España - Valencia

Se hace camino al tocar

Rafael Díaz Gómez
jueves, 15 de julio de 2010
Valencia, miércoles, 5 de mayo de 2010. Palau de la Música. Sala Iturbi. Grigori Sokolov, piano. J. S. Bach: Partita nº 2 en do menor, BWV 826. J. Brahms: Fantasías, op. 116. R. Schumann: Sonata nº 3 en fa menor, op. 14. Noveno concierto de abono de la temporada de primavera. Ocupación: 95%
0,0001338 La de Bach, obra de un compositor en plena madurez. La de Schumann, juvenil. La de Brahms, casi testamentaria. De las tres, sólo la última con el título de fantasía. Pero a ver quién le quita ese calificativo a cualquiera de las de Bach, incluso cuanto más escolásticas sean. Y a ver quién no le concede el adjetivo fantástico a la exhuberancia de la Tercera sonata schumanniana. Las tres composiciones se mueven en un terreno en el que los aspectos ingeniosos o aparentemente caprichosos son desbordantes. Y las tres responden perfectamente a la acepción de fantasía como grado superior de la imaginación creadora o combinadora. Sin embargo, no es menos cierto que las tres se sustentan sobre unas leyes constructivas tan sólidas como poco tradicionales. Bach llega donde nadie. Schumann reinventa la forma de sonata desde la digresión. Y Brahms sublima la pieza característica romántica y anuncia la Segunda Escuela de Viena.

Para el intérprete es un programa muy exigente, con un hilo argumental alambicado por una múltiple variedad y el requerimiento de recursos de muy distinto signo. Para el público en general también, no vamos a negarlo, y menos a la luz de las evidencias: toses espeluznantes, sonidos de teléfonos móviles, ronquidos y gran desbandada final. Pero para un sector del respetable más respetuoso, tampoco vamos a ocultarlo, servido como estuvo fue una experiencia única, coronada con seis soberbias propinas chopinianas, que hubieran sido más si de él hubiera dependido a juzgar por sus interminables aplausos.

Y es que Sokolov volvió a estar soberbio. Bien se pudiera lanzar un disco con el recital, de ser acertada la toma de los micrófonos que pendían sobre el escenario. Y se trataría de tres registros de referencia. Nada patética arrancó la sinfonía de la Partita. Se sacudió en un momento tradiciones de una y otra índole. Porque Sokolov hace camino al tocar. Un camino no hollado, más de luz que de tierra. Con la mano izquierda como arbotante, elaboró un discurso transparente, rico y preciso. La limpieza de su articulación no era superficial, sino esencial, y el impulso rítmico estaba dotado de un inapelable sentido polifónico de la respiración. Fácil de solicitar y muy difícil de satisfacer.

Por otra parte, la profundidad que alcanzó la interpretación de las piezas op. 116 de Brahms se colocó al nivel de lo mucho que podía obtener de ellas Julius Katchen. El primer Capriccio transportó al oyente, como todo buen romántico querría, sin concesiones, a otra realidad a la que sería trágico renunciar. Y una vez instalado en ella, Sokolov le delitó con una lección de flexibilidad, de aparente vuelo improvisatorio, como de contingencia inevitable, regido por una opulenta gama de dinámicas y de matices agógicos. Y otra vez la pulsación justa, la nitidez de las texturas y el fraseo infalible. ¡Qué maravilla!

La segunda parte del recital la ocupó la Tercera sonata de Schumann en la versión original en cinco tiempos. Sin duda fueron las variaciones del 'Andantino' de Clara Wieck el eje sobre el que giró toda la versión. El catálogo de emociones que suscitó puede ser suficiente para justificar no sólo una velada, sino incluso toda la temporada de una programación. Los nueve acordes con los que se cierra el movimiento, esculpidos a diferentes profundidades por el pianista, aún han de ir grabados, como un camafeo, en la memoria del alma de los aficionados. Y el resto fue mucho más que un alarde de virtuosismo, porque Sokolov entiende las obras desde dentro y las explica con una fluidez pasmosa. En este caso quedaron más patentes que nunca las relaciones entre los motivos. Mientras que la abundancia de ideas del joven y muy romántico Schumann fue salvada de la dispersión incoherente por una poderosa fuerza centrípeta. Una fuerza que domesticaba la fantasía por el método de mostrarla en todo su esplendor. Ya se ha dicho: soberbio y referencial.
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