Argentina

Barenboim y su particular enfoque de la ‘Coral'

Carlos Singer
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Buenos Aires, miércoles, 25 de agosto de 2010. Teatro Colón. Ludwig van Beethoven, Sinfonía N° 9 en re menor opus 125 ‘Coral’. Marina Poplavskaya, soprano; Ekaterina Gubanova, mezzosoprano; Pavel Černoch, tenor y Andrzej Dobber, barítono. Coro Estable del Teatro Colón (maestro preparador Marcelo Ayub; director invitado José Luis Basso) y Orquesta West-Eastern Divan. Dirección: Daniel Barenboim. Tercera sesión del Abono Bicentenario, Temporada 2010 del Teatro Colón
0,0002443 Si en todo el ciclo de sinfonías beethovenianas la asistencia de público había sido multitudinaria, el cierre resultó aún más llamativo: a una sala repleta a rebosar hay que añadir -por primera vez en mucho tiempo- personas de pie al fondo del patio de butacas en un número bastante considerable. Muestra más que palmaria de la enorme adhesión que estos conciertos han suscitado.

Una asistencia que, por fortuna, se mostró sumamente atenta y silenciosa, dando una clara demostración de respeto hacia la música y sus intérpretes. Con toda lógica, Barenboim obliga a que el Coro ocupe sus lugares desde el inicio de la obra y solo los cuatro solistas consiguieron la dispensa de entrar más tarde: como se ubicaron por detrás de la orquesta su ingreso no concitó aplausos, que hubiesen interrumpido el lógico desarrollo de la obra, como sucedió, por ejemplo, días atrás en la Tercera de Mahler ofrecida por la Filarmónica.

Ya me extendí largamente sobre las virtudes y los defectos (por suerte aquellas bastante más numerosos que éstos) de la orquesta West-Eastern Divan [leer nota]. En este caso no hubo -por suerte- accidentes notorios que consignar e incluso un compás sumamente complicado de trompa (hacia el final de la sección ‘Andante moderato’ del movimiento lento) estuvo bien resuelto, aunque se notaba el palpable recelo del instrumentista ante el riesgo. Allí también las maderas tuvieron ocasión de lucirse en bien trabajados diálogos.

Barenboim concibe esta vasta sinfonía no tan sólo como un gran fresco sonoro, sino con algunos toques cuasi-operísticos. Consciente de la superlativa acústica de la sala, se permitió ciertas exageraciones que, a mi humilde juicio, no resultaron beneficiosas para el balance general. Si resulta muy grato escuchar el comienzo de la sinfonía surgiendo casi de la nada, con los violines en extremo pianísimo, aunque un poco deslucido por algún desajuste entre los vientos, me satisfizo mucho menos que en los compases finales de la obra bombo y platillos tuvieron demasiada preponderancia, convirtiendo la eclosión conclusiva en algo con un cierto cariz burdo.

Pero lo que no me convenció para nada fue la forma casi inaudible -en un pianísimo extremo, más apto, para mí, para acabar la Novena de Mahler- con la que violoncellos y contrabajos anuncian el tema principal de la ‘Oda a la Alegría’ claramente marcado por Beethoven ni siquiera pianísimo sino sencillamente piano. Siendo muy preciso en sus indicaciones, el genio de Bonn quería, sin duda, que el tema se escuchara, sereno y sin pretensiones, pero claramente audible. Aquí surgió, repitiendo lo sucedido en el comienzo de la partitura, como naciendo de la nada. Maravilloso efecto sonoro -además un verdadero ‘tour de force’ para los ejecutantes- pero para mí contrariando en buena medida lo imaginado por el autor.



Momento del concierto
© 2010 by Arnaldo Colombaroli. Gentileza del Teatro Colón

Los dos primeros movimientos estuvieron muy bien resueltos. En el ‘Allegro ma non troppo, un poco maestoso’ inicial Barenboim destacó, con meticulosidad, las acerados perfiles del tema inicial o la redondez del segundo motivo, en el que dialogan maderas más cornos; dosificó con mano maestra las tensiones y condujo con habilidad el discurso hasta la contundente afirmación final. En el vibrante ‘Scherzo’ que le sigue -por única vez en toda su producción el ‘Scherzo’ precede al movimiento lento-, dominado por el incisivo y rítmico motivo de apertura el director puso extremo cuidado en las entradas en imitación, los crescendi, acentos y reguladores, conformando una lectura de gran precisión, vivacidad e impulso.

Por el contrario, el extenso ‘Adagio/Andante’ me resultó un poco corto en expresividad, desde luego dentro de un plano de muy alta jerarquía. Bien delineado en sus grandes líneas, me pareció que esta interpretación carecía de la profundidad y hondura que el director había logrado en la enorme mayoría de tiempos lentos de las anteriores sinfonías.

El movimiento final, que por sus dimensiones y complejidad se puede casi considerar una obra en sí mismo, tuvo una superlativa recreación, hechas las salvedades antes detalladas. Se lo dotó de adecuado lirismo en las presentaciones orquestales del recitativo, acusados contrastes sonoros así como precisión en ataques, respuestas y diálogos entre secciones, mientras la banalidad del ‘Alla Marcia’ se contrapuso a la majestuosa presentación que cuerdas bajas y trombón hacen del “Seid umschlungen, Millonen!”

El Coro, preparado por Marcelo Ayub y que condujo el director invitado José Luis Basso tuvo un desempeño muy positivo. Convenientemente ampliado para la ocasión -superaba el centenar de voces- se mostró dúctil, afinado y bastante homogéneo, impresionando favorablemente aún en los momentos de mayor intensidad sonora, que no resultaron gritados.



Momento del concierto
© 2010 by Arnaldo Colombaroli. Gentileza del Teatro Colón


El cuarteto vocal solista se mostró competente. Destacó, por la mayor presencia de su parte, el barítono polaco Andrzej Dobber, de interesante línea vocal y buena proyección sonora, mientras el tenor checo Pavel Černoch posee un timbre y tipo de emisión mucho más apto para Janaček que para Verdi. La soprano moscovita Marina Poplavskaya impresionó de grata manera por la seguridad y buen color con que alcanzó los sobreagudos, en tanto la mezzo Ekaterina Gubanova (que tiene el rol menos lucido de las cuatro voces, cosa que compensó sobradamente con su llamativo vestido rojo) se fusionó correctamente en el grupo.

Al finalizar la obra, el público estalló en la más prolongada ovación que recuerda la historia reciente del Teatro, que algunos estimaron superó la media hora continuada de aplausos. A las incontables salidas a saludar de Barenboim, visiblemente satisfecho y emocionado con esta velada, que implicaba la despedida de la Orquesta West-Eastern Divan (el director se quedó aquí para ponerse al frente de las huestes de la Scala de Milán) nuestro artista optó por desplazarse dentro del conjunto estrechando, una a una, la mano de todos los miembros de la orquesta y casi siempre intercambiar algunas palabras con ellos. Un cierre glorioso para una visita que sin duda quedará en la memoria de todos quienes tuvimos el enorme placer de disfrutarla.
Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.