Argentina

Pulcro, pero algo apagado 'Don Giovanni'

Carlos Singer
jueves, 29 de julio de 2010
Buenos Aires, domingo, 18 de julio de 2010. Teatro Colón. Wolfgang Amadeus Mozart: Don Giovanni, dramma giocoso en dos actos, libreto de Lorenzo da Ponte. Dirección escénica: Michael Hampe. Escenografía: Michael Hampe y Germán Droghetti. Iluminación: Ramón López. Vestuario: Germán Droghetti. Elenco: Nicola Ulivieri (Don Giovanni), Norah Amsellem (Doña Ana), John Tessier (Don Ottavio), Virginia Tola (Doña Elvira), Eduardo Chama (Leporello) Eliana Bayón (Zerlina), Fernando Radó (Masetto) y Ernesto Morillo Hoyt (Comendador). Coro (preparado por Marcelo Ayub) y Orquesta Estables del Teatro Colón. Dirección musical: John Neschling. Segundo título de la temporada lírica 2010 del Teatro Colón
0,0003546 Hace apenas un par de meses asistíamos, entre azorados y molestos, a una controvertida puesta de la misma ópera mozartiana por el segundo teatro lírico de nuestro país, el Argentino de La Plata. Ahora sube a escena en nuestro Primer Coliseo y desde ya resultó un alivio comprobar que estaba bastante libre de relecturas absurdas e innecesarias de su libreto y que su planteamiento se sujetaba, en mayor o menor grado, a las convenciones. Pero nos enfrentamos a una de las obras cumbres del repertorio lírico y esto, aunque necesario, no es suficiente.

Si al término del extenso primer acto uno descubre que se ha aburrido, es que algunos -o varios- de los elementos en juego no funcionaron correctamente. Y si al finalizar el espectáculo se retira de la sala pensando que ha presenciado una función aceptable pero no más, evidentemente las cosas no anduvieron demasiado bien encaminadas: hubo luces y sombras tanto en lo escénico como en lo musical.

La escenografía, concebida por el propio Hampe y Germán Droghetti era vistosa y muy funcional, ya que con rápidos desplazamientos de sus partes se abría, cerraba o mutaba para delinear distintos ámbitos. De líneas muy rectas, ángulos marcados, aberturas rectangulares, e imitando mármol en todo su diseño, si bien imponente era también sumamente fría y desangelada, con aire más de mausoleo que de residencia de una autoridad o de un noble español. Eso sí, cuadraba a la perfección para la escena del cementerio, que se obtenía con el simple añadido de unos pocos cipreses y, desde luego, la estatua.





Ulivieri, Amsellem y Tessier
© 2010 by Teatro Colón

El vestuario tampoco lucía mayormente, salvo contadas excepciones. Era obvio que se trataba de quitarle a la obra toda connotación localista (aunque el libreto ubica la acción en una ciudad española indeterminada, no podemos ni debemos olvidar que a Don Juan se lo conoce como ‘El burlador de Sevilla’) pero tanta insistencia en el color negro pareció innecesaria. Apropiada para algunos, parece reiterativa en el protagonista y risible en los aldeanos que asisten a la boda de Masetto y Zerlina: entrando al palacete de Don Juan en correcta fila de a dos, todos de negro y con sombreros de igual color, más parecían un grupo de cuáqueros o amish ingresando a su iglesia.

La iluminación fue correcta aunque abusó de los tonos fríos; la proyección de una especie de nebulosa en espiral girando como fondo de la gran escena en que la estatua se presenta a cenar careció de todo asidero lógico mientras el recurso añadido del humo está ya tan visto (desde las viejas películas de Daniel Tinayre a infinidad de puestas actuales) que no parece aportar nada. En resumen, una puesta sobria, que no agrede la vista ni los sentidos pero tampoco entusiasma.



Bayón y Radó
© 2010 by Teatro Colón

En el aspecto musical, el Coro tiene en esta partitura escasa participación, pero la realizó con absoluta competencia, bien preparado por Marcelo Ayub.

La orquesta es, desde luego, una de las protagonistas indiscutibles de esta ópera. Aquí ya cabe hacer algunas objeciones. Fue notorio, al menos para mí, que Neschling intentó una ejecución más cercana a las ‘históricamente informadas’ que a las tradicionales: redujo el número de atriles en la cuerda, resaltó la tarea de los timbales, otorgándoles cierta preeminencia sonora (aunque sin llegar para nada a la extrema violencia de un Harnoncourt, que sistemáticamente obliga el empleo de baquetas de madera), buscó de frasear y articular con lineamientos afines al clasicismo y trató de que la sonoridad nunca fuese excesiva o desmedida. No consiguió sus objetivos en plenitud: en parte porque creo que no se encuentra demasiado cómodo en este tipo de repertorio y también porque la orquesta, que se mueve a sus anchas en la ópera italiana o incluso en las complejidades wagnerianas, está mucho más ‘expuesta’ y condicionada aquí.

Para obtener una perfecta ejecución mozartiana hacen falta la concurrencia de muchos factores, entre ellos gran pureza de sonido, una afinación absolutamente precisa y total ajuste. Con que una sola de estas cualidades esté ausente o inciertamente resuelta, todo se desmorona. Amén de los accidentes de trompas que ya son casi habituales o algún desajuste ocasional, el resultado general fue aceptable, aunque en pocos momentos se logró una ejecución ideal. Competentes las tres grupos orquestales que se superponen en la fiesta del Acto 1, que aprovecharon muy bien la posibilidad espacial que les daba la escenografía. Fue toda una grata sorpresa escuchar la mandolina que acompaña la canzonetta ‘Deh vieni alla finestra’ -inteligentemente ubicada en el foso justo debajo del lugar donde cantaba Don Giovanni- tocada por el tenor Hernán Sánchez Arteaga, de quien desconocíamos esa habilidad extra.

La tarea de Neschling me convenció sólo en parte. Alcanzó buena coincidencia rítmica entre voces e instrumentos y el balance sonoro fue siempre adecuado. Pero a momentos empleó tiempos algo lentos -especialmente en la obertura- y en algunas líneas melódicas se echó en falta una mayor elegancia.



Ulivieri y Morillo Hoyt
© 2010 by Teatro Colón


Nicola Ulivieri resultó una excelente elección para el rol titular. Tiene buena presencia escénica, que se adapta de maravillas al papel y una voz importante, que se proyecta con facilidad y le permite exhibir depurada técnica e identificación estilística. Hizo una buena recreación del personaje, mostrándose seductor, presuntuoso y con un toque de insolencia.

Eduardo Chama, que ha realizado casi toda su carrera -y reside- fuera del país, configuró un apreciable Leporello, medido en el histrionismo de un papel que domina plenamente y al que sabe dotar de vivacidad así como convicción y nobleza en su línea vocal.

Sobresaliente me resultó la tarea -sobre todo canora- del tenor canadiense John Tessier, que dio una lección de estilo mozartiano refinado, con una voz consistente y homogénea, excelsa línea de canto, impecable afinación y gran dominio del fiato, especialmente en las largas tiradas de ‘il mio tesoro intanto’. Su Don Ottavio tuvo competente presencia escénica, dentro de lo que se puede esperar de su personaje.

Masetto fue aquí Fernando Radó, que en la sala platense había encarnado el rol protagónico. Desde luego su juvenil presencia casa mucho mejor con este papel, al que otorgó buenas dosis de ímpetu y rusticidad mientras imponía el poderoso caudal de su voz, bello timbre así como un registro amplio y parejo. Ernesto Morillo Hoyt, por su parte, apenas superó lo discreto como Comendador.



Tessier y Amsellem
© 2010 by Teatro Colón


En las voces femeninas, las cosas anduvieron algo por debajo de lo esperable. Eliana Bayón, con un timbre juvenil al que unió una voz ágil y exenta de problemas, tuvo un muy buen desempeño vocal, mientras su composición de Zerlina resultó correcta.

Virginia Tola posee buena línea de canto, grato timbre, aporta seguridad a la florida escritura de su papel y se la escuchó con adecuado volumen -por cierto bastante más que en Bohème. Su actuación como Doña Elvira terminó siendo un poco lineal, sin demasiadas sutilezas o variantes. Segura de afinación, me sorprendió un pasaje calante -en una de las reiteradas trepadas al La bemol agudo- hacia la parte final de ‘mi tradi’.

Norah Amsellem (de quien guardaba un buen recuerdo por su Violeta Valery del Teatro Real de Madrid en 2003) resultó la más floja. Su voz grata, con cuerpo y poderío, se ve afectada por un vibrato pronunciado, agudos imprecisos y carencias estilísticas. Su extenso recitativo y aria ‘Crudele!’ (aún reconociendo que se trata de un trozo de tremendas exigencias) puso de relieve la falta de pureza en su línea vocal (‘non mi dir’) y en la coloratura (‘Forse, forse un giorno’) . Una persuasiva labor escénica no alcanzó a equilibrar las falencias vocales.
Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.