Francia

Cuesta abajo

Jorge Binaghi
jueves, 8 de julio de 2010
París, domingo, 20 de junio de 2010. Opéra Bastille. Die Walküre (Munich, 26 de junio de 1870), texto y música de R. Wagner. Puesta en escena: Günter Krämer. Escenografía: Jürgen Bäckmann. Vestuario: Falk Bauer. Coreografía: Otto Pichler. Intérpretes: Katarina Dalayman (Brünhilde), Thomas Johannes Meyer (Wotan), Ricarda Merbeth (Sieglinde), Robert Dean Smith (Siegmund), Günther Groissbock (Hunding), Yvonne Naef (Fricka) y las ocho valquirias. Orquesta del Teatro. Dirección: Philippe Jordan
0,000177 Después de esta primera jornada, y viendo, por ejemplo, algunos de los nombres contratados (que, como suele ocurrir, no serán siempre los que luego se hagan cargo de las partes), creo que mi presencia en el Anillo parisino se interrumpirá aquí. Se llega a un momento de la vida en que no se desea, si no se está obligado (y en este caso no tengo obligaciones ‘contractuales’), perder tiempo y energía preciosos en algo que parece perdido de antemano y sin remedio. El prólogo [leer crítica] había hecho esperar, y mucho. La primera jornada, siendo la más conocida y por lo mismo difícil, hizo agua por todos lados.

Principal responsable, la dirección de Krämer, quien pareció incapaz de dejar, en este drama de la soledad y la incomunicación, a los personajes solos. Y así el singular juego de tensiones que se da en el primer acto entre los tres intérpretes se vio desvirtuado por una demasiado rápida y explícita escena de reconocimiento de los mellizos (incluso por parte de Hunding), y sobre todo porque durante el preludio tuvimos derecho a la escenificación de una de las escenas predatorias (con violaciones y asesinatos) de la tribu de Hunding (que lamentablemente no coincidía con lo que luego se contaba). En el segundo acto, mientras Brunilda entona su grito de guerra, están también sus hermanas jugando con las manzanas de oro del árbol de la vida, que molestarán durante todo el acto. Como no logró estropear el resto, naturalmente se desquitó con la cabalgata. Aquí las valquirias son enfermeras que lavan en su lecho de hospital a héroes muertos desnudos (alguno no lo parecía tanto y hubo un momento de zozobra ante una pequeña erección), y fue ese el único instante donde algún espectador perdió calma y paciencia y dio a conocer su opinión… Luego, con la llegada de Wotan tuvimos derecho a que en medio de su discusión con Brunilda cayera por un momento el telón para volver a alzarse sobre la ‘roca’ de la valquiria, prácticamente el único momento escénicamente logrado.

Yo sigo pensando que directores de orquesta y cantantes podrían tener una palabra que decir, pero por lo visto todos son muy obedientes y políticamente correctos (y con eso demuestran no haber entendido nada del texto y la música wagnerianos).

Pero las cosas no terminaron allí. Jordan, que es un buen director, se mostró errático y tendente al volumen exagerado y a los gruesos subrayados desde el preludio, lo que no sirvió para evitar la falta de tensión dramática. La orquesta sonó muy bien en general (hubo alguno de esos momentos que nunca faltan donde algún viento se fue por los cerros de Úbeda, pero nada demasiado grave ni repetido); el principal problema fue la falta de una idea conductora o la coexistencia de varias contradictorias. Y el reparto habría necesitado de una guía firme y de un sostén.

La mejor, por momentos impresionante, fue la Dalayman: aunque es sueca no es la Nilsson, pero participa de su color acerado, su vigor, su volumen y la franqueza de la emisión que le permitió superar todos los escollos con gallardía y sin cansancio. A su mismo nivel se exhibió Naef en un rol que le conviene sobre todos, el de la agria ‘defensora del hogar’ (raro que no la hayan puesto como una dama del Tea Party -quiero el copyright de la idea, por las dudas) que es Fricka, y que cantó con brío y buen color.

Groissbock hizo pensar en su entrada que volvían los tiempos de Frick o Weber, pero enseguida pasó al tipo Crass o, con suerte, algo mejor: en todo caso su Hunding pasó de amenazante a poco imponente. Wotan debía ser (el programa lo refleja) Struckmann, que ya había cancelado alguna función: en la hoja del día figuraba Meyer sin ninguna explicación (que tampoco se dio verbalmente: esto es algo que hacen todos los teatros, pero eso no quiere decir que estén justificados). El joven cantante es bueno, incluso prometedor, y no se cansa, pero la voz es por momentos clara y en otros (en particular en el segundo acto) le falta volumen y autoridad. Las valquirias fueron todas muy correctas.

Pero lo preocupante fueron los gemelos divinos. Merbeth y Dean Smith son buenos cantantes y mejores intérpretes y este mismo año hicieron una pareja excelente en Die tote Stadt [véase la crítica correspondiente]. Incluso en el caso del tenor la parte es más larga y difícil que Sigmundo. Y sin embargo… sonaron con un volumen modesto, un color bastante feo, un centro y grave escasos y destimbrados, y buenos agudos, pero hirientes en el caso de ella y -a pesar de los calderones que se permitió el tenor en la invocación al padre- huecos en el de él. Queda por decir que, en su furor, durante el anuncio de la muerte de un manotazo destruye parcialmente la 'Germania' que lucía después de tanto trabajo en la entrada al Walhala al final del Oro, que queda así reducida a 'Mania' (se me escapa si puede tener el sentido que puede tener en español; no creo) mientras al final, durante la música del fuego mágico, Erda vuelve a cruzar amenazadora la escena, por lo que se ve aún más claramente el ‘mensaje’ ecologista: legítimo sin duda hoy, pero bastante lejos de los intereses (nos gusten o no, nos parezcan actuales o no) del autor.
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