Polonia

Gran polonesa por seguidillas

Xoán M. Carreira
lunes, 6 de septiembre de 2010
Varsovia, miércoles, 11 de agosto de 2010. Sala de conciertos de la Filarmónica de Varsovia. Chopin y la música flamenca. Compañía flamenca de Paco Peña (Paco Peña y Rafael Montilla, guitarras. Ángel Muñoz y Charo Espino, cante. José Ángel Carmona y Sara Dénez, baile. Omar Acosta, flauta y palmas, y Diego Álvarez “El Negro”, cajón). 6º Festival Internacional de música 'Chopin y su Europa' 2010. Asistencia, 100 % del aforo
0,0001992 En 1853, en pleno apogeo del Romanticismo burgués, Verdi estrena en La Fenice de Venecia 'La Traviata', ópera pionera -entre otras muchas cosas- en subir a escena una historia contemporánea. La fiesta en casa de Flora del acto II, escena segunda, nada tiene de fantástica, pues corresponde al apogeo de los bailarines españoles en París en el período 1833-1865, durante el cual se configurará un estilo y un género que darán lugar a la construcción artística del flamenco. Un proceso meticulosamente estudiado por Gerhard Steingress en su libro ... y Carmen se fue a París (Córdoba, ed. Almuzara, 2006). Los precedentes de este migración en la época revolucionaria-napoleónica habían sido estudiados en la monografía editada por Javier Suárez-Pajares y yo mismo, The Origins of the Bolero School (Studies in Dance History vol. IV, nº 1, 1993).

No es por tanto absurda la idea del 'Festival Chopin y su Europa' de programar un concierto dedicado a Chopin y la música flamenca, puesto que Chopin asistió a unas cuantas de estas fiestas en los salones de la aristocracia y alta burguesía parisina, con músicos y bailarines españoles como protagonistas. Evidentemente, los bailarines calzaban zapatillas y el repertorio básico eran fandangos y seguidillas boleras. El actual repertorio de cantes y bailes aún tardaría décadas en configurarse, pero lo auténticamente relevante es que el Festival Chopin prestó atención a este aspecto marginal y hasta ahora inédito del complejísimo paisaje cultural parisino del primer romanticismo.



Fotografía de Wojciech Grzędziński © 2010 by Narodowy Instytut Fryderyka Chopina

El programa 'Chopin y la música flamenca' podía plantearse desde dos perspectivas bien distintas: o bien recurrir a un músico experto en experimentos, incluyendo las apropiaciones más radicales desde el propio flamenco y desde otros campos, como es Enrique Morente, o bien optar por el más canónico, que no académico, de los Maestros, como es Paco Peña, quien por cultura, formación y sensibilidad podía hacer frente al proyecto. Es obvio que el resultado hubiera sido enormemente distinto -cuando no opuesto- en ambos casos. Pero en cualquiera de ellos, oportuno. Y a la vista del público en pie, ovacionando a Paco Peña y su compañía, la elección fue un éxito.



Fotografía de Wojciech Grzędziński © 2010 by Narodowy Instytut Fryderyka Chopina

Merecidísimo éxito para una compañía cuyo marchamo es el amor a la tradición, el trabajo bien hecho, el respeto al público y la profesionalidad. Paco Peña abrió el concierto en solitario mostrando su enorme sabiduría y virtuosismo, y poco a poco se fueron incorporando el resto de sus compañeros, manteniéndose durante todo el espectáculo en un repertorio que se movió principalmente en torno al 'cante grande', y a bulerías y alegrías. Sólo estuvo ajeno al nivel de excelencia habitual de la compañía, el famoso flautista venezolano Omar Acosta, cuya técnica de respiración resultó muy deficiente. Me gustaron especialmente el percusionista venezolano Diego Álvarez, los dos bailarines, especialmente el masculino, con una técnica sumamente canónica de limpieza impoluta, y el cantaor Ángel Muñoz. No cometeré la injusticia de omitir al segundo guitarrista, Rafael Montilla, un extraordinario músico de cámara.



Fotografía de Wojciech Grzędziński © 2010 by Narodowy Instytut Fryderyka Chopina

Otra cuestión es que para algunos de los que admiramos mucho a Paco Peña y amamos tantísimo a Chopin nos quedase un regusto de insatisfacción al finalizar el concierto: Paco Peña se había limitado a 'rozar' la música de Chopin, según él mismo me comentó más tarde en camerinos. Su enorme respeto, lindante en la veneración, por la autoridad y el magisterio chopinianos convierten en tarea casi imposible una aproximación tan sanamente desvergonzada como la realizada por Uri Caine el día anterior [leer reseña]. Sin llegar a ella, la única incursión -tangencial y no secante- fue la conversión de la Gran polonesa heroica en la mayor op. 53 (1842-43) en unas deliciosas seguidillas que me trajeron vívidamente a la imaginación lo que pudo haber sido una fiesta en la casa del Barón Rotschild, el principal mecenas de Chopin en París.
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