Argentina

Tres obras de cámara de diferentes siglos

Carlos Singer
jueves, 2 de septiembre de 2010
Buenos Aires, viernes, 20 de agosto de 2010. Teatro Colón. Solistas de la Orquesta West-Eastern Divan. Ludwig van Beethoven, Septeto en Mi Bemol Mayor, opus 20. Shirley Brill, clarinete; Zeynep Koyluoglu, fagot; Jorge Monte de Fez, trompa; Guy Braunstein, violín; Orhan Celebi, viola; Linot Katz, violoncello y Nabil Shehata, contrabajo. Arnold Schönberg, Cinco piezas para orquesta opus 16-versión para dos pianos de Anton Webern. Elena Bashkirova y Daniel Barenboim, pianos. Robert Schumann, Quinteto para piano y cuerdas en Mi Bemol Mayor, opus 44. Daniel Barenboim, piano; Guy Braunstein y Bassam Nashawati, violines; Julia Deyneka, viola y Kyril Zlotnikov, violoncello. Concierto extraordinario de ‘Música para la Juventud’ del Mozarteum Argentino
0,0001639 Las actividades desarrolladas por Daniel Barenboim y los integrantes de ‘su’ proyecto orquestal durante la estadía en nuestro país fueron múltiples: en una semana ofrecieron cuatro programas con las primeras ocho sinfonías de Beethoven para el Mozarteum, entidad para la que además brindaron dos recitales de cámara (este y otro en el ciclo gratuito ‘Conciertos del Mediodía’ donde abordaron el estreno local de Dérive 2 de Pierre Boulez), tocaron la Sinfonía Coral para un abono del Colón y realizaron un multitudinario concierto al aire libre, al que asistieron entre 40.000 y 50.000 espectadores, el sábado 21 por la tarde.

Barenboim es un artista que no hace concesiones ni busca el éxito fácil: la elección de la exigente partitura de Boulez lo pone en evidencia. Algo similar sucedió en este programa. Entre dos obras bien conocidas de Beethoven y Schumann se lanzó, junto con su esposa Elena, a una empresa arriesgada: la transcripción que Anton Webern hiciese para dúo de pianos de las Cinco Piezas para Orquesta opus 16 de Arnold Schönberg. Audacia del discípulo frente a una partitura del maestro en la que prevalecen los timbres instrumentales (por algo el tercer trozo se titula 'Colores'), en la labor de fina orfebrería de Webern la atención se centra en las estructuras, a la vez que en la rigurosidad del lenguaje, que se observa como en una foto en sepia.

La versión ofrecida resultó muy meritoria, merced a una enorme variedad de matices y sutilezas sonoras así como al gran entendimiento entre los ejecutantes, que se veían mutuamente las manos (algo muy importante en una obra con las enormes complicaciones métricas de ésta) gracias a que los pianos no estaban enfrentados sino puestos uno junto al otro. Lo que además facilitó las tareas de preparación del escenario para el quinteto de cierre: solo hubo que retirar el piano ubicado delante -al que se le había quitado la tapa- y allí colocar las sillas y atriles para el cuarteto de cuerdas. Cuarteto que también se ubicó de una forma poco ortodoxa (acorde con la disposición que las cuerdas mostraron en todas las sinfonías), con el violoncello a la izquierda, junto al primer violín, en el sitio que habitualmente ocupa el segundo violín y éste en el extremo opuesto del círculo.

Tras el ascetismo y la angulosidad de Schönberg la exuberancia melódica y el apasionamiento de la obra de Schumann obraron como un bienvenido contraste, si bien la interpretación no quedará en el recuerdo por sus valores artísticos. Ejecuciones no más que competentes: hubo ciertos desencuentros, no siempre el balance sonoro resultó ideal (el piano se escuchó algo relegado, como si Barenboim tuviese miedo de sobresalir en demasía) y se echó en falta una mayor garra e intensidad por parte de algunos de los músicos. Entre éstos destacó el cellista bieloruso Kyril Zlotnikov, solista de la orquesta, que emplea, entre otros, un instrumento -facilitado por el propio Barenboim- que fuera el favorito de su primera esposa, la célebre Jacqueline du Pré.

Los mejores momentos del Quinteto de Schumann estuvieron en el tan cambiante segundo movimiento, donde sí hubo una buena dosis de expresividad y hondura en la marcha fúnebre, vehemencia en el Agitato para arribar con prestancia a ese final que parece diluirse en el aire.

La primera parte del concierto había estado dedicada íntegramente a recrear el Septeto opus 20 -también conocido como Septimino- una obra escrita y estrenada justo al término del siglo XVIII y que no sólo cierra una etapa ‘clasicista’ dentro del catálogo beethoveniano sino también es casi la despedida de una época.

Fue objeto de una versión grata, amable y bien delineada, que podría haber alcanzado un mayor grado de eficiencia de no haber sido por algunas vacilaciones y por cierta falta de densidad o poderío sonoro en determinados sectores, especialmente en cello y contrabajo aunque, una vez más, esto quizás se deba a la cercanía con el pesado telón del teatro, que pudo interferir con la buena proyección de los armónicos de las cuerdas graves.

En esta partitura se destacó netamente, por la calidad de sus intervenciones, la clarinetista Shirley Brill, muy musical y de excelente sonido. El violinista Guy Braunstein me desconcertó: junto a un buen mecanismo -superó con holgura las agilidades y los ascensos al agudo eran muy afinados- en más de un pasaje, sobre todo al atacar las cuerdas graves, su sonido se tornaba bastante áspero y su arco las ‘rascaba’ sin compasión.

Mención especial merece Jorge Monte de Fez, que mostró que se puede tocar la trompa de manera casi absolutamente impoluta (tuvo apenas un mínimo desliz en una escala muy cerca del final) y con buen timbre a todo lo largo de la obra.

El comportamiento del público -que como en todas las presentaciones de Barenboim y sus huestes atiborró la amplia sala del Colón- mostró una total falta de apego a las convenciones, obstinándose en aplaudir después de casi todos los movimientos de las obras de Beethoven y Schumann. Si estuvieron algo fríos al término de la primera parte, al concluir el Quinteto las muestras de afecto hacia el prestigioso artista visitante volvieron a alcanzar niveles excepcionales.
Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.