Discos

Del Códice Saldívar

Daniel Martínez Babiloni
viernes, 22 de octubre de 2010
Santiago de Murzia: Obres del Còdex Saldívar. David Murgadas, guitarra barroca Peter Bifin 2007. Alcides Rodrigues, percusión. Josep Massana, violín. Enric Solà, viola de rueda. Àngel Laguna, xeremia, dolçaina, sac de gemecs, flautín. Ester Olivan, castañuelas. CD de 52’06’’ de duración, DDD, grabado en el verano de 2008 en el Estudio Soundlabs (Castellbisbal). La mà de Guido LMG2085
0,0002545 Gabriel Saldívar y Silva (1909-1980), musicólogo, recolector musical e historiador mexicano, encontró, en 1943, un manuscrito de mediados del siglo XVIII en una librería de Guanajuato. Este contenía una serie de tablaturas para guitarra y en 1981 se publicó una edición facsímil del mismo. Mientras buscaba a su autor, pues la primera página, la que pudiera contener su nombre, había sido arrancada, siempre tuvo la esperanza de encontrar un compositor mexicano que hiciera uso de la tradición culta llegada de la Península y así alardear, con “espíritu nacionalista”, del ingenio patrio: “De las tablaturas existentes en México de que tengo noticia esta es la mejor conservada y la más amplia”. No encontrando al supuesto autor, nunca discutió la autoría de Santiago de Murcia al comparar este compendio, denominado Códice Saldívar nº 4, con Pasacalles y obras de guitarra por todos los tonos naturales y accidentales (1732). Murcia, posiblemente, en un viaje transoceánico lo dejó en algún centro musical.

Posteriormente, Craig H. Rusell recoge esta tesis y realiza una nueva edición del códice, abundando en la idea de que el propio Santiago lo hubiera llevado allende los mares. Además, traza lo que pudiera ser su biografía: nació en Madrid aproximadamente en 1682 y murió en México, también por aproximación, en 1740, era hijo de Gabriel de Murcia y Juliana de León y sobrino de Juan de Hidalgo, familia de luthiers y compositores. Posiblemente estudió con Francisco Guerau y fue maestro de guitarra de la Reina Mª Luisa Gabriela de Saboya, primera esposa de Felipe V. Tuvo varios e influyentes patronos, notables de la corte, y tras viajar por Europa marchó a Nueva España.

Por el contrario, el profesor Alejandro Vera, desde Chile, afirma que no era hijo de quien se decía que era, según su partida de bautismo, sino de Juan de Murcia y Magdalena Hernández. Afina más sobre las fechas y dice que vivió entre 1673 y 1739 y murió en Madrid, no en México. Añade que su padre se vio obligado a hacer declaración de pobreza en 1715, y él mismo, unos años después. Dejó en herencia sus “papeles de música” a unos amigos: Pedro Juan, Íñigo de Garay y Cochea, Joseph de Quesada y Manuel de Pereda. Éste último parece que acompañó a la reina hasta Burgos, para quien pudiera ser que trabajó Murcia. Estos datos biográficos y la reciente aparición de otro manuscrito en Chile, Cifras selectas de Guitarra, hacen sospechar que nuestro autor no viajó al Nuevo Mundo sino que fue su obra la que lo hizo. Así los ritmos afroamericanos, cumbées y zambeques, que se las tuvieron que ver con la Inquisición, se facturan junto a bajos de los primeros fandangos, jotas, folías y jácaras, dando cuenta de la “multiculturalidad y cosmopolitismo del primer Borbón”, más que del contacto del autor con su entorno indígena.

Una vez disipados los anhelos nacionalistas del profesor Saldívar, no es de extrañar que esta hibridación, y el cosmopolitismo e interés que muchas veces se ha negado al setecientos español, llame la atención de conjuntos borderline como L’Arpeggiata de Christina Pluhar, de especialistas como Rolf Lislevand, Jordi Savall, La Folía o William Carter, del mismo Andrés Segovia o, en una alegre aproximación a sus jácaras de Paul O’Dette y Andrew Lawrence-King.

Si en algunas de las versiones mencionadas se potencia la fusión entre lo barroco y el flamenco, el corrido, la tarantela o el jazz (el propio Rusell habla del "jazz barroco": las prolíficas diferencias como standards), Murgadas parte de un claro aire festivo, para recrear una serie de bajos fijos -también recogidos en Resumen de acompañar la parte con la guitarra (1717)-, que rompieron las barreras, al igual que la guitarra misma, entre lo popular y lo cortesano. La percusión, sac de gemecs y xeremia (gaitas), dolçaina, castañuelas o la viola de rueda (zanfoña) potencian este aire popular, por lo que nos encontramos, en algún momento, con que no sabemos si escuchamos a unos músicos especializados o a un grupo folk -‘La jota’ o ‘Folias gallegas’, por ejemplo-, lo cual nos lleva a pensar, por otra parte, en la dificultad de discernir lo auténtico de lo que no lo es, pues muchas veces, también este género “menos sesudo” se reivindica como heredero de lo auténticamente popular.

En los temas más jocosos Murgadas presenta un toque poco academicista y refinado -rasgueos del elegante ‘Fandango’-, mientras que en los cortesanos es delicado y sensible. Es entonces cuando aparece la conexión entre ‘Marizápalos’ y la guitarra de Joaquín Rodrigo o un sutil punteado en la sencillez casi naïf de ‘El Paloteado’. También domina con refinamiento los numerosos adornos, grupetos, mordentes y trinos que se esparcen por las piezas, prescritos por las obras didácticas que proliferaron en el momento como Poema armónico, del mallorquín Francisco Guerau, o Instrucción de música, del calandino Gaspar Sanz.

Muchas son las dudas por resolver, pero esta selección y las que la preceden, nos dan una idea de la vigencia de una música interesante, cercana y cosmopolita que nos ayuda a reflexionar sobre el hecho musical en sí mismo y su desarrollo en el tiempo. Estos bajos son mexicanos, como dice Vera, pero no por producción, sino por recepción, todos ellos del Códice Saldívar.
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