España - Galicia

Travesía de límites

Paco Yáñez
viernes, 9 de julio de 2010
Santiago de Compostela, martes, 22 de junio de 2010. Centro Galego de Arte Contemporánea. Taller Sonoro. Morton Feldman: The Viola in My Life I & III; John Cage: Five; Terry Riley: In C. Ocupación: 15%
0,0003185 El artista holandés Bas Jan Ader (1942-1975) pertenece a esa estirpe de creadores que a lo largo del siglo XX procedieron a la desmaterialización del objeto artístico, alejándose de (que no necesariamente ‘superando’) lo formal para recalar en un lenguaje eminentemente conceptual, siguiendo toda una genealogía que cuenta con referentes tan ilustres como Marchel Duchamp o Joseph Beuys. La obra de Ader, desarrollada fundamentalmente entre 1967 y 1975, se expone por primera vez en España del 28 de mayo al 5 de septiembre en el Centro Galego de Arte Contemporánea, en una muestra que tiene como comisario a Pedro de Llano y cuyo título es In Search of the Miraculous, retomando la denominación que el propio Bas Jan Ader utilizara para una serie de proyectos que finalmente lo llevarían a su desaparición (y aquí habría que recurrir a la semántica de la Galicia costera, en la que un ‘desparecido’ no es, en sentido estricto, un ‘muerto’) en el Atlántico norte.

Como nos recuerda Miguel von Hafe, director del cGac, Bas Jan Ader es un “artista de artistas, esto es, un autor que mantiene una poderosa influencia sobre un importante núcleo de artistas contemporáneos”, algo que lo llevó a protagonizar y ser protagonista de encendidos debates en torno al hecho de la obra de arte como naturaleza, proceso y producto, como sustancia ontogénica en constante (re)definición por parte de sus demiurgos. Tal proceso definitorio tuvo lugar, de forma especialmente señalada, con las llamadas ‘neovanguardias’, al poco de ‘superarse’ los horrores de la Segunda Guerra Mundial, y de un modo muy señalado en el contexto norteamericano.

Precisamente, Ader se estableció desde muy joven en California, donde forma parte de la primera generación de artistas conceptuales en los años sesenta, siendo sus temas principales de exploración las relaciones entre Europa y América, el choque entre romanticismo y existencialismo, o el conflicto que se plantea en el terreno de la cultura con la irrupción en masa del consumismo y el fenómeno pop. Cada uno de los procesos o acciones artísticas de Bas Jan Ader se adentra en un territorio de lo desconocido, en el cual el mapa se traza a partir de referentes culturales derivados de diferentes estratos y del bagaje/curiosidad del artista como conciencia crítica. De ello surge una experiencia extrema de revelación que Ader registra a través del vídeo y la fotografía.

En el último de sus proyectos de radical exploración de los límites, Ader se enrola en un pequeño bote de cuatro metros de eslora con la intención de cruzar el océano Atlántico desde los Estados Unidos a Europa (singladura y peripecia en la que ya tenía cierta experiencia previa, puesto que había viajado en 1963 en un velero de Marruecos a San Diego), con el objeto de autoanalizarse en condiciones tan desfavorables. En un documental que se puede ver estos días en el cGac, los tripulantes del pesquero gallego Eduardo Pondal relatan cómo fue el descubrimiento del Ocean Wave, el barco de Ader, en el Gran Sol, en julio de 1975, sin rastro del holandés a bordo, al tiempo que califican tal tentativa de auténtica locura de más que previsible desenlace...

Continuando el ciclo ‘Música e arte. Correspondencias sonoras’, que tan brillante presentación tuvo con el concierto de S@X21 el pasado 27 de abril, con obras de Giacinto Scelsi y Ángel Faraldo en conexión con la obra del artista italiano Gilberto Zorio, llegamos al segundo concierto en el que el sevillano Taller Sonoro nos conduce a la experiencia musical, también de límites, de tres de los compositores norteamericanos con un mayor peso específico en la definición del panorama musical en los Estados Unidos de la posguerra: Morton Feldman, John Cage y Terry Riley, cada uno de ellos con su credo, estilo y travesía, también extrema, hacia territorios inexplorados de su arte de sonidos y silencios (y en esto último, tratándose de Cage, hay que ser categóricos).

Taller Sonoro decidió no interrumpir su recital, presentando en un continuum todas las obras, con lo cual se incidía en el agudo contraste entre las meditativas y extáticas obras de Feldman y Cage, por un lado, y el universo dinámico y vibrante de Riley, por otro. Arrancó el concierto con The Viola in My Life I (1970), de Morton Feldman (Nueva York, 1926 - Buffalo, 1987), un trabajo de desarrollo melódico progresivo del solista de viola en un medio plagado de respuesta en acordes diversos por parte del ensemble instrumental, incluyendo bellos y perturbadores armónicos y un trabajo muy percutivo de los diversos instrumentos que contrasta con la línea de afianzamiento de la melodía en la viola, que viaja hacia un universo lírico finalmente truncado. Se sitúa el ciclo de cuatro obras que compone The Viola in My Life (1970-71) entre el Feldman marcado por la escritura gráfica de los años cincuenta y el universo extático de acordes en levísimas mutaciones que dominará su década final de vida. Es por ello que la interpretación de estas obras no resulta en absoluto sencilla, siendo como son obras ‘de transición’ o capítulos germinativos hacia esa floración de la quietud y la reflexividad extrema que marcó sus últimas y extensísimas piezas. En ese sentido, es complejo encontrar el balance en sus obras de los años setenta, y pienso que Taller Sonoro, con Piotr Slowick en la viola, lo logró de forma más convincente en The Viola in My Life III (1970), aunque no dejara de resultar en conjunto un tanto seco y abrupto, algo falto de calor y misterio. Cierto es que la acústica del auditorio del cGac en nada ayuda, pues resulta terriblemente seca y agresiva, sin dejar espacio para un juego de timbres y resonancias que fundan con mayor empaste cromático los diversos instrumentos. Quizás acolchar la sala con telones laterales, como lleva a cabo el Festival Via Stellae en esta misma sala en sus conciertos de música actual, sería una buena solución.

Tras Feldman, fue John Cage (Los Ángeles, 1912 - Nueva York, 1992) el que tomó la escena acústica del cGac a través de una de sus piezas numéricas finales, una de sus travesías hacia una música desnuda, ascética y esencial, como es Five (1988), para violín, violonchelo, clarinete, saxofón y percusión. Me ha gustado mucho el acercamiento del Taller Sonoro a Cage, en el que se aprecian aún ecos de su radical concepción del hecho sonoro, al tiempo que deja aflorar con total nitidez el carácter de mantra que tantas veces adquiere el ‘recitado musical’ desarrollado casi a modo de ostinato en leves modulaciones; un aparato estético que, cercano como lo es en presupuestos estrictamente musicales a Morton Feldman, adquiere un perfil y un aura completamente diferentes. Si tengo que destacar a un músico en Five sería al clarinetista Camino Irizo, que ejerció de empaste, de verdadero generador y puente a través del que se compactaban los sucesivos temas, su carácter y sentido con una profunda musicalidad, calma y carácter meditativo.

Por último, y señalando un agudo contraste, como la obra de Ader supuso en su momento en el terreno del arte, desembocamos en esta travesía musical, en este American Way, en el universo de Terry Riley (Colfax/California, 1935) a través de In C (1964), una de sus obras más célebres y celebradas. Estandarte del minimalismo, In C fue abordada por el Taller Sonoro con una enorme atención a lo orgánico, optando para ello por una formación de pequeño ensemble formado por violín, viola, violonchelo, flauta, clarinete, saxofón, piano y percusión. Ello permite personalizar los timbres de cada uno de los temas, creando capas polirrítmicas que dotan de mayor pluralidad al discurso, enriqueciéndolo. Aun así, In C presenta ciertas restricciones que el propio Riley establece a la hora de presentar a los intérpretes sus parcos 53 módulos -partitura que cabe en un solo folio- y que Taller Sonoro extendió quizás por momentos algo más de lo ‘aconsejable’, pues muchos de estos módulos y sus planteamientos se perciben de forma muy intuitiva. En todo caso, la vivencia del tiempo y del tempo en la música son perfectamente abordables a través de dilaciones como ésta, que se sostiene -y así fue- si la ejecución es realmente destacada. La variedad de recursos, el juego constante con los reguladores dinámicos y temporales, así como una endiablada capacidad para crear texturas sinfónicas abigarradas y a los pocos segundos adelgazar el grueso del sonido hasta el de un conjunto de cámara, son valores que han hecho sostenerse hasta el final la versión de los sevillanos, siempre vibrante, rítmica, audaz y técnicamente impecable.

Toda una serie de rutas, de travesías, así pues, las que dibujaron en un siglo tan apasionante como el XX creadores como Ader, Feldman, Cage o Riley; nuestra tarea es ahora estar a la altura de su legado y seguir ensanchando los lenguajes de la creación con ambición y trascendencia artística, un reto que demanda un esfuerzo considerable, pero cuyos frutos se encuentran entre los objetivos más legítimos que uno puede trazarse para esta no solicitada travesía por lo efímero de la existencia.

La respuesta del público fue muy calurosa, aunque su presencia escasa y menor que en el primer concierto. Recordando las ya lejanas jornadas en las que nacía el primer proyecto de música culta contemporánea del cGac, uno recuerda un auditorio prácticamente desierto que sólo poco a poco fue formando un público entusiasta y fiel. Esperemos que este ciclo, como el del Taller Atlántico Contemporáneo vayan fidelizando al público compostelano hacia estas músicas, y que la institución se implique en publicitar adecuadamente sus eventos, que quizás deberían gozar de una mayor regularidad.

La próxima cita con el ciclo de correspondencias artístico-musicales que nos propone el cGac tendrá lugar el 21 de septiembre, con el trío Perfusión, que abordará la enorme potencia de la música para percusión africana, con sus múltiples ecos, viajes al fin de la noche y travesías hacia el corazón de las tinieblas…
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