España - Castilla y León

Petiboom, los sombreros y la papelera

Samuel González Casado
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Valladolid, sábado, 11 de diciembre de 2010. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala de Cámara. Patricia Petibon, soprano. I Giardino Armonico. Giovanni Antonini, director. Haydn: Sinfonía n.º 1 en Re mayor, Hob I:1. Mozart: Alma grande e nobil cuore, aria de concierto K. 578. Haydn: Il mondo de la luna: "Ragion nell´alma siede". Haydn: Lo speziale: "Salamelica". Bach, C. P. E.: Sinfonía en Sol mayor, Wq 183/4. Mozart: Lucio Silla: "Fra i pensier più funesti di morte". Gluck: Armide: "Ah! Si la liberté me doit être ravie"; Iphigènie en Tauride: "Non, cet affreux devoir je ne puis le remplir... Je t´implore et je tremble, ô déese implacable!". Haydn: Sinfonía n.º 49 en Fa menor, "La Passione", Hob 1:49. Mozart: Die Schuldigkeit des ersten Gebots: "Hat der Schöpfer dieses Leben samt der Erde uns gegeben"; Zaide: "Tiger! Wetze nur die Klauen". Ocupación: 95%.
0,0001497 La soprano francesa Patricia Petibon y la orquesta barroca residente en el Auditorio Miguel Delibes y su director, es decir, Il Giardino Armonico y Giovanni Antonini, ofrecieron un notable concierto en una sala de cámara que mostró su perfecta adecuación acústica a la cantante y al grupo instrumental.

Petibon participa de características poco habituales: dotada de una excelente voz, que luce ante todo en una explosiva zona de descarga, el tipo de impostación la acerca más sin embargo a las sopranos ligeras. De hecho, toda la zona medio-grave sufre una evidente descompensación (el primer paso no está solucionado), pese a que el apoyo de algunos graves, audibles, sea equilibrado y útil. Hacia el agudo no hay problemas, y la técnica para atacar el sobreagudo es magnífica; lo que no ocurre con las agilidades, ya que la soprano en realidad no es demasiado flexible para recoger todo su caudal, con lo cual ahí pierde algo de precisión sin llegar a suponer un problema grave.

Pese a estos defectillos, los puntos fuertes de la soprano, es decir, una gran voz bien resonada y -algo no apuntado hasta ahora- una actividad escénica e inteligencia teatral apabullantes, suponen garantía de disfrute para todo el que se acerque a uno de sus conciertos. La elección de este estupendo programa nos señala muy a las claras la escritura vocal a la que saca mayor partido: la correspondiente a piezas dramáticas del clasicismo siempre que no sean demasiado movidas, trufadas con algunos ejemplos cómicos donde la soprano puede desmelenarse a gusto. Y hablo de desmelanamiento pese (o precisamente gracias) a los graciosos sombreritos que lució en una "Salamelica", de Lo speziale de Haydn, realmente desternillante, o en "Hat der Schöpfer dieses Leben samt der Erde uns gegeben", aria del ¡oratorio! de Mozart Die Schuldigkeit des ersten Gebots, en una espectacular concepción cabaretera, silbidos incluidos, que creo habría divertido al genio de Salzburgo.

Por lo demás, resultaron especialmente acertados la interpretación muy dramática de Alma grande e nobil cuore, los "ataques flotantes" en Fra i pensier più funesti di morte (aunque calara levemente en el "ro" de "ch´adoro" por haber abierto excesivo gas en la sílaba anterior), la por momentos preciosa línea de canto de Non, cet affreux devoir je ne puis le rempli... Je t´implore et je tremble o los increíbles contrastes de Tiger! Wetze nur die Klauen, donde la soprano acercó su tipo vocal -en algunos aspectos ya cercano al que Haydn y Mozart parecen demandar para algunas de sus obras- al de una dramática de agilidad. En cualquier caso, la soprano habrá de tener cuidado con algunos excesos que hasta ahora no pasan una factura demasiado cuantiosa (zona medio-grave, trinos y otros ornamentos y cierto grado de flexibilidad), e intentar alternar los tipos de repertorio, aunque la frontera de Lulú ya haya sido sobrepasada.

Recuerdo que hace tiempo un amigo me contó que acababa de comprar un disco de Il Giardino Armonico y Giovanni Antonini y que a los cinco minutos de escucha lo había tirado directamente a la papelera. Y es que los presupuestos interpretativos de grupo y director no son plato para cualquier paladar, lo que inmediatamente se comprende por ese sonido agreste de la cuerda, siempre en su límite dinámico, lleno de ataques raspados, y el apremiante estilo del director. Y es que, a toda esa vida que son capaces de insuflar a gran número de obras, se opone curiosamente cierta rigidez en los recursos empleados: tanta intensidad termina por perder su efecto.

Así, no me convencieron en la inhabitual Sinfonía n.º 1 de Haydn, porque ese estilo parecía muy artificioso respecto a lo que la obra quiere expresar: chocaban fondo y forma, si bien esos efectos sorpresivos y humorísticos tan típicos sí encontraban adecuada respuesta en la "radicalidad" de la interpretación. Algo parecido ocurrió en la Sinfonía en Sol menor de Carl Philipp Emmanuel Bach, donde el Andante sufrió el peculiar empaste de los violines, aunque la dulzura de las maderas actuó de bello contrapunto afectivo en el Allegro assai. Lo mejor, sin duda, fue la Sinfonía n.º 49, La Passione, con un adagio trabajado hasta lo conmovedor, un minueto de reloj suizo y un presto final lleno de adrenalina; como todo el concierto, realmente, repleto de intensidad y emociones incendiarias, tanto en lo cómico como en lo dramático. Se podrá estar o no de acuerdo con la concepción de soprano y director, pero al menos todo es expuesto honestamente, sin trampas y sin descuidar principios básicos del arte interpretativo para favorecer réditos comerciales. Se agradece: nada de papeleras en este caso.

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