aspiran a contrastar, ni violines y violas a pianísimos evanescentes, sino que muestran sus credenciales en un arco dinámico variadísimo pero siempre palpable y seguro, muy conjuntado pese a lo que a veces se ha dado en llamar "acidez" de las orquestas de los antiguos países de Este. Quizá este buen empaste y equilibrio sea la ventaja principal sobre sus colegas cercanas afincadas en la misma Praga o en Bratislava, de parecido color pero distintas características técnicas.

La versión de Eliahu Inbal de esta sinfonía híbrida, a la que las peculiaridades de la orquesta le van como anillo al dedo, gozó de una especie de "involución" estilística a lo largo de sus cinco movimientos para nada peyorativa. La batuta tiende sobre todo a ser diseccionadora, y en la actualidad mira a Mahler con pocos romanticismos, la verdad, al menos en los tres primeros movimientos, en los cuales se saca a la luz lo que de disonante e implacable tiene esta música, pero apelando sobre todo a la transparencia y las sutilezas a la hora de que unas familias u otras muestren preponderancia. Por ejemplo, las numerosas maderas suenan con una presencia muy especial en muchos momentos, pero nunca desde una visión del discurso musical caprichosa o con ínfulas de originalidad, sino más bien en espléndido acto de servicio por la patria mahleriana.

Pese a lo anterior, en el cuarto movimiento Inbal se empieza a permitir algunas cosillas más identificables con la gran tradición: fraseos amplios, retenciones y algún golpe de efecto; y en el quinto se confirma la "involución" total desde el inolvidable solo de flauta que compendia gran parte del material temático del último movimiento. Sin abandonar ese rigor implacable de ritmo y tempi, Inbal no tuvo embages en soltarse la melena de la exuberancia sonora, y a veces hasta sentimental, de ese Finale por el que siempre estaremos agradecidos a Cooke.

Fue un merecido premio a toda la cortante tensión anterior, porque sobre todo en el primer movimiento no había habido concesiones a la sensualidad tímbrica –pese a que oportunidades para ello no faltan–, acercándose en cierta medida los resultados a un mecanicismo algo radical. Además, al principio la orquesta estuvo dubitativa en las entradas y algunos profesores cometieron mínimos traspiés (metales, maderas), lo que acentuaba esa sensación algo incómoda, como si aún faltara algo por ensablarse.

Con lo expuesto más arriba hay que agradecer a Inbal el que sea capaz de adaptarse estilísticamente a lo que la música pide desde una óptica reconocible, sí, pero sabiendo dónde hay que transigir. Esa capacidad para que sea la obra la que mande, y no el director, es poco habitual entre los capitanes de podio del talento del israelí, porque lo más cómodo es adscribirse a una corriente, utilizar un pensamiento muy definido y desde ahí empezar a desarrollar (y a veces deformar) la versión. Pero, para Inbal, el quinto movimiento de la Décima Sinfonía de Mahler –que no es un movimiento cualquiera de una sinfonía cualquiera de un compositor cualquiera– puede requerir un estilo interpretativo con elementos puntuales más cercanos a lo decimonónico que a Schönberg. Seguramente un gran fastidio para algunos, pero en realidad toda una lección de humildad y un antídoto contra el fundamentalismo musical.
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