Alemania

¡Joven asesinado en el parque de Bayreuth!

Eduardo Benarroch
viernes, 20 de agosto de 2010
Bayreuth, miércoles, 28 de julio de 2010. Festpielhaus. Richard Wagner, Die Walküre, segunda jornada. Dirección de escena: Tankred Dorst. Escenografía: Frank Philipp Schlößmann. Vestuario: Bernd Ernst Skodzig. Iluminación: Ulrich Niepel. Elenco: Johan Botha (Siegmund), Kwangchul Youn (Hunding), Albert Dohmen (Wotan), Edith Haller (Sieglinde), Linda Watson (Brünnhilde), Mohoko Fujimura (Fricka). Orquesta del Festival de Bayreuth. Director de orquesta: Christian Thielemann. Festival de Bayreuth 2010. Aforo: 100%
0,000292 La idea propuesta en mi nota anterior de El oro del Rhin [leer reseña] sigue vigente, los dioses que nos dan tanto que hablar y que discutir, siguen habitando y transitando por las calles de esta ciudad adoptada por Richard Wagner. Esta nueva Jerusalén contiene todos los ingredientes wagnerianos necesarios que pueden ser encontrados por todas partes, desde bustos del compositor que se venden como recuerdos baratos (¿quién se animará a ponerlo sobre su piano?) hasta anticuarios que venden objetos de la Segunda Guerra Mundial y otros que venden cuanto libro asociado con Wagner haya habido a mano. Hay simposios a granel donde se discute la relación entre las obras de Wagner con el antisemitismo, y si hay alguien a quien esto no le parezca necesario hay que recordar que todos los años llega un nuevo público a quien hay que recordarle ciertos hechos históricos que tienden a ser olvidados entre tanta música y tanto espectáculo.

Este primer ciclo del Anillo continuó con una Valquiria incandescente desde el punto de vista musical y vocal. Pero solo hubo una figura vocal que justificó tal elogio, Johan Botha, quizás el mejor Sigmundo que me haya tocado escuchar cantar, no solo en este teatro sino en cualquier otro. Y digo cantar porque Sigmundo es para muchos tenores un rol de alardes y de vozarrón. Recuerdo una grabación en vivo de La Valquiria de los años 40, el Met on Tour (creo que era una grabación desde Boston) con Lauritz Melchior cantando la palabra “Wälse” y alargando esa nota que debía ser sostenida en un interminable tremolando por Erich Leinsdorf y la orquesta, hasta que al fin el tenor danés se acordó que no estaba cantando en el baño sino en un teatro y con una orquesta que lo esperaba. Botha no es ese tipo de tenor, Botha es un señor cantante y estoy seguro que si Fritz Wünderlich hubiera cantado este rol no lo hubiera cantado mejor. Eso va para quienes piensan que hoy no hay grandes voces. Digamos que Botha redefinió al rol y cómo debe ser cantado. Hubo fraseo impecable, con frases tomadas a piano y terminadas a pianissimo donde generalmente el tenor ha usado su fiato y berrea la última nota a fortissimo. Deseo que esta nota llegue a los lectores antes de la transmisión radial de esta función, porque recomiendo al lector que no se prive de tal belleza de canto.



A su lado hubo una muy buena, si bien nada extraordinaria, Siglinda. Edith Haller es una cantante más que respetable que tiene todas las notas y que hizo un buen papel. Haller posee una voz que parece liviana, un poco blanca como lo era la de Janowitz, por ejemplo, pero esa impresión se desvanece en cuanto tiene que dar más voz porque la tiene y no pierde color. No posee un volumen inmenso, pero es suficiente.

Como Hunding, Kwangchul Youn rindió muy bien, he aquí un bajo que posee una bella voz y que sabe como encarar el rol de villano sin recargar las tintas. Su Hunding tuvo peso dramático porque siempre mantuvo su compostura.

Ojalá pudiera decir lo mismo del Wotan de Albert Dohmen, su caracterización resultó estática, con movimientos ilógicos y poco fluidos, quizás debidos a la falta de Personenregie por parte de Dorst. Pero vocalmente resultó igual de aburrido, solo en los momentos más íntimos con Brunilda llegó a convencer, porque se pudo apreciar una voz sin forzar aunque dada al efecto. En su gran escena del final de la ópera pudo con las notas pero no se pudo reconocer una sola palabra.

Tampoco pude entender mucho de la Fricka de Mihoko Fujimura que estuvo muy bien cantada -¿es que no hay ya maestros de dicción?-. Y, ¿no es que en Wagner las palabras son tan importantes como la música?

Una vez más debo decir que al menos en esta ópera Linda Watson se enfrentó con Brunilda y perdió 3 a 0. Hay problemas de entonación y desde que la vengo escuchando en este rol siempre cala en los mismos lugares, o sea que es algo que falla técnicamente. Imagine el lector que haya un oboísta que tenga problemas de entonación en una nota, enseguida la orquesta buscará un reemplazante, ¿por qué no se hace lo mismo con cantantes que siempre cometen los mismos errores?

Tampoco me convencieron como en años anteriores el grupo de valquirias, donde se escucharon algunas voces poco agradables y duras.

Pero claro, al frente de una orquesta totalmente inspirada se encontraba nuevamente un inspirado y maduro Thielemann, quien deleitó al público con una versión llena de vigor, de bellísimos detalles, que se dio tiempo a frasear con delicadeza y sin apurarse, y que supo infundir sentido de urgencia cuando lo hubo sin volverse histérico. ¡Qué director! ¡Qué placer auditivo!

El primer acto tiene lugar en una gran sala de una casa semi-destruida, en esa casa hay unos niños y sobre una silla hay algo cubierto con una manta, un niño queda por detrás y con curiosidad quita la manta descubriendo a Siglinda, sentada e inmóvil. Sigmundo entra por un costado y los hermanos gemelos comienzan a reconocerse en esa habitación muy grande. Esa propuesta ya la he visto hace muchos años en Colonia.



Hunding entra seguido de guerreros con cabezas de perro (no de zorro), los hombres lo siguen y se sientan contra la pared como haciendo guardia y quitándose las cabezas de perro. Hubo un momento inteligente de Personenregie, cuando Hunding le pregunta a Siglinda si le dio algo de beber y encuentra sobre el piso un vaso del que Sigmundo ha bebido y lo patea con indignación y violencia.

La confrontación entre los dos hombres no trajo nada nuevo dramáticamente, pero hubo otro detalle interesante, normalmente Hunding pide a Siglinda que esté muy cerca de él mientras Sigmundo relata su historia, en este caso Siglinda y Hunding se encuentran en lugares opuestos y es Sigmundo quien se ubica en el medio, bloqueándolos como en un juego de ajedrez.

El segundo acto abre en forma espectacular. Como anticipé en mi nota anterior, los efectos luminosos de Ulrich Niepel son impresionantes. El escenario se ve totalmente cubierto de niebla, sobre una roca en el centro se para Wotan con su lanza rodeado de nubes, parece como si fuera una roca en el aire, y hacia esa roca llega su hija Brunilda. De a poco se disipa la niebla y dentro de un escenario relativamente oscuro se ve que Wotan estaba parado sobre una cabeza gigante caída en el medio de un parque. En ese parque a un costado se amontonan viejas estatuas de cemento de dioses del pasado. Unos empleados de la Municipalidad de Bayreuth llegan con un carrito portando otra vieja estatua que amontonan junto a las otras. Mientras tanto los dioses siguen con sus riñas en escena por los senderos del parque. Si el lector desea saber qué parque es, le sugiero que visite el Hofgarten, a cuyo costado se ubica Wahnfried. En ese parque se encuentran Sigmundo y Hunding, y en ese jardín tan bello es asesinado por su padre con su lanza.



El tercer acto tiene lugar en las afueras de Bayreuth. Quienes hayan viajado por esa zona sabrán que abundan las rocas calcáreas que son mas blandas que el granito, por ejemplo, y de color menos severo. En una caverna donde también hay restos de ruedas abandonadas y con un cordón para impedir que quienes paseen por esa zona entren a tal caverna (debe ser peligrosa), se encuentran las valquirias. Un poco forzado, pero luce bien. Al fondo se ve la entrada en forma de ventana enorme, pero esa ventana solo conduce por un sendero hacia un costado para al fin bajar dentro de la caverna (esto debe ser imaginado ya que no se ve).

Y sí, señor lector, en esa caverna se encuentra una paleta de carga de madera, y sobre esa paleta, ubicada en forma oblicua sobre el escenario, es depositada Brunilda y allí despertará en la próxima ópera. Debo decir que el efecto del fuego mágico me decepcionó, puesto que consistió en una parte del piso del escenario que toma color rojizo, sin crear demasiado efecto.

En general la producción dejó mucho por desear si uno está acostumbrado a ver producciones muy inteligentes con las de Harry Kupfer o incluso la de Robert Carsen que vi en Colonia y que en su momento comenté en las páginas de Mundo Clásico [leer reseña].
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