España - Galicia

antiMahler

Paco Yáñez
jueves, 24 de marzo de 2011
A Coruña, viernes, 18 de marzo de 2011. Palacio de la Ópera. Klaus Florian Vogt, tenor. Dietrich Henschel, barítono. Orquesta Sinfónica de Galicia. Víctor Pablo Pérez, director. Octavio Vázquez: Ewiges blaues Licht. Gustav Mahler: Das Lied von der Erde. Ocupación 90%
0,0004616 La enquistada costumbre que las orquestas gallegas tienen de centrar prácticamente todos sus encargos en compositores regionales es un arma de doble filo, como esta noche pudimos comprobar en el homenaje a Gustav Mahler tributado por la Orquesta Sinfónica de Galicia con motivo del centenario de la muerte del compositor.

Por un lado, esta política de encargos permite el estreno de obras que dinamizan la creación orquestal entre nuestros compositores contemporáneos, lo cual es de agradecer; pero por otro lado, cualquiera que conozca mínimamente la creación actual en Europa será consciente del paupérrimo nivel de las piezas estrenadas, impensables en una programación con ciertos criterios de excelencia artística, de no ser por este sistema de cuotas para contentar tanto a los vates regionales de la composición como al erario público que sostiene a nuestras orquestas, que de este modo puede presumir de desarrollar una política cultural ‘comprometida’ (dicen) con el país.

Ahora bien, dado que la creación musical estrictamente actual en Galicia se ha limitado a tan deficiente (y provinciana) representación, en la cual, además, se silencia a las voces más interesantes de nuestra música reciente; y que los grandes nombres de la música internacional brillan por su ausencia, cabe preguntarse: ¿qué imagen de la música contemporánea se está trasladando al público en nuestros auditorios?

En el terreno de la composición ‘metamahleriana’ contamos en las últimas décadas con ilustres ejemplos como los de Luciano Berio, György Kurtág, Peter Ruzicka o Jorge E. López, entre otros. La Orquesta Sinfónica de Galicia podía haber optado por programar alguna de sus composiciones inspiradas, de un modo u otro, en la música de Gustav Mahler, habida cuenta que homenajeaba esta misma noche al propio Mahler dado el grado de calidad que el bohemio representa en la historia de la música. Pues bien, mucho me temo que a la hora de seleccionar el repertorio de nuestro tiempo para ‘complementar’ al propio Mahler, la dirección artística de la OSG no parece destilar el mismo criterio de calidad que el aplicado a la música del pasado (ya canonizado).

En la entrevista que en enero de 2008 mantuvimos en Mundoclasico.com con Octavio Vázquez (Santiago de Compostela, 1972), el compositor gallego citaba a Gustav Mahler entre aquellos maestros de la tradición que lo habían marcado de un modo más decisivo (junto a los Chaikovski, Brahms, Shostacovich, etc.) La Orquesta Sinfónica de Galicia ha mantenido una relación bastante estable con Vázquez durante el último lustro, convirtiéndose, junto con Eduardo Soutullo y Fernando Buide, en una suerte de relevo generacional para compositores como los Juan Durán, Paulino Pereiro, Juan Vara, etc., que venían capitalizando la política de encargos y estrenos antes mencionada. Octavio Vázquez ha reconocido en más de una ocasión la importancia de la ‘inspiración’ a la hora de poner en marcha su proceso de composición, como impulso germinal de su creatividad. Bien, la obra que esta noche nos presentaba era fruto de un encargo de la OSG, y me temo que la inspiración del compostelano no ha estado a la altura de lo esperado, por más que el gallego se declaraba “muy feliz de ser el telonero de Gustav Mahler”. Comenzada hace tan sólo cuatro meses, en diciembre de 2010, Ewiges blaues Licht (2010-11) me ha vuelto a parecer una más de esas insulsas piezas de encargo que flaco favor hacen por mejorar la imagen de la creación contemporánea que se perpetra en los auditorios gallegos. Una pieza a modo de pastiche que, desgraciadamente, confirma la progresiva involución del lenguaje de Vázquez, escorado hacia lo más facilón y populista, al tiempo que destinado al olvido más allá de lo que su compositor haga por promocionarlo mientras lo crea oportuno.

Parte Octavio Vázquez de tres referentes musicales que recorren su composición, asomando en diversos momentos y grados de presencia. Dos de ellos son mahlerianos: ‘Der Abschied’, de Das Lied von der Erde, y el primer ‘Adagio’ de la Sinfonía Nº10; el tercero es la Sonata para piano Nº26 en mi bemol mayor “Les Adieux”, de Ludwig van Beethoven (a su vez también citada por Mahler en su Novena sinfonía). Del opus 81a del genio de Bonn toma Vázquez sus tres notas iniciales, esa bellísima prosodia pianística en correlación con la palabra lebewohl que sostiene conceptualmente la obra. De este modo, Ewiges blaues Licht se convierte en una pieza de supuestas despedidas, a lo que sumamos que, según se podía leer en una entrevista con el compositor en el diario regional La Voz de Galicia, para Vázquez Das Lied von der Erde y la Décima Sinfonía «comparten un sentimiento muy similar, reflejan una despedida de la vida». Ahora bien, conociendo la biografía de Gustav Mahler en el periodo que va de 1908 a 1910 (fechas entre las que compone ambas obras), y tal como sostienen diversos expertos en la obra de Mahler -entre ellos el propio Henry-Louis de La Grange-, las últimas composiciones del bohemio no se corresponderían estrictamente con una despedida de su propia vida, tal y como han mitificado directores como Leonard Bernstein, que durante mucho tiempo han fabulado las tres últimas obras de Mahler como una suerte de ‘tríptico de despedida’ compuesto por un hombre que se enfrentaba a una muerte que ya no podía esquivar (aquí habría que hacer constar un error en el discurso de Octavio Vázquez, pues en el momento de su muerte Mahler no estaba componiendo la Décima sinfonía, cuya escritura interrumpió tras el verano de 1910). Si rememoramos los que fueron últimos años de vida de Mahler, y junto a sus recurrentes (y casi obsesivas) preocupaciones filosóficas y metafísicas por la muerte, quizás el fallecimiento por difteria el 12 de julio de 1907 de su hija Maria (Das Lied von der Erde) y el episodio de infidelidad conyugal de Alma con Walter Gropius (Décima sinfonía, tildada por uno de los mayores expertos sobre Mahler en España, Pablo Sánchez Quinteiro, de “canción de amor desesperada”) pueden ser los elementos que más determinan el carácter de las citas mahlerianas que Octavio Vázquez recluta para su composición, a lo que añadimos que la sonata beethoveniana -escrita entre 1809 y 1810- se mueve por unos derroteros totalmente dispares, pues estaría marcada históricamente por el ataque napoleónico a Viena y el subsiguiente desplazamiento de parte de la nobleza austriaca fuera de la capital, entre ellos el Archiduque Rudolf, al tiempo alumno y benefactor de Beethoven, en cuya partida, y con admiración, dedica el compositor la edición de esta Sonata Nº26 en 1811, como lo haría con numerosas composiciones posteriores.

Ahora bien, si la arquitectura conceptual con respecto a lo metamusical nos produce serias dudas en Ewiges blaues Licht, su factura estilística lo que produce es desazón y hastío. Las citas mahlerianas (fundamentalmente compases finales del ‘Abschied’, así como el disonante cluster de nueve tonos de la Décima sinfonía, expuestos con ciertas deficiencias técnicas) y las tres notas beethovenianas casi se agradecen para huir del tedio de los compases puramente vazquianos, de una insulsa carencia de originalidad e interés. Básicamente confiada en su estructura a las cuerdas (sección siempre predilecta en la escritura de Vázquez, y desde la cual desarrolla su discurso), la obra juega con unos procedimientos melódicos obsoletos y precarios que viento-madera, metales y percusión sólo puntean de un modo muy pobre en los diversos clímax que el gallego va diseminando por su partitura, sin la menor tensión interna y con un punto de afectada artificiosidad. Es por ello que si sumamos lo endeble de su hermenéutica conceptual, la pobrísima orquestación, la premura de su composición y la superficialidad de su carácter, la obra se podría tildar sin ambages de antimahleriana... A esto debemos añadir que el propio Mahler siempre adoptó una actitud de búsqueda y defensa de un lenguaje innovador en su tiempo, algo de lo que está muy lejos Octavio Vázquez en el suyo propio; y es que ya sabemos que es muy sencillo reconocer a los grandes innovadores del pasado transcurridos unos cuantos decenios (y exégesis intermedias), pero mucho más complejo es ser uno mismo vanguardia en su presente. El repertorio contemporáneo, como antes señalaba, presenta notorios ejemplos de excelencia en este apartado. La opción tomada por la dirección artística de la orquesta herculina ha vuelto, así pues, a reincidir en sus errores; y van ya demasiados...



Vogt, Pablo y Henschel
© 2011 by Pablo Sánchez Quinteiro

Afirma Norman Lebrecht, en su recién editado en España ¿Por qué Mahler? (Alianza Música), sobre la interpretación con dos voces masculinas de Das Lied von der Erde (1908-09) que “Mahler pensó que podría funcionar, pero no funciona. Los colores son demasiado similares”. Sin embargo, notables mahlerianos como Leonard Bernstein, Simon Rattle, Michael Tilson Thomas o Esa Pekka Salonen, entre otros, han optado en diversos momentos por esta posibilidad, una alternativa que Mahler concibió pasajeramente para el segundo lied, ‘Der Einsame im Herbst’, y que alguno de sus discípulos, como Bruno Walter, abandonó nada más probarla. No ha sido esta renuncia el caso de Víctor Pablo Pérez, que contó con dos notables voces, la del tenor Klaus Florian Vogt -que recientemente ha grabado la obra también en su versión masculina junto a Christian Gerhaher y Kent Nagano (Sony 88697508212)- y la del barítono Dietrich Henschel. Por lo que se refiere al apartado vocal, y también siguiendo al citado Lebrecht, Vogt cumplió con el requerimiento de “superar el forte de una gran orquesta”. Su lírica voz no posee el carácter ni el oficio de la de Henschel, pero sí resulta audible e impactante, desarrollando su canto en una notable progresión técnica y musical a medida que avanzaban sus tres lieder. Por su parte, Dietrich Henschel peca de lo contrario, de una voz sin la presencia necesaria, algo que se agrava en un auditorio de tan deficiente acústica como el coruñés. Me comentaba mi buen amigo Manuel del Río, director de la gustav-mahler.es, que el principal error de Henschel es que había cantado Das Lied von der Erde de un modo fúnebre, lo cual no se corresponde con el carácter de la obra, de más encontrada -y por momentos antitética- espiritualidad que ese tono monocorde expuesto por el barítono alemán. Considero a Henschel una voz muy apropiada para ciertos repertorios de música antigua y contemporánea, en los que le he escuchado notables actuaciones tanto en vivo como en disco, si bien en el repertorio mahleriano es una personalidad que nunca me ha convencido. Lo velado de su voz, marcada por una nasalidad muy cavernosa, resta luminosidad a su ‘Abschied’ final, en exceso afectado y contenido -además de fúnebre-, algo que se refuerza con sus gestos y lenguaje corporal, más propio de un melodrama expresionista de la Alemania de entreguerras que de la stimmung postromántica de un Mahler. Volviendo a Norman Lebrecht, los colores no han sido esta noche tan cercanos como para que ello fuera una pega; quizás se trate más bien de sentido musical, ése que sí han logrado otros ilustres directores con el binomio tenor-barítono, una opción en general muy denostada, pero que bien conducida aporta timbres y registros afines al espíritu mahleriano.



Henschel y Víctor Pablo
© 2011 by Pablo Sánchez Quinteiro

En todo caso, y más allá de cuestiones de estilo, sí podemos hablar de dos voces, sobre todo en el caso de Henschel, con una clara voluntad interpretativa, con un deseo de profundizar en el sentido de la partitura para aquilatar una musicalidad significativa. No podría decir lo mismo de la dirección de Víctor Pablo Pérez al frente de la Orquesta Sinfónica de Galicia, en una versión que simplemente ha intentado sacar adelante, sin mayores alardes interpretativos ni profundización en el sentido de la obra. Conocidas son las limitaciones en cuanto a musicalidad, refinamiento y expresividad poética del director burgalés; unas limitaciones de las cuales parece que esta noche él mismo ha sido consciente, pues la contención en su Mahler no es, ni mucho menos, frecuente (baste recordar su reciente lectura de la Tercera sinfonía, mucho más vehemente y encendida). La ausencia de ese carácter permite a la OSG una ejecución más segura de lo habitual, sin mayores errores técnicos (una sola notoria pifia del trompetista principal en ‘Das Trinklied vom Jammer der Erde’, lo cual debe constituir un récord) y con un desarrollo muy homogéneo (aunque con cierta caída de tensión a medida que se sucedían los lieder). Pero claro, esa limitación impide superar el umbral de lo interpretativo, con lo cual cualquiera que estuviese un poco atento percibiría el diferente grado de implicación artística existente entre barítono y director, así como sus resultados expresivos. Por lo que se refiere a los miembros de la orquesta gallega, llama la atención la contención de cuerdas, metales y percusión, habitualmente muy presentes -hasta desatados- en los conciertos de la OSG; y resultan especialmente destacados algunos de los solistas de viento-madera: la siempre segura y esta noche muy poética flauta de Claudia Walker, la habitual firmeza y compacta técnica del oboísta Casey Hill, y la atinada rítmica y moderna musicalidad del clarinetista Juan Ferrer Cerveró.

Así pues, tanto por la pobre calidad de la pieza de encargo, como por la falta de aliento expresivo demostrada por Víctor Pablo Pérez en Das Lied von der Erde, tendría que hablar de una velada con matices seriamente antimahlerianos, con lo cual flaco favor se ha hecho al compositor de Kalischt más allá de cubrir el expediente de lo que, supuestamente, ‘toca’ en los atiborrados calendarios conmemorativos.

Mucho tendrán que aguzar el ingenio los dirigentes de la Sinfónica de Galicia si quieren remontar el vuelo artístico de esta formación, pues no son más que oscuros nubarrones los que se vislumbran ya muy cercanos. En fechas recientes, se anunciaba un sustancial recorte por parte de la Xunta de Galicia de su aportación a la orquesta coruñesa, algo que ha sentado muy mal en el auditorio herculino, como tuve oportunidad de escuchar a los propios músicos al terminar el concierto, muchos de los cuales parecían hasta molestos con la presencia en el Palacio de la Ópera de Roberto Varela -amigo y valedor de Octavio Vázquez, dentro de esa sesgada promoción de artistas gallegos residentes en Nueva York que está llevando a cabo el conselleiro de cultura-. Cierto es que, por otra parte, lo que uno piensa que resulta deficitario en la gerencia de la OSG no es tanto el peculio, como las ideas. Basta una simple lectura al programa del próximo Festival Mozart para darse cuenta de la carencia de calado, originalidad y apuestas innovadoras que asola la vida musical gallega cada año... Así nos va, precipitándonos cada día más por el abismo de una periferia agotada, caduca e insustancial.
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