Italia

Coherencia musical y escénica

Anibal E. Cetrángolo
viernes, 4 de junio de 2010
Venecia, viernes, 28 de mayo de 2010. Teatro Fenice. Don Giovanni, dramma giocoso en dos actos, KV 527, libretto de Lorenzo Da Ponte, del drama El burlador de Sevilla y el convidado de piedra de Tirso de Molina a través del libreto Don Giovanni ossia Il convitato di pietra de Giovanni Bertati. Música de Wolfgang Amadeus Mozart. Regisseur, Damiano Michieletto. Escenografía, Paolo Fantin. Vestuario, Carla Teti. Director de la grabación de video, Luca Scarzella. Intérpretes: Don Giovanni: Markus Werba; Donn’Anna: Aleksandra Kurzak; Don Ottavio: Marlin Miller; Donn’Elvira: Carmela Remigio; Leporello: Alex Esposito; Masetto: Borja Quiza; Zerlina: Irina Kyriakidou; Commendatore: Attila Jun. Coro (maestro del coro, Claudio Marino Moretti) y Orquesta del Teatro La Fenice. Maestro concertador y director, Antonello Manacorda. Nueva producción de la Fondazione Teatro La Fenice. Stagione Lirica e Balletto 2010
0,0004657 Todo comienza con una situación estática y convencional: una habitación 'settecentesca' vestida muy sobriamente. Colores apagados de los muebles y un empapelado que pide ser renovado. Rápidamente entenderemos que eso es la casilla inicial de un juego de mesa que nos habrá de involucrar en un dinamismo frenético. Un Monopoly peligroso donde se juegan la vida y la muerte y donde los avances y retrocesos son deseados y temidos con ansia aunque ya se sepa -en realidad, como se verá, ni siquiera se sabe eso- cómo terminará todo aquello. Las paredes, apenas después de la salida de Leporello, comenzarán a deslizarse creando continuamente espacios nuevos e imprevistos. El resultado, conseguido con perfección técnica sin par, será la negación absoluta del lugar escénico convencional. Las divisiones conseguidas con las paredes móviles resultarán una solución brillante durante la múltiple escena del equivoco (“La povera ragazza è pazza amici miei”). En la llegada, aquella morada tan móvil que apareció como el motor de la ópera, mostrará en la última escena su transformación en un laberinto infernal.

La unión de aquella maquina diabólica con la música fue tan intensa que no sería dable decir que lo visual acompañó lo sonoro. Fueron tanto una unidad que tuve la impresión que las cosas no podían ser de otra manera. Es claro que estoy describiendo la estructura general del proyecto de Damiano Michieletto. En el análisis particular de las situaciones escénicas aparecen, no podía ser de otra manera en estos tiempos, libertades notables respecto del texto de Da Ponte. Cito solo algunos de los mas vistosos: el Commendatore muere apaleado con ignominia, Zerlina canta su dulcísimo ‘Vedrai carino’ no a Masetto, que a la sazón está desvanecido, sino al mismísimo Don Giovanni que, tercero incómodo, luce sentado e impasible entre los infortunados novios; el banquete en casa de Don Giovanni no es culinario sino única y exclusivamente sexual y con manifestaciones de erotismo muy subido; la “statua gentilissima del gran Commendatore” no se mostrará jamás porque el mismismo finado, no su marmórea esfinge, es exhibido en un ataúd por lo demás macabro. Para terminar, resulta que después de la moraleja (“questo è il fin de chi fa mal") se nos presenta rozagante y risueño nada menos que Don Giovanni que, con aire triunfante, hará morir a todos los otros, quienes no esperaban otra cosa que volver a la vida tranquila de pareja, o de convento, según el caso. La vida de los mediocres no triunfa.

Todas estas elecciones del regisseur son, por supuesto, muy opinables pero debo declarar que no me han resultado en absoluto caprichosas y recuerdo especialmente el hermoso “viva la libertà” en una especie de taberna con los cantantes que sostenían velas encendidas evocadoras de algún rito masónico. Entre tantas cosas positivas que encontré en la puesta, debo declarar que en algún momento Michieletto imperdonablemente (y no es cuestión de purismos) se nos interpuso en el contacto con Mozart: así en el aria del catálogo, cuando la desesperada Donn’Elvira hizo tanto ruido rompiendo papeles que molestó la audición del famoso momento musical. El regisseur es joven y talentoso. Se encuentra en un momento crucial de su vida artística. Espero que el triunfo de hoy no lo lleve, como a tantos, demasiados, de sus colegas, al infausto camino de la arrogancia que hace olvidar quién debe estar en el centro de la escena.

El director musical Antonello Manacorda desempeñó su trabajo bajo el signo de cambios muy extremos de tempo. El frenesí general de su lectura se articuló con momentos de inusitada lentitud. De estos, algunos me parecieron muy acertados y otros francamente menos: la segunda parte del aria del catálogo de Leporello o la primera aria de Don Ottavio fueron de una parsimonia injustificada y en este último caso la elección del tempo fue determinante en la incierta afinación del tenor. He apreciado con gran placer, en cambio, el carácter soñador de 'La ci darem la mano' donde el célebre dúo conquistó unidad a través del bajo orquestal que resultó novedoso y totalmente justificado en su insinuante seducción. En el extremo opuesto, el de la velocidad, menciono la febril presencia de la orquesta en el ‘Ah, fuggi il traditor!’ de Donn’Elvira y el velocísimo, insano y arrebatador ‘Finch'han dal vino’ del protagonista. No sólo los tempi sino también los planos dinámicos se jugaron en la alternancia de opuestos nítidos y así fue que la presentación en pianissimo de las repeticiones de las arias resultó algo mecánico y hasta previsible. En síntesis, Manacorda ha realizado un trabajo que, análogamente a cuanto indicado acerca de la labor de su colega escénico, si bien puede estimular comprensibles discrepancias de opinión, partió de una lectura marcada por la coherencia y la claridad.

La gran máquina transmitió su lógica unitaria al resultado de la compañía de canto. Todo es tan homogéneo y tan dinámico que es difícil, y seguramente injusto, detenerse demasiado en consideraciones individuales que hagan en pasar en segundo plano la excelente impresión colectiva.



Primó entonces una concepción de lo grupal ante lo individual y esto por algunos rasgos predominantes. En lo musical, porque el excelente nivel de los solistas de canto no presentó fisuras. Cada cual desempeñó su papel con extrema solvencia vocal e interpretativa. Los picos, los relieves, se debieron a la elección del compositor más que a diferencias sustanciales de nivel entre los cantantes. Cada cual realizo su labor, escénica y vocal de manera más que digna. Se formó un grupo de trabajo de gente muy joven en el que varios de sus integrantes no llegan a los treinta años.

Excelente la personificación que de Don Giovanni mostró Werba. El cantante presentó su papel protagonista de manera absolutamente convincente. Su versión alucinada de un compulsivo del sexo fue lograda gracias a capacidades vocales y actorales sobresalientes puestas al servicio de una labor analítica diligente.

El Leporello de Alex Esposito fue perfecto. Michieletto imaginó el rol del servidor de Don Giovanni como el de un cobarde llorón tartamudo y anteojudo. Hemos escuchado una voz plena al servicio de un artista de rara iteligencia. Cuando su comprensión del gesto del director resultó deficitaria no fue por su culpa. Esposito en su papel central en el drama fue víctima de elecciones forzadas como la de aquellos rallentandi imposibles que Manacorda impuso en el aria del catalogo después de “Delle vecchie fa conquista” y de algunas posiciones escénicas poco favorables para entenderse con el Maestro (el ataque de ‘Notte e giorno faticar’).

Donn’Elvira fue muy bien servida por Carmela Remigio, una cantante importante y poseedora de una personalidad articulada. También ella, víctima de excesos y ocupada por marcar teatralmente la ansiedad del personaje, dejó de lado aspectos irrenunciables como la línea del canto y la inteligibilidad del texto. Esto sucedió por ejemplo en 'Mi tradì, quell'alma ingrata'.

Don Ottavio es presentado como un débil, tanto que es incapaz hasta de abrir las puertas de la mansión. Marlin Miller cantó con hermosa voz los bellos momentos de la parte, sobre todo 'Il mio tesoro intanto'. A veces su afinación fue insegura pero que, como ya he escrito, atribuyo esa falencia, al menos en parte, a los tempi impuestos por Manacorda. La Fenice se encontrará con este artista en la próxima cita lírica del teatro, The turn of the screw de Britten.



Aleksandra Kurzak fue una muy buena Donn’Anna (bello su ‘Or sai chi l'onore’) aunque su emisión fue a veces demasiado abierta.

Estupenda la Zerlina de Irina Kyriakidou. Su musicalidad hizo posible uno de los momentos más originales desde el punto de vista musical. El ‘Batti, batti, o bel Masetto’, que dialogó en la ultima cuarteta del aria (“Pace, pace, o vita mia”, etc…) con el solo del violoncello ejecutado con segura belleza.

El joven Borja Quiza, famoso ya gracias al cine de Carlos Saura, presentó un digno Masetto. En lo escénico Da Ponte y Michieletto concuerdan en acentuar la estaticidad del pétreo Commendatore, así que de Attila Jun puedo alabar solamente su excelente solvencia musical. Jun posee una voz llena, ideal para el personaje. La muerte y las apariciones del convidado de piedra son acompañadas, en la visión de Michieletto, por muy acertadas proyecciones de una metafórica mariposa.

La orquesta bien, con algun desajuste en la cuerda. El coro fue muy eficaz en lo vocal y su utilización dinámica en lo actoral resultó vertiginosa y brillante.

Sobriamente eficaces los trabajos escenográficos y de vestuario.

En resumen una producción muy original, marcada por la extrema coherencia de los componentes musicales y escénicos. Presencie la representación del 28 de mayo con un lleno completo y con un público que aprobó con entusiasmo a los artistas.

Felicito a la dirección artística del teatro que ha sabido reunir elementos jóvenes y tan afines artísticamente.
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